Tuesday, December 18, 2007

Suerte que eres ilícita


A veces uno sacude el coxis demasiado.
Camina, baila, despasea, vaga y recula
con pura cáscara,
con mecanismos a la mano
y fastidios ordenados
y niega el placer a la sombra,
quieta y muerta, al parecer,
del fondo de los mares.

Pero, para la sagrada misión
de lo exceptuado, para la escapatoria
(hacia la roja víscera de la hada durmiente)
está la mano prostituta del poema,
la sabrosa salvaje que hace a los sesos
su delicia y conforta con tranquila inducción
de oxitocina la corva navaja,
la afila de tal modo
que se monda sola y se babea
como morronga chipocluda
y escupe lo que el molino tiene que decir
para la harina, el bollo blando de pan de canelón
(que es duro, por más levadura, que lo amase).

¡Qué terapia después del urbano paisaje
tu callejón de manotas, qué terapia
a los ojos llenos de polvo e imágenes comunes
que estés ahí, sedienta de polla,
sin otro apetito visual que tu agarrada de bolas,
tus ónticas deudas traducidas a pivote,
palanca para voltear el mundo!
11.

Suerte que eres ilícita.
¡Y qué rico es estar a solas con tus uñas
tendidas, a yemas, sobre mi ombligo
como táctiles estrofas
y tu lengua que gana mirtos al alba,
cuando chupa, tus labios que son dos estrellas,
bajo el estómago que secan la vía láctea!

¡Vale la pena dar par de limosnas
a tu eterna cochambre de musa
y dejar que metas musarañas con el ápice
de tus colmillos afilados de víbora
en lo profundo del sol que vas babeando
para que la punta del capullo pierda el nombre
y de la rabadilla final, callejón sin salida,
salga el poema, texto seminal, desconocido!
12.

¡Ahora sé por qué bucean los sapos y los cocodrilos
y por qué duerme en la rana, el útero divino!
Chotéame, de punta a punta,
hasta donde el sol no quema:
la gramática diaria del ajoro, el sudor y la fatiga.

Entra por detrás y por debajo
hacia el túnel del cráneo
bajo el piojo y la grasa de lo externo.
Y aplica manos santas, dedos tenues.
13.

Suerte que ella es ilícita
y gusta de la fantasía de la frontera:
hallarse en aras de beneficencia
en el downtown inframundo.
Darse un cartel falso de loca y menesterosa
para sincerarse con rufianes y mendigos,
con hambrientos de ella, con ladrones,
con exilados sin comunicación.
Y aplicar sus manos ligeritas de ratera,
sin hablar lengua de culpa
ni masticar más rumor que gorgoritos
por su lanzada boca mamadora...
¡Qué señora la palma de sus manos
cuando nos mira sin trusa de homo habilis
y nos grita: ... Respira, desténsate, goza,
mono bruto, jorobado, sin pañales
y seamos crudos, verdes, medio-chiles,
felices, naturales, ricos en potasio
como pulpa de plátano!

14.

¡Ay, qué piruja más coñosa,
qué perrada de soluto se aprendió de memoria
para soltar mi trapo y el suyo
en un masaje de Eros tan sabroso!

Ahora me gusta el mar profundo
con el peso de las olas hecho dedos, labios,
víboras que se agitan sobre arrugas mal cicatrizadas
y superficies de derrumbamiento en mi ser!
Ahora sé que hay olas imprevistas,
con olor a yodo, pero saladas de vida.

Publicado en Argos 18

Ing. Labiosa / El Gringo Cubero / Don Lion el Levitante / Guillé el Loro

Monday, December 17, 2007

He matado un ángel


Para el ángel la Nada es sólo erranza,
material creencia, soledad de las cosas,
amargura ciega que cabalga por la historia.

¿Dónde colocaré, sin embargo,
estas huellas frescas de sangre
que saltan a mis pasos?
Tus huellas, Elvira,
mi único y verdadero ángel.

Cabalgué sin encontrar
una cueva que sea el prado,
donde pueda esconderte, mi tesoro.

Quiero que seas un ser
infinitamente invulnerable
y que seas el yo, el ángel nuevo,
al que no destruya la vileza de quienes
me han llamado Traidor / Tirano.

A la mofa del mundo, yo la temo.
Querrán tu cuerpo, derramarán
sus fornicaciones en tu prado,
te seguirán los pasos
sólo para escupirte.
En trote de bestias, vendrán
esos infieles en jaurías.

¿Dónde la inmensidad inmortal
te dará cobijo, si no saco el valor
para guardarte, aunque cada puñalada
me duela más, ate mi alma a dolor?
(Aquí yo veo mis abismos y temores:
¡tengo que asesinarte, ángel mío!)

Y todavía diré que existes distinta
a todo golpe y a tu sangre.
Aquí el sequedal se tragó
el honor y la mejana y adquirió
la forma que predicas, eres un ángel,
virtud para decir tu amor
más grande que los hombres
y los mundos descubiertos para reyes
y príncipes sin alma;
eres mi árbol de vida y el prado
y la bestia más hermosa
y el corazón anhelante
y la raíz y el cimiento.

Aquí examino húmedas ramas
de mi árbol y mi ciencia y estoy solo
con tu nombre en los labios
y con soledad de estrellas, lejanías.

Elvira amada, con mi propio cuchillo,
te he matado y Cruspa me mira desde el cielo.
Un caballo, negro engendro de la noche,
va en la niebla y la sorda urdimbre
me galopa y trota el corazón
cuando digo tu nombre.

13-7-1986 / Del libro Lope de Aguirre y los paraísos soñados / Index / Negocios / Blogsite / LinkShare Corporation

El agua liberadora


De algún jarrón con huesos olvidados
se derrama el agua,
se filtra a la bardoma.
Renace y formula su leyenda
con signos en las piedras
como si del lodo corrompido
por la muerte, las calaveras
rescataran sus andamios en burbujas,
con movimientos lícuos, petroglifos,
iconos, peces dulces y torrentes.

El agua quiere murmurar, subirse
a los telares, saltar con sus salpiques
desde nubes, vestirse
un taparrabo de la niebla,
bajar a saltos hasta los pies de Lope.
El tocuyo se vuelve geografía,
rompe el cántaro y las expectaciones.

El fantasma de aquel hombre
vio a Medusa en el espejo de su alma
cuando fue barjuleta del camino
y, al hombro de la Nada, sin alimento
que cargar en sus alforjas,
miró el torrente de El Tocuyo,
la Sierra de los Barbacúas.

La boca ancha del pocillo es el sueño
que, desde sí, se nutre.
Unas raíces exprimió en su boca
y en tofo, sobre piedra, escribió
los signos de su angustia y el cuchillo:
Es que estoy vivo. Aún sueño.
II.

El Salto de Aguirre es la voz
que todos oyen, voz lanzada en catarata,
ansia de los siglos, querer al pervivirse.
Los ríos no se detienen. Llevan prisa.
Una luna desde lo alto los mira.
Un sol de tocotín les da su areito
de chibcha y barbacuás.

La procesión ha salido a gritar
a su fantasma: ¡Muere, muere!
pero él ya ha sido un muerto, y más sediento
estuvo que el desierto, y fue a solas
el viento abrupto sobre el páramo.

Ahora vive, incensurable, en Burburata.
En habitaciones lacustres, bajo tenderales
y sobre pilotes, ladran por él
los zorros y animales perrunos,
indios que dormitan,
colonos en desgracia,
agonizantes.

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Cheo el Oso

... después de trabajar, todas las noches
y también por las tardes, los domingos,
se daba veinte palos de cañita
que en las cunetas le tendían,
dormido...

Prof. Víctor Lopez Nieves
de su poema Cheo el Oso



Vivió en el Guayabal el hombre más pequeño, barrigón y barbado de mi pueblo. Remendaba zapatos. El sustento se lo ganó honradamente en un sector urbano donde cundía la escasez y la necesidad fue un reino.

«Hay que olvidarse un poco de lo irremediable», pensó Cheo, al que llamaron El Oso. No es barrumbada lo que dijo. Jamás tuvo jactancias este gordito colorado, enano y peludo.

Siempre hubo quien lo quiso. Lo cuidó. Lo contratara, porque fue laborioso y servicial, como fue la comunidad que empezó a poblar El Guayabal y Tablastilla. Ahí tuvo más clientela, la que fue fiel al remiendo y donde iba a proveerse de roncito.

El Oso fue manso y no molestó a nadie. Al pueblo, en esos días, le sobraron muchos fardos de tristeza que con la miseria vinieron en dos trancadas. A veces, mientras trabajaba, trinchete en mano, escuchaba que de lejos galopaban los quejidos. Madres inconsolables. Velorios. Adivinó por qué. Había muerto otro niño. Desde el '40, adivinó otra guerra.

En la coetaneidad suya, la bulla mayor la originó la muerte, porque había anemia en bruto, tuberculosis, malaria y apenas se construía el primer hospital. El Pepino, entonces, fue casi estoico. El pobre era más bueno y el mundo más violento.

Don Cheo no supo explicar cómo es su gente, pero sentía profundamente que, en la villa, donde el zapato es un lujo y donde vio niños descalzos a diario, su oficio parecería un sinsentido.

Se asomó a la calle. Corría un muchacherío. Otra vez la muerte que a alguno recogiera. Iban a consultar a Aguedo Vargas y pedirle que si fíaba un ataúd de los que él hace para la gente más desamparada. El muerto era un muchacho que jamás usó camisa, dueño de su calzón raído, huérfano de padre y madre, no tuvo nada. Quizás el tesoro de agua de una charca fue un poquito suya. El niño dijo una vez que fue heredero de Las Tres Piedras del río.

Lo mató la mazamorra que le comió los pies. Se infectó su sangre. Vomitaba. En realidad, lo fue matando el hambre. El descuido. El desamparo. La tuberculosis.

Son muchos chicuelos los que se han vuelto pubertarios y Cheo, como testigo, a todos los acarició con su mirada. A todos los vio, no como entes majaderos y molestos, sino como criaturas que enlazarán el pasado y el futuro. Ya que están ebrios de vida, su energía es más grande que el presente. Buscaban los puentes sobre los cuales cruzar las carretas de su fantasía y salvar el amor que se les diera. La niñez no es tan quejosa como los viejos. Con tan poco se conforman que no se sienten ni en penuria ni vacíos.

Don Cheo fue medio niño cuando pensó que las palomillas de Tablastilla y Guayabal lo adoraban. Por eso, cuando con veinte palos de ron-cañita, se desequilibraba, ya intoxicado con licor y resbalaba en zanjones, ahí se quedaba. Vendrán sus ángeles a sacarlo de la tumba, allí donde se quedó despreocupado y ancho.

Si cayó a la cuneta la culpa es suya. Ha bebido mucho. Tanto que se echó su jeta en un hediondo trecho de la calle.

Y, al fin, los ángeles arribaron por el rechoncho osito, zapatero. Sabían que un domingo puede que sea el día en que hallen al tacuaco sembrado como un ñame en su tumba de fango. Y, al verlo jeteado, los niños / ángeles de suburbio son los que lo sacan. Se oye, tan tremenda, la trisca del rescate. El jaleo de la titerería.

«¡Vengan a verlo!», se oye la voz cantante del barrio pubertario.

«Trae el carrito», ordenó previamente otro muchacho.

«Salgan a ver el Oso», gritan. Están de fiesta.

Entre todos lo colocan sobre un carrito de manos. Lo pasearán más dormido que despierto. Subirán hasta la Plaza de Recreo con él en carretilla. La alegría ha vuelto a pasar el rato con los pobres. Títeres de un pueblo nuevo son los que están contínuamente ebrios, ebrios no como Cheo, ebrios de contento y de curiosidad. Ebrios en una pobreza que no ven y que ha dejado de importar a todo el mundo.

Han capturado un Oso, de cara colorada, pelo gris, aún no canoso, pero, de seguro, el enanito tiene su velludo pecho, peluda la barriga y las espaldas. Es un oso en miniatura. Un duendecillo que necesita un chapuzón en la charca de El Peñón o de La Mina.

Don Cheo es manso. Estos niños le parecen divertidos. Ahora piensa que ellos no tienen ni pasado ni futuro. ¡Sólo gozan el presente y él, una partecita de ese presente también!

Gracias a ellos.

Está gozando el viaje. Va sobre ruedas. Lo llevarán al Guayabal o harán que se bañe, así medio mareado y cochino, en las charcas de La Orfila.


4-7-1980



NOTA DEL EDITOR: Don Cheo viajó a mediados de 1946 a New York, donde uno de sus hermanos se había mudado en 1925. «Una noche de invierno, cuando hacía mucho frío en su pequeño apartamento, el cual compartió con su hermano (Cheo), encendieron una estufa de kerosene, la cual les servía de calefacción. Esa noche prendieron su estufa y se acostaron a domir. Al otro día, se encontró a los dos hermanos muertos por causa del carbón 'monoxide'», nos informó Horacio Hernández Campán, quien fue de niño, vecino puerta con puerta de Don Cheo.

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La soledad de Solón






Fundador de la Corte del Pueblo (Heliaia): «Ningún ateniense puede ser vendido como esclavo».
Part of Solon's reform was the total cancellation of the whole-mountain of unpayable debts... This is the so called Seisachtheia, and all of the debt-slaves become, in a single stroke, free citizens again, and can return home: Gabriele Liebig

De solo a solo, Solón
con sentimiento vive. Llora su tierra.
Oye las flores y el sabor del aire
y, a diez años de exilio, sueña
su regreso. La patria jala.

Solitario, Solón, de solo a solo,
platica con su alma, lengua de espíritu
que anima, visión que abre en la bruma
de sus perseguidores el recuerdo
de la Seisachtheia.

Son antiguos megarenses, héroes despechados
de la Salamina, esclavistas y usureros,
el nuevo cuño de la oligarquía.

La Tierra que antes oyó al sabio
está prostituída; a él que a Dracón dijo:
Eres injusto. Conócete a tí mismo,
nadie lo espera. Nadie.

El agua que fluyera su canción limpiadora
a diez años de plazo es pozo profundo
y embozado en un silencio calmo,
nausebundo, elegía.

De solo a solo, sin terceros, Solón,
educado en Egipto, noble de cuna,
se revuelca en el dolor de Apis,
O-Sorapis, a solas, profundo.

El dio la Constitución a cuatro grupos,
las clases productivas. Quiso ser justo
con cada una de ellas
hasta que el Viento del Sur
pudrió a los oligarcas
y comenzaron a explotar
otra veces tal como a bestias.
2.

O-Sorapis Solón, meditador del Bien Común
y las leyes naturales del progreso del justo,
Pisístrato escupió tu nombre y tu regreso,
te maldijo diez años en los hombres.
Ya abrogó tu sistema de pesas y medidas,
tu Tierra, Tu Fuego, Tus Aguas.

Se ha perdido tu sentido sensual y melodioso,
tu ritmo de alma activa, soñadora, compasiva.
Caminas ya, de solo a solo, y el absolutismo
de tiranos te ensarmenta, en la Atenas
que han forjado los canallas: labriegos despojados
de la Tierra; potentados opresores de Tu fuego;
las hijas de los hombres como esclavas,
el sistema de usura y expropiación, renovado.

Si vuelves a Chipre, conversa tú,
de solo a solo; si vas a Lidia con tu lengua
de espíritu combate; estás en soledad
en cada esquina, Solón, sin terceros
de alma, sin lenguaje...
Solón desconsolado. Solo. Solo.

7-3-1984 / El Libro de la guerra

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El sospechoso nato


El habitante típico del mundo
no es precisamente solitario.
Es campechano, extrovertido, lagartón.
Tiene un acervo de chistes y de gestos
y se divierte con ellos
y no siente vergüenza
o pudor al contarlos.
Es su muestrario humano.

Es el prudente que siempre dice
lo mismo y repetirse no lo cohíbe.
Salta de momento en momento
y se diseña con la réplica
del vecino a su lado.

A éste lo define en alguna borrachera
de palabras, lo maldijo por no ser un calco
de su modelo más canónico,
a su gusto, a la mano...

Lo bueno de estos seres uniformes
(el hombre de la calle, el obrero promedio,
el fulano de tal, el tío, joder, que es un buenazo)
es que habitan en su esfera,
su circo muy fraterno
compuesto de familia y vecindario.
¡Y no se meten contigo! pero, más vale
que estés lejos, quieto, opaco, callado.

Afortunadamente, yo soy un sospechoso lejano.
Aún los metiches más picudos me han dejado
por la paz, ni se me acercan. Claro.
Del círculo de sus rebambarambas me aparto.

Soy un solitario que no daña a nadie.
Ni acuso ni molesto y me gusta ser
como soy y no oírlos ni buscarlos.

El habitante típico del mundo
no es como yo, por cierto.
El sí prohíbe y, a menudo,
ni come ni deja comer.
Mi ventaja es que yo soy feliz
(no feliz por todo), feliz
por ser como soy
y no ser
como ellos.

6-5-1984
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Gusanitos de Jacob


Sál, Alberich,
pizca de nibelungo.
Que te exhiban en Londres,
Lucy Wanmer, con tus dos
punto seis migajas de estatura.
Madame Teresia, corsa insignificancia,
no vuelvas a decir: Me escondo.
El rayo a todos va llamando
como hacha del No
y del Deténgase.

La línea que no tuvo movimento
ahora se dispara hasta encontrar
el sendero de los cambios
y escarba las transformaciones
y el porvenir y el estremecimiento.

Salgan, gusanitos de Jacob,
la luz, ojo del investigador,
les necesita afuera
de las angustia cavernaria
para comenzar
la canción
de la alegría.

1-6-1987 / Estéticas mostrencas y vitales
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La importancia de la investigación




...It is the investigator, investigating, how he is investigating what is being investigated. Or, as for Apollo, who sings in Shelley's Hymn,

I am the eye which the Universe beholds
itself and knows itself divine:
Bruce Director

Cuando se rompan con señal de luz
los cielos y en las grutas se filtre,
inesperadamente, el ojo de ese rayo de conciencia,
rayo que habla al que escucha
y le dice que la pasión es activa
(y controla el movimiento
y no se esconde en letargo),
salgan, enanos, e investiguen lo que,
por el ojo de Apolo, se anuncia.

A prisa, a lo vivo, ahítos de ambición,
aunque hayan tragado las penas del submundo.
Dejen las cuevas. Escudríñenlo todo.

Crezcan teutónicamente sus mínimos,
corazones en escala y serán abrigados con lana caprina.
No se subcobijen otra vez en las tinieblas bajo tierra,
topos con porvenir, gnomos escandinavos.

Si la escasez de sol los puso en sombras,
salgan, quiten la nieve, derrítanla con suspiros
y vaho. Que el futuro aguarda y las fronteras
requieren sus cuerpecillos tiernos de ratas, duendecitos.

3-1-1987 / Del libro Estéticas mostrencas y vitales

De la tradición bestializante


Hijo mío, nacíste en el tiempo
más cruel del sinarquismo
como ganado salvaje que se caza,
como redil que el Mal Pastor
conduce a sus aramios.

Esta es la tradición pro-bestial,
ultramontana, que la Roma imperial
impuso, para utilizar la voz
como público adorno
de libertad cautiva.

El pueblo cruje, carente de catharsis;
pero el Estado usurpa y blasfema
tu poesía, tus bucólicos escondrijos
en el llanto de la Nada.

Tu corazón es diario pan insuficiente;
no sabroso; los demonios
de cartel
te asedian y a ellos crees tú,
pobre Isaac, hijo de risa,
y en las penumbras del mercado
sueñas musarañas, crees saber
y nada sabes; los que te muestran
promesas salvadoras
son ladrones-hienas-buitres
que comen tus entrañas.

Del libro Estéticas mostrencas y vitales

A doña Monsa, la partera


Yo soy tu hijo también,
Monsa zorruna, benefactora
de los primeros arrullos.
Cortaste mi ombligo, recibí tu nalgada,
me amarraste el ser con la vida.

¿Qué importa quién fue mi padre,
si él sedujo a Rea Silvia
en el monte sagrado
del poder en bandidaje,
o festejó el asalto
desde un sueño menos turbio
que la ira?

Lo que importa es que nací
y navegué en su vientre
y en mí distribuyeron su realidad
con fecunda alegría?

Ahora estoy en el suelo
y tengo el propio y el ajeno sustrato
y Doña Monsa ha filtrado
bendición a mi semilla.

Mi presencia está en la casa;
lloro en los espacios,
aún con ojos cerrados,
y sigo vivo, con el olor a Lupa
en el recuerdo, y la gemela batalla
con serpientes de mi ecolgía.

9-12-1990 / Del libro Estéticas mostrencas y vitales

Sunday, December 16, 2007

Ahí va don Medi

Ahí va Don Medi monta'o en el hijo:
Dicho popular en San Sebastián durante los años de mediados del '50

En la Calle del Bacalao, en el sector mismo (Pueblo Nuevo) donde un cohetero embrujó una casa, vivía un hombre que fue costal de penas. Con mucha humildad se condujo en los años en que su hijo hacía su servicio militar en Corea. También se recuerda que Don Nicomedes Cruz tenía poco más de diez cuerdas de conuco; sin embargo, por causa de sus rachas, se vio sin jornales de paga ni aperos ni medios para cultivarlas. No lo ayudó nadie entonces. Difusa fuente de sus enojos que a veces parecían auténticas angustias. Antes sí, fue asunto diferente. Tuvo su muchacho fuerte, el que se fue a la guerra. Lo llamaron y fue. Previamente, Don Medi se ejercitaba con él hasta sacar algún fruto a la finca de Planas.

Para 1953, con algo que la tierra y sus animalitos produjo, se compró una casita, seto con seto, casi anexa a la casa de Bachichi, el cavador de pozos sépticos. Al paso de los meses, otra racha. A la mísera casa se presentó La Muerte. Dio su recado solemne. Dijeron que la presencia fúnebre llegaba de Corea. Una madre quedó desconsolada. Don Medi, don medes por nico, salió a la calle con gritos. «¡Dios del cielo! ¿Por qué me quitaste a mi hijo?»

La madre se vistió de luto desde el día que supo. Le entregaron una gran bandera multi-estrellada. Bandera por la que el hijo dio la vida. A pocos meses, después de sepultado su cadáver, en féretro que viajó desde Corea a Norteamérica y, finalmente, de San Juan a Pepino, a la familia dieron 10,000 dólares, que son miserias de Dios y de los gringos, según dijo Don Mede, don medi por malagradecido. Y echó sus nuevos gritos: «Dios del cielo, ¿por qué me quitaste a mi hijo?»

Unos meses más y, quienes reconstruían la casa de este campesino, observaron un reloj Bulova, reluciente, en la muñeca de Nico, don Medi como le dice el vecindario en la Calle del Bacalao y en Planas en pleno. Los zapatos que calza por las tardes son nuevos. Brillan sin haber sido lustrados ni una vez. Don Medi utiliza ya hasta espejuelos. Espera que lo miren; va siempre callado como si de veras lo demoliera el luto por el hijo perdido. No es que se haya vuelto parejero y antipático. Sólo que espera ciertos saludos, al menos condolencias, y no abrirá la boca antes que lo distinga otro, porque, aunque pocos lo saben, ya no tiene un conuquito miserable, o meras diez cuerdas terreras. Tiene tres veces más. Todo cuanto se venda en el agro de Planas (ya lo ha anunciado) ha de ser suyo. Es lo que ha querido ser: ¡Terrateniente! Y, come de los yautiales, ñamizales y sembradíos de gandules, que Fabián el Lila y otros pocos peones le cuidan en el campo.

Ahora lo que Bachichi Ramos, su vecino, Doña Modesta, bordadora y su taller de agujas, que son esencialmente sus hijas, más admiran es el jeep, color aceitunado, que Nicomedes estaciona delante de la casa. La mujer de él, en luto perpetuado, se peinó con un moño que quisiera alcanzar el techo, verse a la altura del retrato que cuelga lo más alto posible en la pared de la sala. Es su hijo. El veterano. El héroe de Corea.

Esta vez del jeep bajó una pareja joven, Fabián y su mujercita. Al peón lo llaman El Lila, porque su piel está curtida de sol y manifiesta una tonalidad extraña de violeta, pigmentos de melanina que brillan en la noche. Tiene un color de sortilegio que a la jibarita la mantiene en permanente menstruo. Informó quien cavó una letrina para Don Medi que a la Calle del Bacalao, con su remodelada casa, se ha añadido cierto lustre y, a sotta voz, indica el fontanero que la mozuela de Fabián destaca por una silueta encantadora, sonríe sin timidez, no parece hacendosa. Es una muchacha linda que no merece los harapos que víste. Lo refraseó el mismo Nico. Ayudará a esa pareja de recién casados porque Fabián es un jíbaro bueno, tranquilo y de confianza.

Urgía un cuartito de renta para la pareja y lo halló con Braulio Vélez y, al fin, se mudarán. Les preparó una cena de arroz con gandules. Una faena en que su mujer no tomó parte, ni desgranó ni una vaina. Mas comió como una autómata. No dio las buenas tardes ni las buenas noches. Se levantó a media cena y se fue a la sala, a solas. Nico hizo un gesto que significaba. Dále, pichón. Está loca. Más importante: vio que su invitada comía con placer y le daba sus miradas de soslayo cuando su mujer, de moño alto, con el rosario en las manos, se comunicaba con su hijo, alcazándolo con su imaginación casi en lo alto, sobre el techo. «requete-elevado para que esté más cerca de Dios».

«Don Medi, ¿qué hace su señora?», abrió la boquita la mujer de Fabián. La presencia del luto que guardaba la cohibía.

«Rezar. Desde que murió nuestro hijo, ella vive casi en silencio. Me desatiende, ¿me comprendes?»

No son tontos.


Ni la muchacha ni él que ha sabido sacar la máxima raja de la compensación financiera que le dieron por dar a la nación su primogénito. Cuando dijo que su esposa lo desatiende, casi suplicó con los ojos lascivos que intersecara su mensaje... La mujer de Fabián ya sabe que ella le gusta y don Medi / por me deja sin aliento / ha entendido que Fabián no provee a la mujercita ni enaguas ni pantaletas. No la acicala como debe, siendo que es pizpireta y vanidosa. Don Medi filtra su mirada por las transparencias de su pobre vestido; adivina las nalguitas carnosas. Para subirla al jeep la asió por los costados. Sintió la desnudez de sus muslos y chorros de electricidad que repercutieron en sus gónadas. Entendiéndolo así, indirectamente, les promete sus progresos a ambos. Urde sus convocatorias íntimas (si, con ella y por ella) siempre en presencia de Fabián El Lila, para no hacerlo menos. Piensa: «Algo de ese cuerpo es ya mío».


Después de convidar la cena y dar la bienvenida, Don Medi nombró al peón el capataz de sus terrenos en Planas.

«Voy a tratarte como al hijo que perdí».

Fabián sonríe. Ajeno a toda maldad, pela el pleno de sus dientes y a su mujer no le gusta. El tiene las muelas podridas. A veces de su boca sale mal aliento y, por más ganas que ella tenga, esto es, de vérselo encima, penetrándola, lo rechaza. Don Medi, sin embargo, se arregló la boca. Come bien. Ya se preocupa por la imagen, se perfuma y se pasea en su jeep, aunque ya ha oído un rumorcillo de la envidia que inspira por causa de la camioneta americana, digna de los terratenientes.

«Ahí va don Medi monta'o en el hijo».

Antes de mudarlos al cuartel de habitaciones de Braulio Vélez, con menos de $4 pesos al mes que don Medi paga, antes de bajar los tiliches y la única riqueza del matrimonio, su colchoncito sin catre y la estufita eléctrica de sólo dos hornillas, les programó la vida.

«A las 4:15 de la madrugada, ya estoy despierto. Quince minutos después iré por tí, Fabián. Tú ándate listo. No me gusta que me hagan esperar. Cuando estemos en la finca, será de las 5:00 o 5: 20 de la mañana, tomas nota de a qué hora llegan los peones e inician sus faenas. ¿Cuántos sacos de ñames entregan cada día? ¿Cuánta es la producción de yuca y de yautías? ... no descuidemos las gallinas ni las cerdas paridas... Tú sabes que este trabajo que te doy no es matarse; peor te iba en el corte de caña, ¿verdad? ... Mañana vengo por tí a las 4: 20; hago mis gestiones en el Pueblo, te llevo desayuno, me regreso rapidito y a hacer que el campo florezca».

Y la rutina se sucedía de este modo por años. A la segunda semana, tras dejarlo en el centro mismo del conuco, donde había una choza, la antigua casa de Nicomedes Cruz antes de comprar en la Calle del Bacalao, el segundo destino del patrón era la casa de Fabián El Lila. En las tiendas de Los Cruz, parientes suyos en el Sector Pueblo, iba y compraba pantaletas para la ahijada. Al ahijado, sin fortuna, no le compraba nada. A la mujercita que le abría la puerta, entre 6:00 y 6:10 de la mañana, la tendía sobre el colchón que Fabián había dejado ya en candela y ella respondía, con tal de verse al final con bragas nuevas.

¡Cómo disfrutaba el patrón aquel cuerpo tan joven y hermoso! El mismo la vestía y desvestía. ¿Y quién como testigo? La camioneta verde, quizás. Allá, la pared de cemento. Una salita y la cortina. Abajo, sus dos cuerpos, dándose cuarenta minutos de agasajo, complicidad, lujuria; hasta que al año de mudarse dijo por el camino, muy felizmente, Fabián a su patrón: «¡Don Medi, mi mujer le dio un nieto!» y sonrió, con esa boca y dentadura, que a la muchacha no gustaba debido al hedor de las muelas picadas y la gastritis.

Don Medi lo abrazó. El pagará la atención médica que el alumbramiento implique. El atenderá los antojitos de la futura madre. «Te voy a dar dos pesos más. Mas no descuides mi finca», le dijo, sin que sonara a amonestaciones para el tonto. Y la rutina se sucedía de este modo por años. A las 4:20, rumbo a Planas; a las 5:00... Y, al segundo año, nació otro hijo y nada de lila o lilo. Nacían tan blancos que don Medi sentía miedo de echar sus palos mañaneros con aquella trigueñita, color café con leche y verla en bragas rojas antes de abrirla como una tijera, chupar de su bollo en profundo. Ahora, antes de metérselo, urgiría alternativas.


Mas ella, cada día se hacía más hermosa y cachonda. Todavía siendo infiel, no se pensaba una perversa. Defendió el ano con la igual terquedad con que Fabián lo pidiera en la noche de bodas.


El siempre, arrodillado atrás, clavándola bajo las nalgas. En el brete de amarla, seudo humillado, por su mujer que verbaliza picardías, sabía cuando su boca hedía y ella, repugnada, le pujaba sus pedotes en los güevos. «¿Sabes por qué lo hago, Lila?»

No que Nicomedes fuera a jugar con sus niñitos. O que cayera necesariamente en la chochez de viejo, o que deseara sentirse abuelo con sus propios hijos. O perpetuar mentiras en la casa. Va de lucidez en lucidez: no conviene que la reviente de partos y, por sugerir opciones, preguntó a ella: «¿A él das de lo otro? ¿Te come el culito?»

«No. Es un gran pecado», musitó ella.

«Pero el mal está hecho. Quiero ese último pecado», respondió él. Le dio la opción de pedir algo a cambio. Ella sucumbió al enunciarlo. Cederá el ano también si los hijos de ambos heredaran la casa de hormigón en la Calle del Bacalao. Y don Medi se dio gusto entonces, prometiéndole que si su mujer muriera primero que él se llevará a todos a ocupar la casa. Y aún quitará la bandera americana y el retrato del muerto que cuelga del seto.

«¿Alojarás a Fabián en la casa de ella?», preguntó la mujercita.

«¡Carajo como no, si con él te he comprado!», contestó. No quiso que ella abriera los ojos de su entendimiento a tal grado de que supiera que el Lila puede que sea estéril. Pobre peón, como una llaga violeta, cada día lo ve más tonto ante sí y, ante el vecindario, cornudo...

Al saberse del segundo nacimiento, los vecinos con socarronería daban a Don Medi las felicitaciones. Sabían que el bebé, seguramente, sería suyo. No bien se arrancaba en el jeep, sea cual fuere su rumbo, la gente del callejón susurraba: «Ahí va don Medi monta'o en el hijo».

Del libro Leyendas históricas y cuentos coloraos
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LISTA /
Poetas del mundo / Autor

Saturday, December 15, 2007

Yayo el Turco

There is a dubious loyalty to the southern regime, troops were in full retreat or defecting en masse to the North. A heavily guarded demilitarized zone (DMZ) on the 38th Parallel continues to divide the peninsula today. The war affected other nations as well. Turkey's participation in the war helped it become a NATO member. The entrance into the war has been criticized inside the country, however: General Walton Walker, U.S. Eighth Army


Quien lo conoce, seguramente, lo llama Yayo el Turco. De turco, en verdad, es poco lo que tiene. Fuera de recordar, con su buen humor, el residuo de frases sueltas, mariposeo verbal del árabe y jergas que él descompone. Hay quien dirá que parece uno. Es bigotón, con barbas azulinas, cabello negro que peina hacia el lado. Entonces, son visibles sus ojos oscuros, de párpados anchos, la frente, el cutis limpio, con la piel sedosa. Para precisar la semejanza, faltará el turbante. Un pantalón y túnicas que indiquen jeraquía. Un vestido que sea un verdadero lienzo de colores. No será necesario. En definitiva, no es kurdo ni árabe ni turco. Es pepiniano. Hijo de jíbaros puertorriqueños.

Está empleado en la Autoridad de Fuentes Fluviales. Celador electricista. Un hombre bonachón, de 5'.7" de estatura. Responsable con la familia, sobre todo. Su esposa está primero que sus dos o tres cortejas. Cartilla que lee a todas. «No te pases del límite. No entres a líneas de combate».

El dice que el amante ideal tendrá una esposa, lealtad encarnada «que no destruirá con propia mano». Esto es otra de sus metáforas de guerra.

«Quien lucha por Corea, si la ama y la compara con el amor de un esposo por su esposa, que no la hiera con su mano. Que no la hiera con la guerra. Quien, por los ideales de democracia y libertad, dice que lucha, hágalos sagrados, como el hogar y la esposa. El surcoreano se vale del gringo, velagüira; en Corea del Norte, ronda el ruso; esos son los amoríos menores. El matrimonio, si se destruye y se agrede es por causa de esos buitres que al acecho, nos jeringan... Para pescar en río revuelto, se acercó el turco. Se metió en una guerra en que no tuvo arte ni parte. ¿Sabes qué quiso? Una membresía en la Organización del Tratado Atlántico Norte... Mira lo que uno piensa cuando sale del pueblito y llama a la nación americana, mi país y mi bandera».

Como de costumbre, este sábado sus amigos lo esperan. Veteranos de la Guerra de Corea como él. Beberán unas cervezas en un bar de Tablastilla. No se cansan de oír sobre sus peripecias y estas comparaciones, «el matrimonio es mi DMZ, mi zona desmilitarizada».

El Turco bien que explica lo que se aupa entre las leyendas populares de su pueblo. Está, en primer lugar, su mote, El Turco y, para el que interesa verlo en serio con su historia, sus anécdotas de guerra. Por quererlo así, supo que la prensa adujo: han sido 5,000 prisioneros de guerra, sólo en el grupo estadounidense, nuestros muertos. Alegaron que los comunistas son atroces y asesinos, aún con quienes sobreviven. Dos tercios de esos prisioneros de guerra, ni en par de años de su cautividad, han podido soportarlo. Provocan a sus verdugos a fin de que se les anticipen las ejecuciones o la tortura cese.

«¿Quién fue más cruel?», preguntaron a Yayo. Calculan que más 12,000 comunistas norcoreanos, tomados como reos, murieron en encierro. El odio es mutuo. La violencia ciega. El hambre, el aislamiento, insoportables. El ejército, aliado y salvador, ése en que estuvo y que llama héroe a cada uniformado, dio el mandato. «¡Mátenlos, maténlos sin miramientos!»

El recuerda la campaña, una en que, por primera vez, oyó que hablara el Dr. Don Pedro Albizu Campos, Aid Korea to resist America. El Partido Nacionalista, claro que dijo: Que ningún boricua se reclute. Norteamérica se personó a agredirla. Yayo se reclutó, no por inocente. A veces late su auto-reproche como una herida de guerra. Y, de paso, siente que Albizu que terminó en la cárcel, explicó el por qué no ir del modo más sencillo. Es Corea, tierra dividida por los imperialistas. Chinos, japoneses, rusos, norteamericanos... la han convertido, finalmente, en un pueblo desmembrado... Hay un paralelismo entre Corea y Puerto Rico. Monstruos se la comen, la dividen. La desangran... ¿Con quién dar los detalles de lo que vivió y lo comprenda? Amigos verdaderos, combatientes de su buena cepa; algunos que beben con él, oscuramente aliados en tristeza. «Si la política es sucia, más sucia es la guerra», filosofa. «No me hagan recordar estas cosas», dice a sus interlocutores, «hablemos de algo divertido». Por consiguiente, se hablaría de la Santa Crica y sus profundidades.

Con cervecitas, rones y el fondo de música mexicana, Yayo saca su romanticismo amacharrado. Evoca la libertad y el sexo, la metafísica de lo masculino y femenino. A él corresponde ser un combatiente, con arma de victoria en alto, vaya cojones, timbales de adrenalina, tendrá que serlo y, además, mantendrá la pení(nsula) unida, sólida, bien adentro y chorreando. En secreto, así quiso que fuera Norcorea, el país que una lo que el imperialismo norteamericano divide. Unir no se pudo. Llegaron las potencias extranjeras (¿quién lo habría pensado? ¡Hasta los turcos!) Se asomaron a buscar despojos, pertrechos y bases estratégicas. Rusia y Norteamérica cayeron sobre Corea: Japón, como chacal colonialista, tenía esa presa tan herida y aún no la soltaba de sus dientes. Yayo, quien va en camino a Tablastilla, a más del 15 meses del regreso, todavía tiene las imágenes de los puertos de Pusán y Tonghae-hang en la memoria y el corazón en vilo. Con lo que más batalla, no es con la erección y la unificación peninsular. Es con los recuerdos de guerra. Sus peligros. Malditos recuerdos. Vio la ciudad medieval de Seúl, plena de ruinas y humeante por intensos bombardeos. En Norcorea, le dijeron que de igual modo, llena de quemazones, hallaría a Pyongyan. Dolía, con angustia, en su momento, verse perdido. Contado entre los muertos y descartado por desaparecido. Y, sin embargo, estuvo vivo, sacándose las señas de los dedos como mugre comunicadora. Implorando a Dios que lo hallen. Que lo rescaten. «No estoy muerto. Ni sé dónde he llegado ni qué me asegura que ustedes me entreguen a los gringos». Tres meses puso en el empeño de aprender unos retazos del idioma turco. «Si sobrevivo, soy más listo que el carajo». Aprendió a decir paz, amigo, soldado, alimento, frío, ayúdeme. Habría aprendido esta lección en cualquier idioma que fuese necesario. Haría el esfuerzo de significar tales palabras y emitirlas. En cada lenguaje reinventaría su ambición de sobrevivir. El que no llora no mama.

«¿Qué sucederá si regresas al campamento de Corea y te sorprende la explosión nuclear que se tramita?», le pregunta un militar turco.

«¡Nos jodemos! Con un bombazo, como en Hiroshima, ¿qué esperanza?»

«Puede que ocurra».

El habría querido que Sur Corea, el gobierno de Rhee, se rindiera para que la guerra fuese la más breve de la historia. A punto estuvo de decirlo, pero se acordó del chicharrón de cerdo y se imaginó sus olores. Al final, dijo: «Truman nos hará chicharrones». Según informes, él autorizaría el uso de la bomba atómica contra China y Corea si fuera necesario.

«¡Eso sí que es destruirlo todo! No respetar ni sur ni norte. Es comportarse peor que Japón durante los 35 años de dominio», meditó él cuando estuvo perdido.

Yayo el Turco no siempre se lanza a evocar estos recuerdos tan solemnemente. Después de noviembre de 1952, el presidente electo Dwight D. Einsehower cumplió con su promesa de campaña. Fue a Corea y halló cómo dar fin al conflicto. Uno de los resultados fue su vuelta a casa. Que hallaran a los POWs, a todos los perdidos. Ahora se siente afortunado. Hoy puede leer que los comunistas capturaron 70,000 soldados surcoreanos. Sólo 8,000 de ellos regresaron. En algunos de esos trances de captura, se perdió; pero aquí está... en Pepino, vivo y coleando.

El tiene los brazos fuertes, el cuerpo musculoso; ya no es el joven espigado que reclutara el ejército. Ya no. Hoy está medio gordito; pero, para quien lo busca y lo trata, es un típico pepiniano, buen vecino y jovial. Parece que no sufre. Que nunca ha sufrido. Han comenzado a olvidar la guerra los que la pelearon. El todavía suma números, resta, se informa cómo ha sido. Los comunistas norcoreanos han dicho en la prensa que 390,000 norteamericanos agresores pagaron el precio justo: murieron. Y menciona, al menos, 29,000 mercenarios internacionales. Son esencialmente turcos. Casi un millón de fuerzas enemigas de Corea dormirán en olvido. Se comenta: Esta guerra será olvidada porque es difícil mencionar los nombres en chino. Tantas muertes son ya el comienzo de la memoria vacía. La indiferencia que encubre y oculta más que la ignorancia de la Historia.

Yayo está vivo. Los muchachos de la guerra volvieron. Por eso se reúnen en Pepino. La generación en que coincide el muñocismo triunfante y el primer movimiento supresor del comunismo, tras la Guerra Fría.

«¡Ven acá, Turco!», lo llamaron.

«¡Yayo, Yayo!», desde la esquina lo van queriendo los amigos.

«¡Veterano!»

El no es uno de quienes ha cambiado sus valores. Ama a sus padres, respeta a los mayores. Es honrado. Su país es primero... Y lo que explica su arabismo o su turquez es tan simple: se fue por rumbo equivocado; pero no lo hallaron huestes enemigas. Sí, los turcos. Los EE.UU. abrió bases militares en Turquía y terminó alternando con soldados de Gemlik, Hopa, Estambul y Bursa.

Yayo el Turco llegó y de la vellonera seleccionó un bolero en voz de Pedro Infante. Y es Toño Palomo el primero que saluda.

«Turco, ¿qué dices? ¿Cómo van las cosas al sur del Paralelo 38?»

Antes de sentarse en su rincón favorito y entre amigos, lo escucharon. Nadie le quitará lo picaflor, la sensualidad a flor de piel. Sendo bellaco. Lisonjeó una moza a su paso. Dice que el macho propone y la mujer dispone. El ofrece de sí la calidez humana, su poder imaginativo, las palabras precisas, con visión articulada, digna y adecuada en cada detalle. Además, Yayo el Turco es apuesto. Pocas son las mujeres que rechazan que un silbido suyo las detenga. Las conduzca a donde sea que proponga los rituales de sexo, siendo casado.

En el bar ya está Toño Palomo, el fiebrú. Se burló de Belén, el guardia cascarrabias. Comentó que otros choferes festejaron cuando partió desde la plaza, arrancando brea y quemando llantas. Recién compró lo que soñaba: el carro nuevo. Tendría que pregonarlo aviezamente con amarcha triunfal de arranque alrededor de la Plaza Baldorioty. Escuchar que invocan al demonio abusador del poblado. Sueltan al toro bravo: «Cógelo, Belén, que va sin freno».

El burlado luchaba con la encía a puros lengüetazos cuando Toño Palomo lo dejó con sus nervios retorcidos en mal instante, pues chilló sus neumáticos y manejó como rayo. La maldita caja de dientes que se sale de su boca. Se le cae... y Belén, por buscarla que se rinde. La recoge del suelo y maldice al que se fuga de su celo policíaco y su orden de obediencia [Belén que epitomiza los poderes vigilantes]. Ajá: su dentadura se vomita contra el polvo de la calle.

Cada vez que llegan los comicios, ese celoso esbirro de La Pava, se siente sensitivo. Deambula, mucho más enojadizo que lo habitual. Hasta Yayo el Turco se vuelve sospechoso. Belén, en la calle, expone el celo del muñocismo triunfante. Politiquea con la macana en mano, el grito en cuello y su temperamento iracundo. Para Toño Palomo y Yayo el Turco, donde hay que mandar a ese endemoniado en uniforme es a Corea. Que se ensañe allá, en las áreas del Paralelo 38, con las fuerzas soviéticas en Kaesong. Que vaya ante el Teniente General y comandante, John R. Hodge, y se reclute. ¡Véte, Belén! Colmo del calerismo. Comunistas habrá [por siempre]. Que se vaya a matarlos donde estén. No en las calles de Pepino. Es Corea quien lo ha necesitado desde antes de 1945.

«En Corea sí que harán chirridos sus dientes y temblará su quijada», ríe Palomo.

«Después de verme perdido y entre turcos y no saber por quién se mata y el por qué, ya no me asusta nada. A Belén, por el contrario, lo embarrará la mierda», dijo Yayo.

Precisamente, al jactancioso lo compara con Corea del Sur, pueblo cuyo ejército fue poco más de 65,000 soldados, armados, entrenados y equipados por los Estados Unidos. «Corea es una trampa tendida para ciegos y el Sur, aún los ms cobardes, se han sentido grandes a la sombra de su protector».

Una Guerra de Truman fue Corea, inicialmente con el apoyo popular; más tarde, fue la Guerra Olvidada. Discutida y cuestionada. «La guerra que me asusta no está en los periódicos; yo voy a olvidarla pronto», es lo que Yayo el Turco comenta a sus amigos. Saborea la cerveza. Amplía los contenidos del deseo. Quisiera que el guardia Belén viviera una semana lo que él ha vivido. «Que si Albizu le ocasiona miedo a Muñoz Marín, o el al Presidente o los Congresistas, no... que vean cómo luchan los norcoreanos, el surcoreano cuando los observa se caga; se une a ellos y le deja el trabajo de exterminar la patria al extranjero». Sólo hombres, tan llenos de ira y dolor, deben utilizarse en ese infierno. Que lo soltaran en el campo de batalla para que no sea jactancioso. Corea: la primera confrontación sangrienta durante los años conocidos como la Guerra Fría, es el lugar que ha elegido...

«Allí quisiera verlo. Cagándose. O matando a gusto los diablos rojillos», reflexiona.
Leyendas históricas y cuentos colora'os

El ángel más amado




De todas las obsesiones que forja el pensamiento,
dulces voces de mis desvaríos, medito en tí,
como criaturilla más deseada entre la hueste,
y quien fielmente me nombras: amigo mío.


No que tú me entristezcas, pero no me desmientes.
Es triste este mundo, con hombres rotulados,
ariscos al espíritu, endurecidos por furor
de su carne y el apego a bajas ilusiones.

Bien que conoces a los hombres fugitivos.
Con el pan se conforman, cuando no, se esclavizan.
Sin el circo no viven; ya no pueden vivir
la senda de lo abiótico, mi dominio.
¿Quién hay que busque la noosfera conmigo
y te escuche, Dulce Silbo, mariposa de luz
en la noche serena, en plácido ocaso?

Para mí, eres fiel. Seguro que me has visto
(inexplicándome la angustia, airado a veces
como un perro raposero, o un viejo orejano);
pero mira si tengo cuajo en este ser-que-vivo;
soporto cada instante de vida, me guste o no,
sólo por escucharte, curioso amigo,
y de mis telas cortadas, ¿qué querrás llevarte?

No necesitas nada mío. No necesitas ni amarme.
No sé si fiel serás por siempre; pero confirma
que me oyes, cuando lamento; dí otra frase
en adición al habitual Amigo mío.

Del libro Teth, mi serpiente / El nihilismo pasivo / El lector cósmico /
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Geopolítica, 1894-1917

Desde 1863, la esperanza de una Tierra Libre,
generosa, hospitalaria, es más lejana.
La tierra de los fuertes está en los puños
de los divisores, marionetas de la Nueva Roma,
Gran Bretaña, a la que sirven
monarcas, timócratas, sinarquistas.
La expansión del esclavismo es el detalle
más nimio; la corrupción es el platillo cotidiano.

Con Roma disfrazada y sin iglesias que oculten
sus garras agresoras, está el Congreso de Viena,
Metternich, Eduardo VII, el Príncipe de Gales,
los Confederados, sureños esclavistas,
algodoneros, linchadores, discursos geopolíticos,
promotores de guerra, desmembradores
de la Nación-Estado.

Con estas operaciones globalistas
de la geopolítica en ciernes, ¿quién festeja,
con razón, que el imperialismo ha muerto?
¿Quiénes son? ¿Martin Van Buren, August Belmont?
¿Polk, Pierce, Buchanan, MacClellan?

De El Libro de la Guerra / Desde hoy serán claros mis rumbos / Click here
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Friday, December 14, 2007

Fin del Sacro Imperio Romano

En el año 1806, Europa celebraba la muerte
del fantasma. ¡Fin decantado del Sacro Imperio Romano,
imperio que nunca fue sacro! ¿Por qué no se sepulta
la razón del imperio, su codicia, y se exorcisa
un slogan, Roma-ramera-Papado? Nada ha cambiado.

¿Por qué son tan ingenuos los que festejan
y proclaman que el fantasma está vencido?
¿Por qué tan conformistas con el ocaso, si es mito?
Nada ha muerto. El imperialismo reviene en camuflaje.

La oculta envidia de Albión le halló traje en las cortes.
Un nuevo afán timócrata va en volandas
a embaucar al mundo, con gesto ultramundano.

Para la guerra global como embeleco se turnan
los violentos, siempre vuelven, resucitan y en nombre
de Dios y sus valores, piden el fin del mundo, la Némesis
o el Nuevo Orden. Mas no ha cambiado nada.

Hay ambición de territorios, belicismo por todos los rincones
y prácticas financieras predatorias, chantajes, menosprecios,
renovadas formas de espionaje, cadalso y exterminio.

Del El Libro de la Guerra / Obsesos del gran consumo /
Poetas del Mundo

Planeación racional

El Estado está lleno de oficinas y soldados.
Burócratas que al conocimiento lo reducen a dato,
a número inconexo, a ficheros tremebundos.
Todo se clasifica en blanco y negro y todo cuenta
como chisme, o choteo a falta de juicio y sabiduría.

Cada relación, por más informativa,
es ausencia de unicidad. De Chesed.
Fin de la misericordia; burla al humanismo
y la unicidad que nació del espíritu.
Unicidad que es voluntad de entendimiento.

El Estado es castrense, un juego tiene,
con los jóvenes del reino, hacerlos espartanos,
prusianos, fascistas, policíacos, sabuesos,
obedientes, narcisistas, eugenásicos.

Es que el mundo, al que coaccionan, es descrito
por dos facciones: burócratas gubernamentales
y milicos con grado de tenientes y sargentos.
Como una porquería. Esto el mundo.

Abunda en éste: el feo, el pordiosero, el retardado,
el pillo, el viejo, el tarado, gente inútil e inservible,
indeseables de todos los colores y tamaños,
gente que no quiere morirse de una vez,
pero cuesta mantenerlos. Fastidian.

Apestan, no producen, no se les puede ya
compadecer, sería mejor matarlos
como dice el ejército, por voz de sus veedores matarifes.
Los supervisores, a través de planeación, examinan
Opciones dizque menos duras, pero de igual estilo
y, al fin, racionalizan a quién han de salvar del exterminio.
No hay que quebrantar a todos, ahora se acuerdan.
«Si lo hacemos nos quedamos sin trabajo».

De El Libro de la Guerra / Poesía social / El niño ingenuo y dócil

El Libro de Raziel

Sefer Raziel HaMalach

¿Qué derecho y qué necesidad hay
de clamar por los secretos de Rzial / Raziel
o porfiar con cualquier ángel de alas azules?
¿Qué me va o me viene que tenga el aura dorada
y su cuerpo sea, al parecer, tan liqüiforme?

¿De qué vale si con un poco de amor me contento,
si la bondad no es magia que se aprenda en libros?
¿De qué me sirve un querubín, demasiado atareado?
¿Para qué más jerarcas, si los muchos que tengo
son peores que los ladrones primordiales
y los entes de las sombras y las profundidades?

Uno vestido de azul en la esfera de Chockmah
y en su mundo de Briah es él. Raziel, el que guarda
secretos, el que lo anota todo. ¿En qué lenguaje
he de leerlo?… ¿a quién diré, ya todos muertos,
pásame un dato, al menos? Enoc, Noé, Salomón:
¿qué dice aquel rebelde que me sirva, qué dice
aquel poeta de los cielos, aquel ladrón angélico?


Apenas sé meditar en mi camino; en este vil camino
de canallas, donde no hay jardines del Edén
ni ojos ni oídos para las cosas del Altísimo.
¡Ya he dejado de creer en los secretos!
ya no pido los exquisitos hermetismos.
¡Un poquito de amor pido, si algo!
O, de plano, que me dejen tranquilo.
3-12-1986

Del libro Teth, mi serpiente / Desde hoy serán claros mis rumbos / El lector cósmico

Teth en la existencia dipolar




Hay días en que las hojas tiemblan
por estarse en los árboles; Tu Arbol de Vida, Teth,
árboles de tus senderos que se deshojan
porque vienes a enroscar tu Misterio Oscuro
y encender con tu sexo la Shejinah. Resplandores.

Días hay en que la calle se queja de su polvo,
días de Teth, tuyos. Todo será limpio para la noche
de bodas. Tu Luna Nueva. Todo se arrastra
entonces como una serpiente con prisa de mordernos
o una hiedra que trepa, cuanto puede, y nos alcanza.

Hay días en que todo rema con su propia fuerza
hacia la mar desconocida y se levantan las olas
y se desprende el Viento de lo Alto.
Van las aguas y el Aire en rescate de quien pisa
la Tierra. Visitan los Divinos la finitud del hombre.

3-12-1986

Te van a sonreir, hijo mío /
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Thursday, December 06, 2007

¿Quién funda mi lenguaje?

El destino regala la lengua fundante nombrante para que el ente sea: Martin Heidegger

Y el espíritu de Dios sobrevuela por sobre las aguas: Talmud

El portal es como el beso, una boca lo da
y hace presente todo lo presente.
Un labio hay que lo anhela y que no se retira
hasta que tiene delante la original palabra,
la bendita saliva, la voz de ese algo prometido,
no sólo su fe. Algo como algo.

Ese beso que nombra que algo SEA, por jota o Jet
o equis, que sea Vida, Acceso, apofánsis,
algo y más que algo y, por ser, lo devela.
¡Sea la luz, sea el beso delótico!
sin el cual no hay verbo ni un nivel arriba
ni un nivel abajo ni vida esencial en la cima
ni vida que vitalice abajo.
Sea el portal para jaiut
otro labio / destino / ente del ser
que espera, que interpreta, que se abre.

Como un beso es la entrada a mi palabra.
El portal de mi poesía se hace de besos.
Como un beso la casa del lenguaje, el poema,
el comprehender, la expresividad de las declaratorias.
La interpretación circumvidente.

Como el suspiro fundante, sea el susurro del enamorado
y el sexo de la primera vez, coito donante que potencia
el acceso al misterio femenino / masculino
desde mi propia alma, como nivel superior de mi energía
y ascenso de la óntica semilla / ontológico beso
hasta el logro del espacio abierto.

Y luego que ascienda aquel / aquella que proyectó su luz.
La que ronda, el que sobrevuela: los besantes.
Que no sean ellos / los vivientes / jaiot / críos
para el águila que puede destrozarlos.

Que no estén abandonados por el tzadik que examina
porque, después vendrán las intuiciones discursivas,
el lenguaje amargo, el desgaste del beso.
La consciencia mundana. Los abismos.
2.

El acceso al ente implica necesariamente el acceso a su ser. Se tiene consciencia de algo en el modo de su existencia: Martin Heidegger


¿Dónde vive Jatoteret, aquel que besa
desde la Cima del mundo, aquella / águila /
madre que sobrevuela sobre la creación
de todo mi lenguaje, aquel que unió la inmanencia
y trascendencia en esta boca que clama,
entre la vida esencial y el temor
y ese amor que presenta los entes,
con el logro del beso?

Beso tan simple como el ver lo que ambos
han visto, siendo como roces de besos
sin que falte el encanto y la estructura del cómo
aquel que besa se retira y toca sin tocar,
aquel / aquella / que nombró el amor /
por primera vez, y se asomó presentándose…

Aquella / aquel que recibió algo como algo
se hizo comprehensible y recibió dación
desde la inmensidad del apriori
y ascendió en sobrevuelo porque toca sin tocar.
3.

Un espacio unitario tiene que estar ya dado para cada concepto, un todo en el cual puede ser dado a través de la intuición: Martin Heidegger

Y las criaturas vivientes [jaiot] corren y retornan como la aparición de un relámpago: Talmud

El portal es el espacio único por el que regreso
al infinito, al ver total, al reino, a la Cima,
a los siete cielos; tarea distinta el aprehender sucesivo,
la tierra, los ocho vértices del cubo, la boca circuncisa
de Zot en Janucá, el corazón circunciso en Yom Kipur.

Mi portal es el prepucio del oír. Octavo día de Sucut.
Tarea distinta cualquier beso que no sepa
cómo pudo la boca interrogar su ser.
Como ente en su ser guardado es el beso
que entra a mi portal, celoso el poema
que el suspiro recoge.

Como espacio de privacía
la estrofa y el nido, luz autoreferenciada
el que besa y te nutre y te mima,
con ese amor fundante y su alimento.

8-02-1990 / De Teth mi serpiente


List

Tuesday, December 04, 2007

A Sara, la princesa


¡Te necesito, reina de mi sábado, rectificadora
de mi obra, Or iashar. Amasada fuíste
con el polvo más fino de mis huesos, yo, afortunado
porque dije... «Yo quiero, pulverízame» y, al querer,
te invoqué sin saberlo, supe que algo de tí necesito.
Algo de tí me completa y bendice.
¡Tú, guardiana de mi secreto!

Apoyada con pies rítmicos, ágiles y pequeños,
cuartos menguantes de luna, subíste a la Cima.
Antes que yo víste la nación en la tierra.
Serás padre de un pueblo, amado mío.
Nacíste para multiplicarme con tu dulce esencia.
Acercáste la vasija de tu vientre y anunciaste
las generaciones: el rambam del mundo venidero.

Entre polaridades de severidad y misericordia
avanzaste y, sobre todo, por la urgencia elemental
de sacar raja de la pasión, darte vuelo, añoranza de fe.
Clamaste por cambio, vencíste el miedo.
Permanecíste fiel. Aún sigues a mi lado...
2.

¿Y quién confiaba en tí, la aparentemente vulnerable,
si la Cima fue descrita como inhóspita, innacesible, fatigante
y su rumbo tortuoso? «No es el camino fácil»: fue escrito.
¿Quién confiaba en tí, si no yo, que no comulgo con ruedas de molino
y te he visto en la virtud de lo que eres, cómo te anticipas
y me enmiendas, me llevas a tu paz, Mujer Kosher,
Virtuosa de la Luz que vuelve, Corona mía,
navegante en aguas de alegría?

Tú alcanzaste la Cima. Bebíste de la Fuente.
Tú, con pie pequeño, más grande que el reino de este mundo
y los héroes que se miden por ventajas, siendo falsos.

¿Qué expansión de luz te mostró entre abrojales
que en la Cima está la Fuente, el Pozo del Viviente que nos ve?
Aún se preguntan las báquiras de Egipo,
aquellas que mucho hablaron sobre las aguas amargas
para la boca del mundo y del útero extendido de temores.
Nada te detuvo.

Y dijeron los poderosos, como incrédulos
y berzotas de tu sacerdocio: Todo es conflicto
porque somos como el buey que pasta entre riscos
y mil montañas, sin encontrar una Fuente.
Ir y venir desgasta. Bueyes en la noria somos.
Alma grosera de buey adquiere el horizonte y en mil montañas
pasta como la bestia de lo múltiple, incluyendo la yunta
que se doblega y en su día da labores.


«Fruto de Egipto no quiero», dijíste al fin.
Desde esos días te bendigo.
¿A quién se dará una corona, sino a tí,
Mujer Kosher, Virtuosa de la Luz que vuelve
al que la luz donó y la puso en aguas de alegría?
Tú alcanzaste la Cima. Bebíste de la Fuente.
Tú, con pie pequeño, vencíste.
Zaín te dio la Espada como espíritu
y la encendíste como si fuera lumbre.

Por ornamento, la corona es tu virtud
y amplia percepción de autoridad manifestada
(misión sobre el mundo por expansión de luz
que por tu amor regresa. Or jozer).
Más tú, Mujer Virtuosa,
peregrina, corres y retornas,
vas a la Fuente y regresas
a la Cima. No temes ni al camello
ni al Angel de la Muerte.
Del libro Teth, mi serpiente