Sunday, November 09, 2014

GERONIMO (1829-1909) / Salí a buscar mi cabeza

Gerónimo (1829-1909)




               A Gerónimo (1829-1909), el Jefe Apache

«Geronimo’s repeated escapes embarrassed and provoked politicians, army officers, and the non-Indian populace of the Southwest. His very name brought terror to the people who continually heard of his evading capture and occasionally killing Anglo-Americans and Mexicans. Territorial newspaper headlines blared his name, time and again....Geronimo spent more than fourteen years at Fort Sill, although he was allowed sporadically to appear at world’s fairs and other gatherings. He was a celebrity in defeat but still a captive when he died and was buried at Fort Sill in the new state of Oklahoma». Angie Debo, Geronimo: The Man, His Time, His Place (1976).

             En Alturas del Río Gila, la historia de Gerónimo, sus luchas y heridas interiores, permanecen. Fueron días desesperantes de guerra, con mexicanos en la primera etapa y con anglo del Este en sucesivos. Nos llevaron, casi a rastras, a una Reservación de San Luis... porque agotamos la energía de estar en pie y, sin embargo, el día crucial fue cuando llegaron por mí en 1886 y requirieron mi rendición. Dimos suficientes muertos y no quise exterminios innecesarios. Padecimos con mucho dolor...
            Consulté el Espíritu memorial de mi pueblo y me dijo: —Yo soy el fluyo en el río, pero regresa. Baja con sus torrentes... Nadie lo cambiará.  El alma se nos hizo tan grande y fluyente que regresa como lluvia, cae de los espacios celestes y la memoria se queda en los montes. El cuerpo está en tierra, a veces se arranca y se retira; pero el cielo lo rescata y trae. Esta vez como el alma de la raza, te pido que te esparzas y vayas a Oklahoma y te nutre con cada sol en las mañanas y te lleves a quien te diga:  «Eres, con tu sangre, Gerónimo, la noción libertad y autonomía que anima a los Apaches de Chiricahua como pueblo».
            Treinta años antes los caras pálidas vencieron sobre los mexicanos y sobre la región se impuso una ley que rediseña dominio del Tratado Guadalupe Hidalgo de 1848. Las alturas del Río Gila son de los Apaches de Chiricahua y eso cambio externamente, pero abrió otro proceso del que Gerónimo dijo: Los invasores sólo provocan el hallazgo del espacio con su alma.  Primero llegó una soldadesca mexicana y mataron a mi madre, mi esposo y mis tres pequeños hijos... ¿ya que otras almas amadas matarán?
            —¿A dónde buscaremos el alimento para aliento, o lo comeremos en paz, si pánico en la aldea, a dónde más se distribuirán las medidas del infinito, la seguridad, protección y porvenir, si Chiricahua lo daba?
—Batallas interiores son las que se ganan con mayor derecho.
            Al fin, lo desterraron de Arizona. Dijeron que van rumbo a Florida.  A partir de ese día, las Alturas de Gila River serán alimento para la memoria más que para la boca y la vida. Iremos a espacios menos conocidos—, les dijo a quienes quedaron con él.
            El traidor que lo puso rumbo captura, después de impensables batallas, aun estaba entre ellos. Un hombre blanco que servía como agente del General Miles.
            —Danos señal al tiempo convenido y matamos a estos ojos blancos. Rompemos estas ataduras— dijo uno de los treinta indios de la nación apache que quisieron compartir su suerte tras la rendición.
             —Valor no fala a ninguno de ustedes. Pero el Gran Espíritu pidió dos años de tregua y reunir fuerzas y cerciorar si es cierto que se nos preparará una gran reserva en la tierra de los Apaches porque regre-saremos... si me entrego es porque no puede seguir viendo a mi pueblo morir de hambre y frío a los míos...
            —No confío en el ojo blanco... Son hombres despiadados.
            —Pero están mejor organizados y sólo quieren tierras...
            —Así es. Y mételo en la cabeza. Evitemos las compicaciones. Ya no es tu tierra. Ahí no estarás más... y sé que duele. Acostúmbrate a buscar en tu alma tu nueva tierra y cielo, será allá en la Florida.  Que la oscuridad no deforme tu pensamiento. Es más.. No se acaba el mundo para ti... Prepararemos tu reservación. Ahora bien, sólo que explícanos:  cómo un  apache como tú, inteligente, de entereza, te empeñas frenar el desarrollo de la civilización, por un concepto absurdo de libertad, tierras y propiedad. Y como nos ha dicho el General Nelson Miles somos los Emisarios de una Nueva Idea...
            —Soy quien te cedo la tierra. La comparto. No está en venta. Que no la tenga tras la batalla  no es que la  desprecio. O permuto. O dejo de lucharla. No la pierdo porque la tierra los espíritus divinos la presta del mismo modo que la vida. Nunca creas que pierdo la  libertad, si pierdo. Al conservar la libertad lo tengo todo todavía, y no necesita nada más. Menos que intrusos de ojos blancos como la muerte impongan límites y reglas y nos digan cómo vivir y gobernar...
            —Pides un espacio conocido, pero vas por tren a conocer mundo. Y verás Fort Sill, cerca de Lawton, en Oklahoma, que no ha de ser cautiverio, sino un lugar de espera y descanso...
            Después de la reunión en Skeleton Canyon, Arizona, al norte de la frontera, el 4 de septiembre de 1886, se oficializó la rendición. Con 22 años de cautiverio, en edad muy avanzada, la última de sus confesiones de gran cacique que: No fui maltratado físicamente, y hasta diría que me trataron bastante bien; pero me dieron el castigo más grande que se le puede dar a un hombre: sacarle el corazón y dejarlo vivir.

* 

Salí a buscar mi cabeza y rejuntar
mi osamenta...


... You told your soldiers to put me in prison, and if I resisted to kill me. If I had been let alone l would now have been in good circumstances, but instead of that you and the Mexicans are hunting me with soldiers... The Indians always tried to live peaceably with the white soldiers and settlers. One day during the time that the soldiers were stationed at Apache Pass I made a treaty with the post. This was done by shaking hands and promising to be brothers. Cochise and Mangus-Colorado did likewise:Geronimo, Geronimo's story of his life, In Prison and on the war path, 1909.

            Poco a poco, él fue abriendo los ojos. Tosía, dolía su pecho por causa de una neumonía y recuerda que cayó del caballo cuando iba rumbo a su casa, una celda.
            La noche estuvo tan fría que las manos del amigo que lo ayudaban a incorporarse, con la meta de subirlo a su caballo nuevamente, las sintió como brasas; pero era un apache chiricahua. Se tranquilizaría. La primera confesión no pareció objetiva, sino racional. ¿Estará enloquecido? —Salí a buscar mi cabeza y rejuntar mi osamenta—, dijo el caído.
            Entonces, el amigo de sus angustias y su tribu, conocedor del dolor, no se enojó al oírlo:
            —Me confundiste. Delirabas.
            El accidentado había despertado en Skeleton Canyon, y dirigía su plática, casi a salivones de murmullos, a un tal Lawton por interlocutor, quien lo presentaría ante el General Nelson Miles.
            —Pero ni estás en Lawton ni estás en el Cañón de las Osamentas. Deliras desde que caíste del caballo.
            —No debí, entonces, decir eso, supongo—, dijo el apache.
            Seguramente, soñó con el año de 1886 y su rendición. Quedó de nuevo como muerto. Y le frotaba la garganta y el pecho. Sabía que volvería en sí y, cuando lo hizo, mencionó que el mismo Theodore Roosevelt iría a verlo a la Feria Mundial de St. Louis; se dice eso, por de pronto, y se le protegerá de la mexicanada que lo aborrece. Es por lo que voy rumbo al Fuerte Sill.
            Los colonos mexicanos que fueron a la Feria quemaron las fotografías que anunciaron a Gerónimo como una celebridad de los Shows del Oeste. Matar mexicanos para él no fue un show. Tal vez lo sea para los anglosajones que lo subieron ferris como payaso. Venden dibujos suyos y librejos como souvenirs. Y son historiejas adulteradas. No son sus memorias. Ninguno ha preguntado el por qué de su belicismo. El no puede entender todo lo que sobre él se dice en St. Louis.
            —¿Te robaste el caballo o lo pediste prestado?
            Y sonrió. Le gusta saber que al menos uno le sabía su nombre: —¡Y no es Gerónimo!—Los folletos con su retrato mienten.
            De pronto le preguntó qué hacía, tan viejito ya, fuera del Fuerte Sill, de Oklahoma, donde vive cautivo. Es prisionero de guerra y, como tal morirá y será enterrado. —Prisioneros es lo que somos—, le dijo tres días antes de que muriera de pulmonía el 17 de febrero; pero él no está sino viviendo la súbita acronía. Se ha perdido en el tiempo, tres días antes de su entierro.
            De la fecha que lo regresa a su verdad, el amigo detectó el año 1904. Mas son cinco años en ese curso, pasado el invierno. Es cierto que iría a la World's Fair in St. Louis, y el Presidente Theodore Roosevelt lo invitó a desfilar con él. No será. Ya fue. —Entonces, no debí decir próximamente ni que Roosevelt fue quien dijo los dos como Grandes Guerreros—.
            Medita como si ya estará muerto: Roosevelt es un cobarde como criminal bien armado. Dijo que sí, porque es tímido, sencillo, casi no entiende el inglés, sabe cinco palabras: Yes, Not, War, Peace y Brother. No comunico la última palabra a nadie que la merezca: Brother.
            —No debí decir que desfilaré como amigo de ese vil cobarde.
            Ahora entiende que ni Nelson Miles ni Roosevelt ni el General Crook (quien le impuso la reclusión en el fuerte de Oklahoma) son amigos. Mucho menos hermanos.
            —Equivocafo fue decirlo de ese modo.
            Y, en su letargo, el jefe creyó que le contaba sobre estas cosas al sobrino. Salió de la celda porque quiso ver sus tierras, así también lamentarse de haberse rendido. Aún le quedaba mucho odio, más que antes, durante su juventud, y lo canalizaba hacia los mexicanos, mas ahora contra el yankee. Vería si las provincias incendiadas se han reconstruido: así en medio de los rojos paisajes de Arizona, así tras los nopales yendo a New Mexico, y hacia Texas. Ahora, pese a que los holandeses de la Iglesia lo han instruido para que sea vehículo de perdón y arrepentimiento, el odio sigue a pleno trote. Lo que hace es mover el odio de un lado para el otro. Aún así, cree que odia más a los hombres blancos de Oklahoma y de Missouri, incluye a los holandeses y a unos peregrinos que mientan los que van a las escuelas.
            —¿Avisaste a la iglesia cristiana que irás de paseo?
            Entendió que dijo que sí, mas revalúa. —No debí hacerlo—. Cambió su dios natural, robó autoridad a los Grandes Espíritus, canjeándolo por ese Dios cristiano que ninguna de sus esposas quiso. Ni Alope ni Ta-ayz-slath, ni Chee-hash-kish. A los dioses blancos no le gusta el indio lujurioso. Nana-tha-thtith se quejó. Cuando él no era cariñoso, por tanto odio encerrado contra el blanco, Zi-yeh no recibía sus besos. She-gha o Shtsha, ninguna de sus noches de amor, por lo que todas comprobaron que no volvió a endurecerse el hueso suyo de fecundar a las hembras.
            En el paisaje de Bedonkohe, cerca de Turkey Creek y el río Gila, comenzaron a asentarse mexicanos y ni su Abuelo / Mako / jefe de apaches de Bedonkohe ni su padre, ni sus tres hermanos, confiaban en los colonos de los asentamientos.
            —¿Fuiste a espiar a los mexicanos?—, le pregunta el amigo.
            El tiene su espíritu vagando por Sonora, donde también había mexicanos y los odió porque mataron a su esposa, a la que obtuvo desde que ella cumplió 17 años y le dio sus tres hijos. Una compañía de 400 soldados, con el coronel Carrasco en comando, entró a donde tuvo su vivienda y su esposa Alope, cuando él era Goyahkla, y padre pacífico y no tenía rol de guerrero en la tribu de Mangas Coloradas. Nació el odio por estos soldados por la sola razón de lo que hicieron. Y, ese día, 6 de marzo, según los calendarios de mexicanos y blancos, año de 1858, él cambio. Dejó de ser varón para ser una bestia, animal viejo.
            —No debiste cambiar—.
            Mas ha cambiado. Se arruga.  En ausencia de sus territorios, lo golpea la decrepitud. Cuando roban la memoria de si, se les seca la vida. Y él pisa más el aire que el suelo. Con mucho tiempo y cambio ha sido que muchos de sus guerreros olvidaron que su nombre es Goyahkla, bostezo pacífico, tranquilidad regocijada. Ha cambiado y lo designan como el Terrible Bostezo del Dragón. Este despierta y esparce su aliento, con fuego y muerte.
            El jefe Cochise, buen guerrero, lo vio cambiar, pasar de la calma a la fantasmalidad terrible y juntaron odio para vengar los ultrajes y asesinatos cometidos por los soldados sonorenses ( mexicanos).
            Antes eran tres grandes apaches. Pacíficos. Jugue-tones.
            Se hizo cristiano, le dice. No recuerda que lo haya querido alguna vez.
            —Te lo impusieron para que se te permita pasear y contar tus historias de viejo guerrero.
            —Ah, sería eso.
            Confiesa que sigue creyendo en la vida después de la muerte y discierne si el odio después de la muerte también se persiste. Su espíritu se escapó para observar si la tumba del Coronel Carrasco ha sido saqueada. «La mía lo fue». Y después pasó de Sonora a (Janos) Chihuahua. Rememoraría sus rebatiña en lugares como el norte del país Opata. Ante ellos hizo el nombre de Mangas Coloradas sinónimo de venganza brutal. Lo llamaron «el Terrible» y se calculó que, entre 1820 y 1835, los apaches mataron a 5000 mexicanos, obligándolos a esconderse bajo las faldas de los blancos y de sus mujeres con ojos azules.
            Dijeron que Gerónimo / Goyahkla / destruyó unos cien poblados desde el primer bostezo de odio suyo en inmediaciones del suroeste. —No debiste, Goyahkla—. Vengada la matanza cometida por Carrasco, no volvió la paz. Un par de generalazos, tal por y para cuales, Howard y Stanley de la División Armada del Pacífico lo acorralaron, ayudaban a sus enemigos y fueron quienes testificaron ante el Senado Federal que Gerónimo / Goyahkla / y sus Mangas Coloradas / habían admitido sus culpas, auto condenándose como los peligrosos forajidos.             —No debí dejar que dijeron esa mentira—, dijo.
            Y su espíritu voló con delirios de neumonía. Recordó que no habría perdones condicionados. El cautiverio por vida es preferible —a la libertad de la muerte, le dijeron. No entendía que ello fuera posible. Mas dijo: —Sí, ah. Ha de ser eso y no asentir no fue propiamente lo que quise.
            Recordó la última feria a la que acudió en St. Louis. Le dijeron cuando lo sacaron de la celda: —Será la primera vez que el Presidente de los EE.UU. permitirá que vayas. Esta exhibición es mundial. Viene gente de todos los continentes… No se enojará si cumples, sin truco, con estas normas. No narres a nadie sobre tus escapadas. Admite que se te ha tratado bien, a pesar de que eres un maestro de las fugas, y el engaño, Gerónimo. El ha autorizado que se te proteja. Nadie golpeará a un apache viejito. Hay todavía amargura y temores... En esta actividad, el Ojo Blanco de más rango y el Presidente mismo estarán, él desea verte... Otras gentes vendrán por mirar las suertes de enlazado con sogas que aún capaz de hacer para atar a las reses, al mejor estilo del Wild West... Dale el gusto al Gran Jefe Blanco, si te lo pidiera, porque es la Feria Mundial de St. Louis—, y, si bien decía, —ah, es eso, ¿complacerlo?— odiaba al blancos y a los mexicanos, aunque no osaron hacer más daño que humillarlo en el ferris y en meterlo de regreso a una jaula como si fuera un becerro o perro muy bravo.
            Advierte la debilidad de su cuerpo, empero siente más libre su pensamiento. El espíritu se le escapa de los huesos, sale por sus poros y, como si hablara con su nieto, o gente que le puso su nombre Goyathlay o Goyahkla, en su nativa lengua Chiricahua, habla que te habla. La vida duele felizmente esta noche que, al menos, se acompaña con un familiar Gerónimo. Es lo que más odia en la vida, ese nombre que le pusieron los blancos.
            —No debí permitir que se me diera otro nombre. Pero ese Gerónimo se parece a mí. Y, sin embargo. No estoy seguro que sea yo. Ni entiendo porque anda conmigo y a veces utiliza mis huesos…
            —Ni salir del Fuerte, Goyathlay. Estábamos pero-cupados—, le dijo el amigo, porque lo llamaban Gerónimo the Terrible como se imprime en los carteles y folletos de propaganda que se venden en St. Louis. Uno que bosteza ira. Bostezo de vientos monstruosos del Mal. Dragón, el Terrible. Y él sabe que se ha ganado el odio como Vaho de Enlil, el Sumerio. El odio acumula odio para siempre. Ahora es su odio sumado al de todos ellos.
            Sabe que morirá y ya, montado sobre el caballo, rumbo al Fuerte para después avanzar hacia la Feria, dice a quien cree que es su nieto: —Asegúrate que pongan mi cabeza junto con todos mis otros huesos; porque yo tengo que volver a la tierra de donde nací, ser enterrado allí y mis enemigos lo querrán desmembrado.
            —No vas a tu sepelio, Gerónimo.
            —Soy un cadáver ya en vida.
            Cuando murió, tal como predijo y advirtió al presunto nieto, los más burlones enemigos, mismos que lo usaban en las ferias para explicarse la cantidad de arrugas que son posibles en rostros oscuros, fueron a su tumba a robarse su osamenta y se antojaron de su cráneo. Dentro de éste, escupían, aún lo utilizaban de urinaco él y/o quemaban el tabaco u otras hierbas durante sus invocaciones de demonios. Miembros de la sociedad secreta de la Universidad de Yale, Skull and Bones, robaron del cementerio en Fort Sill este último bostezo de energía, juego del éter, que el Jefe apache salió a buscar aquella noche, arriesgándolo todo.
            El robo produjo un rugido humeante, muy grande. Hubo que llevarse la cabeza. Dar varios paletazaos sobre el cadáver, todavía no seco y pelado de la calavera, separar la cabeza. Birlarse el cráneo. Les produjo miedo. —Dirán que trataste de escapar, Goyathlay. Si no te subo al caballo, puede que los soldados hasta nos disparen por la espalda; ya no inspiramos miedo.
            —No debí morir aún. Fui a ver mis huesos y mi tumba. Y mi cabeza no está. Di, cuando ya no pueda hablar contigo, que la devuelvan a la Reservación Apache y que la añadan a mis restos, junto a mis huesos. Que tenga mi cabeza donde están el organismo... y más alta que mis pies, mis dedos, mis manos, mis esencias».
            Y cerró los ojos y no volvió a hablar al presunto nieto.
           
            01-03-2010




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