Thursday, June 24, 2010

El filósofo desengañado / Cuento

Vida de Don Guindo Cerezo, nacido, educado, instruído, sublimado y muerto según las luces del presente siglo. Dado a luz por seguro modelo de las costumbres por Don Justo Vera de la Ventosa: Sátira contra Pablo de Olavide y Jáuregui, 1776

El filósofo de carita rechoncha, el incómodo tertuliador y admirador de Voltaire y Racine, regresó a España. Sus viejos amigos de Sevilla se sorprendieron al ver que llegara. El se metió en sus escondites, en su biblioteca, y evitó la luz pública como una cucaracha atemorizada. Para gruñir a su obra como administrador, Oidor de Lima, hubo quien lo acusó de ladrón, malversador y, entre pioneros de un pensamiento iluminista, donde él antes quiso incluírse, un movimiento autonomista que arrancó del mismo Perú lo tuvo en la mira.

«Hay que amar al indio, no sólo vestirse de enciclopedismo», le dijeron en París antes que huyera, revolcándose otra vez en la fe católica y que escribiera su petición de perdón a la nación española que representaba el Rey y las Cortes: El evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado, 1797.

En 1752, se presentó en España para buscar quien lo librara de muchísimas quejas coloniales sobre él, o más bien, de las culpas que lo amargaron por la zozobra que supone ser quien da un pasito para adelante y dos para atrás. Si robó, dijeron entonces, bien que lo ha escondido. Tendría su tesorito muy guardado en Francia.

El Conde de Aranda lo protegió, aunque sí lo apresaron en aras de comenzar a investigarlo. «Dios fue quien me hizo llorar en una celda», alegó. Y no creyó, en ese momento, que le quedaran amigos. El filósofo no es ñango ni un babieca; pero, moralmente, vino calamitoso. Hecho una odrina. De Perú no quiso, ya ni saber nada. Y decía que, de bienes materiales, sólo la camisa que viste entre rejas.

«Soy un intelectual, no un revolucionario. Un filósofo que, por accidente, fui a parar a un convento», en momentos en que se lee la Pamela de Samuel Richardson, Las cuitas del joven Werther de Goethe o La Nouvelle Heloise de Rousseau. Ahora se consuela leyendo la Oda de la ninfa de Sena. Lo afrancesado no se lo van a quitar, porque, como dijera en las Tertulias de neoclásicos, en Madrid, incluyendo la que visitó, la de Jovellanos, es él una tardía, o más reciente prolongación de Racine (1639-99), aquel estudioso a la sombra de Los Solitarios de Port Royal y que, siendo el amante de una actriz escribió para ella.

El Conde de Aranda se conmovió.

Quisiera él, Don Pablo, no haber conocido a sus acusadores. Sólo que se le amara, como en Francia y en otros lugares de Europa, no en España, se quiso y se está queriendo a Racine, pese a aquella polémica de las Letras imaginarias de 1666. Esto es lo triste en la vida del estafador. No, él no es un lector de cuitas de románticos desdichados. No es como Werther. No se meterá un balazo. Ama la poesía, sí, pero la naturaleza no... La geografía agrede, se come y rivaliza a los hombres. Y la pobreza se ríe del que sea más tonto. En materia moral, si amara a Carlota, novia de un amigo, él diría: «Hay muchas otras para que elija. No creo en suicidios por amor. A España no traeré una moda de amores desdichados. Racine es más útil. Andrómaca, Ifigenia, Berenice: mis modelos, mi reflexión acerca de la mujer».

«Berenice, por amor, rechaza el suicidio y el purgatorio. Entiende la razón de Estado. Es una judía que se ubica. Berenice es una opinión que salva a España, como en su decisión salvara al Emperador de Roma, a Tito y Antíoco», comentó el Conde de Aranda.

Y, para hacer algo por Don Pablo y su obsesión afrancesada, lo enviaron muy lejos de Madrid con un cargo de Intendente de los cuatro reinos de Andalucía. Antes que fundara una Tertulia en Sevilla, organizó trece poblaciones que apoyaron el proyecto de instalar colonos extranjeros en Sierra Morena.

Ahora es defensor de extranjerías. Le gusta la gente blanca, aún para lavar racialmente el al Vandalus. Le gustan las Berenices que, aún con su amor desesperado, declaran: «Roma no acepta como sus soberanas ni judías ni árabes ni incaicas ni egipcias».

Dicho sea en verdad, Pablo Antonio de Olavide no tuvo miedo de nadie. Ahora parece que sí. Hoy es un conversador triste, lacónico, sin pasión y, sobre todo, con muy pocas sonrisas en un rostro, otrora vez simpático, que encendía el fervor en su cuerpo gordiflón.

«¿Qué ha pasado, don Pablo?», le preguntan a quien, por causa de La Tertulia, que organizó en 1769, la Inquisición lo acusó de ateo, inmoral, liberal y corruptor de su comunidad. La gente culta y amorosa de Sevilla lo quiso y lo ayudó a irse a Francia cuando el Tribunal de espiones, o gente encapuchada en oscura temeridad, quiso examinar sus pasos y seguirlo hasta en su necesidad mayor, cagado por el enojo, o con la prisa de echar su mierda como agüilita.

Distanciaron a muchos amigos suyos antes de llamarlo el corruptor, agente del Diablo, pro-francés, enemigo de los intereses nacionales y del Rey.

«Pero, ¿qué intereses nacionales tiene este país que valga la pena de defender si el único que opina y al que se deja opinar es al Rey y su camarilla de malandros?», dijo airado y ya colmada la copa de su paciencia.

Había hecho ya fortuna. Posiblemente, por que saber cómo cometer sus estafas y esconder la mano, navegar en las cortes. Después de Oidor fue Intendente y había mordido en trece poblaciones por cuatro rumbos de Andalucía. Mas un personaje que él elija de Racine lo salva. Sabe ir dónde el Conde Aranda con un personaje, uno cada vez. Lo dilucida. Andrómaca es amor conyugal, Aranda, y Racine dice, «si la oprimes por celos, si le matas sus hijos, aténte a la locura, Hermione. Los remordimientos son un castigo de Dios para quien ataca la estructura sagrada del matrimonio».

«España ha sido injusta contigo, Don Pablo», le dijo.

Y eso que dudan: Don Pablo halaga con la boca. Con la cola es que muerde. Su literatura es peligrosa.

«Será su venganza. ¿Acaso no fue humillado con el primer encarcelamiento?», se preguntó un tronzudo. Esa enemistad no la entiende porque Don Pablo se considera, no temerario, pero sí valiente. Mediante cartas, se come el mundo de un bocado. Mezcla su sentimiento con las fantasías.

Es honesto lo que dijo después del segundo encarcelamiento porque, poco después de 1794, cayó víctima en Orleáns del Terror Jacobino; él, Don Pablito, quien fue uno de los Ciudadanos Adoptivos de la República francesa, amigo de Diderot, D' Alambert y Voltaire y en los salones franceses contertulio de Marivaux, Marmontel y el rococolero de Boucher.

«Usted es el teatrero que en Madrid abrió un salón y presentó la Zaire de Voltaire y la Merope de Maffei», lo condenó un hombrecillo, casi encapuchado.

«Y la Phédre de Racine», se jactó Olavide.

«Usted al parecer no agradece, ladrón de limas».

«Juro que no lo entiendo».

«¡Mire! ¡Ya que menciona la Phédre, de Racine, digo que las mujeres a coser y bordar!»

«No me vuelva a llamar así, ladrón de limas, porque fue una calumnia de los limeños».

«Usted no crea que no entiendo. Yo lo mando a París, si pervierte a las mujeres con salones».

Trágico detalle, el día que tuvo el exabrupto en La Tertulia, estuvo una mosca muerta. Seguramente, es éste. ¡Ese que le dijo ladrón de limas, pero que bien sabe lo que dijo! Un traidor siquitrillado, correveidile de los intereses nacionales. Un delator que, de seguro, es el que firmara sus calumnias, sus ventosidades, como Justo Vera. Por causa suya es que algunos lo llaman, cuando no
Ladrón de Lima, Don Guindo Cerezo.

También que iba todo. En La Tertulia, por meses, las conversaciones se centraron en Racine. «Traigan a sus señoras; éste es un gran creador de personajes femeninos. La cumbre de su talento fue Phédre (1667)» y para que la invitación que propuso progresara, él recordó a los sevillanos que la adaptó en versión española para un saloncillo que organizó en Madrid, al que el mismo Gaspar de Jovellanos asistió.

Don Pablo observó que, a ruegos de Madame de Maintenon, Racine compuso la tragedia Esther (1689) y Athalie (1691) para las alumnas de Saint Cyr.

Voltaire calificó a Athalie como
‘obra maestra del genio humano’.

03-12-1990 /
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