Wednesday, March 24, 2010

La pianista negra


A María Juana Beníquez Font, virtuosa pianista del Pueblo del Pepino, en el centro-oeste de la isla de Puerto Rico


Ella camina, camina y camina
¡a ver a dónde pisas, akâza!
muchacha danzarina por tus pasos
y oro puro, por tus dedos,
tacto del éter sonoro
y del aliento de Brahma.

Tienes hambre de sustancia primordial
y vas llorando... ¡Cleptómana divina!
De seguro que robarás vida que vibre,
¡anima mundi! de seguro, notas celestes
de la noche y cielos
y en jácaras de infinito plenilunio
esconderás tus botines, María Juana.

Un largo pentagrama es la escalera
y está tendida, a filo del abismo.
Emergió, según parece, del Sol
y halló tu piel de cisco
y tu cabeza hirsuta.

Y tú, difusa estás, entre colcheas
y glifos de días y horas, pausada
en gozo de tambores, latigada
por indiferencia de los necios
y envidia de los mentirosos.

Ellos, que gozaron filigranas
del concierto, elocuencias
de tu música y tu genio,
te cercenan, te recluyen
en tu olvido y tu desgracia.

¡Deténte, reposa un instante,
no camines, escucha, María Juana,
aquella niña del pasado,
aquella adolescente que esperaba
con amor, obsequiarse en melodía,
con dedos llenos de gracia!

Mírala, sin temor. No huyas.
¡Eres tú, sentada al piano,
tú en concierto y reverencia por Arezzo!
¡Mírate, Beníquez,
que a todos tienes encantados!
Beben del sagrado Soma del misterio,
leche oceánica y puránica, el discurso
de Dios que sale de tus dedos,
el amor negro que hay en el talle
de Catey de tu palmera y tus senos
de manso y violáceo ciclamen.

Maestra María Juana, tén cuidado,
¡a ver a dónde pisas, akâsa!
La clave Sol sofoca.
La mañana pidió su ritmo más salvaje.
Se alborota. Se conjura para darte
su último aplauso, clausura de fanfarrias.

En doloroso exceso, akasa tattva,
está que sangra el canto de la muerte
y una guitarra de Sandalio,
exquisitamente tallada por La Yegua,
ha parido un lamento de nostalgia
y una danza de Mislán cubre
con nubes de sus ojos la niña que yo veo,
tú, al lado de la maestra que educara
tu innato don, tu magia.

Ella te halló el piano viejo,
el primero que tuvíste y adivinó
que habría canciones en tus días.
¡María Juana, compositora,
alma musical y andariega del Pepino,
ten cuidado, que el dolor es paranoia
con sus tristes acentos
y blancas y negras notas en partituras
del arpegio ingrato!

¡Ay, caíste! el mundo es ya oscuro
y sordo y mudo y terco!
Ahora sí se silenció la tarde
y se fueron tus manos
por la oreja de los dioses
y el cuchillo que se cercena
lo sublimente audible
y lo inmanifestado.

Una vez más,
a orillas del sendero final,
el fin de la canción soñada,
te redescubre el viento,
el silfo de tus montes y te ama.

A mitad de la ruta que persigues,
a ver la mar te has ido
por el Puerto de la Aguada.

Partió de madrugado a San Germán
y la vieron caminando, caminando,
con la frente sudosa
y la tez de clazol
y de bagazo.

Por rumbos de terracería, barrios
cubiertos aún de niebla y cantíos,
se dirige a no sé dónde y parece que,
al caminar, vuelve y descansa.

Es la pianista negra, la maestra,
virtuosa que tuvo su pequeña banda.
Es tesoro sonoro de Pepino,
estrella en las covachas
del viejo Pueblo Nuevo.

Con Bethoveen y Mozart ella se cita
y va con manos que parecen alas
y sandalias, piano ilusorio de suspiros
y pena en Do Mayor y orquesta
con violines debajo de la falda.

Le quitaron el premio del Norte
que buscara, los sonidos del Shabda;
asaltaron el aplauso generoso del OM
que era suyo, más suyo que de nadie.
Le escondieron la alabanza,
la beca para el conservatorio.

Cerraron su escuelita y le dijeron:
aún no, esto no es tuyo,
no puedes tú ganar lo que es del blanco
y las damas de pelo fino y verdes ojos,
no necesitas la maestría, ni dar conciertos,
sino la banda aldeana, musiquera.
No busques el sonido del Madhyama
con los dedos oscuros del esclavo;
sé paciente, espera y calla,
María Juana.



NOTA para mi libro sobre Epica del Pepino: La maestra de música, pianista y compositora, María J. Beníquez, de raza negra, murió víctima de una caída durante una de sus jornadas de vagabundeo a pie y sufrió un problema de paranoia clínica y depresión aguda. En esa etapa, desarrolló cleptomanía porque no usaba sus dedos en el teclado y se pasaba frotándoselos nerviosamente unos con otros. Lo que desató su locura, o momento clave de su crisis depresiva, fue que se le negara una beca para estudiar una Maestría en un conservatorio de los EE.UU. Ella ganó las audiciones en presencia de Eleonor Roosevelt cuando visitó la Universidad Interamericana de San German; pero, le dieron la beca a una niña rica y mediocre, movidos hilos de influencia y politiquería. Un golpe bajo para Juana Beníquez, maestra de música de origen pobre, la mejor pianista clásica que había en el Pueblo, directora de una orquesta, compositora, pero negrita y bembona... Ella trabajó en escuelas públicas y, tras la negación de la beca que daba por segura, descuidó su empleo, descuidó su apariencia e higiene, la suspendieron, cayó en la bebida y caminaba como una pordiosera a pie de Pepno a San Germán, llorando por su beca. Perdida hasta las madrugadas, desmemoriada, bajo lluvia a veces.

Yo estuve muy metido en el estudio del Yoga cuando supe de su muerte; la ví muy pocas veces; pero la soñaba a medida que me contaron sobre su vida; por eso este poema lo escribí bajo el influjo del Yoga y los mantras. Un día soñé que yo era ELLA y corría por los caminos y calles en los campos de Pepino, canturreando mantras o el Himno de la Escuela (ella lo escribió). Supe entonces que, al día siguiente, tendría que escribirle un poema.

Shabda: en sánscrito, Anahata-zabda, voces y sonidos místicos que se oyen durante la meditación profunda; el sonido OM no es producido con contuciones. Los sonidos perceptibles al oído físico son llamados Madhyama; otras tres condiciones de gradaciones sonoras son percibidas por aquellos que han desarrollado sus más sublimes sentidos internos o espirituales.

Los libros vedantinos describen el Akâza-vani que, en sánscrito, significa «Voz o sonido que viene del cielo»; «una manifestación divina cuya revelación se efectúa por medio del sonido» (P. Hoult); el Akâza-tattva es el éter sonorífero, sustancia viva primordial, o éter cósmico que penetra el sistema solar.

El akâza / o también Akasha es el componente o ser primitivo o materia original de todos los cuerpos terrestres.

¡Yo sé que el mejor ritmo para honrarla debe ser una plena «a lo Cortijo», o una rumba o guanguancó encabronado; pero, yo era místico cuando escribí este poema vedántico!

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