Tuesday, February 08, 2011

De los aguites / a Arturo Schopenhauer / De Las zonas del carácter

... a Arthur Schopenhauer (1788 – 1860)

«Nothing can be assumed as existing except what is either positively given empirically, or demonstrated through indubitable conclusions. Dharmic faith loses more credence, but Upanishads and Vedas, has been the solace of my life, it will be the solace of my death!»: Arthur Schopenhauer

Como crees tú (yo creo): que la codicia,
el odio y el engaño, salteadores del carácter,
vienen contra nosotros y a veces se cobijan
en nosotros, y son ladrones
que deben extinguirse y no acaban de hacerlo.
Tú y yo, por riqueza o por miseria, tenemos el mundo
y el mundo lo sentimos como voluntad.
Estamos peleados con el carácter porque,
¿qué es el carácter sino lo que representamos
con la voluntad y el combate, el mismo mundo?

... Y, en ese esfuerzo de extinguir deseos sexuales,
físicos, emocionales y esas modas culturales
de esoterismos y pseudoespiritualidades
y la banalidad de todo, sufrimos.

Todo lo que no parece cumplirse
nos baja o sube con agüite.
Todo estilo de vida nos patea los culos.
No tenemos Nirvana verdadero
(nunca la persona va a poder exinguirse,
nirvanearse, tenemos que estar aquí
con toda la mugre). Eso es lo dado, Arturo
(lo mismo que le digo a Federico (Nietzsche),
tan preocupado por la profunda desacralización
de Occidente, y se lo digo a Martin,
heideggereando, por su deseo de recuperar
la potencia original de lo sagrado.
Das Heilige.

Pero en torno a este agüite, ¿qué hacer?
¿Con esta angustia, cómo mirar a los rostros
de Johanna y Heinrich Floris allá en Danzig
y decir que el dinero de los patricios
no es lo que nos llena?

Mira el ejemplo suicida de tu padre.
Mira a tu madre, destemplada...
Y mírate tú, desde que fuiste alumno en Göttingen
comiendo metafísica y sicología
con Schulze, de mentor de marras para darte
un sentido, un consuelo, y tú, con los poskantianos,
de Fichte a Schleiermacher,
y en Berlín con ese sucio charlatán, así llamas a Hegel.

Bueno, nada te llena. No hay universidad que plazca
cuando no hay nobleza ni amor a la verdad.
Uno se troca en otro resentido y el alma enmascarada
del mundo llega como intrusa, metáfora vital
de una vieja / tal Caroline Marquet /
que vivió a tus expensas, sacándose su renta
por 20 años; ella te grita y explota y dice
que la golpeas y, así es la representación
de su mundo, basándose en mentiras, en ardides,
en gratuita enemistad.

Así me he sentido yo, hermano Arturo:
gritándole a demonios que se vayan
de mis pasillos, o sean honestos y no mientan
(buscándose cómplices en las esquinas
o llevándonos a litigios espúreos cuando sólo
quisimos la paz). Obit anus, abit onus:
véte alma vieja al carajo,
que se acabe esta carga, nirvaneando.
Y uno se vuelve mercader de una y otra cosa
en honor de los muertos. Tú lo hicíste por tu padre
en Weimar, te acercaste a la madre,
pero ella y sus salones
son incompatibles con tu mundo.
Uno es incompatible con la ingratitud
y la mediocridad logrera, uno sí huele y se disgusta
en torno a cómo se pudre lo Sagrado
como si el cólera se anticipara durante los días
de Berlín antes de mudarte a Frankfurt
y morir a los 72 años meditando en la Senilia
y el pesimismo permanente.

Y, ¿qué es eso de un optimismo lógico
(tal como en Hegel, abriéndose paso
en el Zeitgeist de las moralidades
si lo que has visto, ya dado, indudablemente,
son los puños agresores de deseos sin dirección,
futiles, asquerosos simulacros de básica conducta
que no asumen la voluntad para vivir.
Y es cierto: quien no quiere voluntad
tampoco quiere carácter
ni agentes inteligentes que describan
fenómenos, representaciones visibles
de la cosa en sí. Toda la pretenciosidad
de regocijo se quiere en forma de carnaval,
no con dolor, no con verdades.

Corta es la memoria ética, así como corto
el luto de Johanna; deshonestos los incentivos morales
de la vieja explotadora que dice que le pegas
porque es movida por malicia y egoísmo.
Con la compasión se limpia el trasero
(y la compasión es lo más limpio del carácter)
y la malicia y el egoísmo, alternativas
que rotan y hurgan lo epidémico y corrupto.

Pero en torno a este agüite, ¿qué hacer?
Sólo es temporal como atenuante
darse a comtemplaciones estéticas,
a sublimar, el libre juego que absorbe
con su arte ese preocuparse cotidiano
que no se va del todo, sólo
nos hace espectadores momentáneos.

La voluntad juega a las canicas, mas sólo por un rato
y luego copia al mundo, vuelve a la mierda zozobrante,
auque la música es la más pura de los artes
(la única que embebe la voluntad en sí),
pero: ¿quién estará clavado a oírla
cuando tiene que esquivar invasores
o si te cortan las manos para que no la practiques
(ni guitarra ni piano, entonces)
Victor Jara te jodíste,
o te meten en un presidio de silencio
o ensordecedores de muerte.

El mundo tiene mucho de castigo que uno no elije
ni quiere. Hasta el carácter parece una celda innata
o destino inmutable. Y si no hay libre albedrío,
¿por qué nos castigan como transgresores?
Si el Destino nos baraja las cartas, ah,
¿qué remedio? Las jugamos.
Mas hay que pedir, pedir con insistencia terca,
más allá y desde aquí, en dolor, porque «muchas veces
las cosas no se le dan al que las merece más»,
sino al que sabe pedirlas, aunque no haya
ningún viento favorable y menos conocimiento
sobre a qué puerto dirigirse.

Imagino que pedir / implorar / lo Sagrado es igual.
Para que brille la fe / el consuelo / lo justo /
lo estético / la certidumbre /
auque sea como una luciérnaga miserable
se necesita de lo más oscuro de la noche.

Amigo Arturo, cada vez que viene un hombre
y me dice: «No te agüites; a lo hecho, pecho,
no tengas pena por nadie, saca tu cara
de fresca lechuga», yo sé que son
adversarios o sujetos vulgares
que han inventado la vida de sociedad
y para ellos mismos es arduo soportarse.
Del instinto social de éstos no me fío.
De amor por la sociedad, nociones ninguna
tienen aunque son gregarios. De lo Sagrado
nada esperan porque a la soledad
la temen y su carácter es hueco.
Lo empuja el viento.

Yo me armé como tú con versos del Vedanta,
son mi solaz y serán solaz en mi muierte.
Son lo único sólido que tengo.
Son el único látigo que esgrimo cuando espanto
de mí a todos lo que me dicen:
«No te agüites.
Todo está bien. La vida es un carnaval
y el hombre gusano que se arrastra en la rumba.
Nada hay sagrado, todo es comercio
y frenesí. Todo una mierda, Carlos».


13-02-1982 / De Las zonas del carácter

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