Sunday, October 25, 2009

La poesía como botín: Mi Estética


Dimas y Gestas. El buen ladrón y el otro

Leer de esta colección de hurtos es meterse en mi guarida. Hacerlo es ya el robo al poquitico permisible de su tiempo. Usted se presta como víctima. La hipótesis de este libro es antiquísima: la apariencia externa de todo símbolo es robo. Oyente y relator, lector y poeta, son cómplices de una tarea que, por correlato, consiste en la confesión del hurto.

Espero que la palabra robar adquiera un nuevo significado una vez se haya terminado de leer las cien páginas de El ladrón bajo el abrigo. La guarida del ladrón es siempre la «casa del lenguaje» (Heidegger). No todos los individuos tienen cierto lenguaje en común, pero andan en acecho por la palabra nueva. Cualquiera sea el lingo recíproco, es el comienzo, el abrazo, ahí donde se constituye la poesía.

¡Yo vivo de robar!
¡Del robar benéfico
corazones igualmente agónicos!
Esa es mi dicha,
mi lujo,
mi tarea,
mi razón de anhelar y sufrir
al mismo tiempo!

Ser el ladrón que se es,
honestamente limpio, intuitivo,
con el fin de inducirlos
al canto invocativo.

¡Por eso me acusan de judío usurpador,
víbora del desierto, semilla de Jacob;
pero hay que comprender que uno vive
para este gran proyecto de unirlos
productivamente
al destiempo regresivo
de la maña
sin la dualidad brutal de los deseos!

Verbalizarse poéticamente es hurtar y la valija del despojo es la exposición, la esencia al descubierto, lo que se hurta. Ladrón que roba a ladrón tiene mil años de perdón —así que no me culpen. Sea el abrigo todo lo que está bajo la piel, digno de llamarse esencia, y lo encubierto que ha pasado por el proceso de transferencia, de un ladrón a otro.

Sicológicamente, el proceso que transforma en ladrón se relaciona al apetito, íntimo y primario, por suplantar, como hiciera Jacob al pedir la bendición de su padre Isaac. Para sentirse bendito, separado de la escoria cotidiana y sus menosprecios, Jacob tuvo que agenciarse aquello que tuvo más valor para sí y que le fue auténticamente deseado. La bendición de su padre (la de su madre Rebeca ya la tenía) y el trofeo fueron una suma dual de estas ansias. Una vez, sintetizado por la verbalización, el buen decir que bendice, adquirió el tipo de presencia que quiso con el mundo. El ladrón, como el poeta, hablan desde y por la bendición para el mundo. Llamo a ésto la primogenitura.

Hay quien vende la buena comunicación, la buena-dicción, o sus relatos más sublimes o certeros, por un plato de lentejas; guisados de conformidad y de triunfalidad vulgar y envilecente.

Estos son los Don Nadie de la tierra, los Esaú, quienes no valoran la esencia de los símbolos y que, por tanto, tendrán un lenguaje de sobrevivencia, sin vínculos ni raíces de gratitud y esperanza. Contrario a su hermano Jacob, quien lo suplanta y se apropia de la bendición de su padre, Esaú se vuelve un perseguidor, el criminal resentido y torpe, porque no tiene más artilugios que la fuerza bruta y el regodeo en sus frustraciones y mediocridades.

En toda alma humana hay contrariedad;
un lazo profundo une la enfermedad y el remedio:
Erixímaco, en El Banquete

Usted no tiene excelencia de ladrón.
No sabría ni cómo alimentarse.
Por eso no sabe lo que dicen los demonios
ni los ángeles. Ni recuerda ni comprende.

Ahora se pregunta qué chácharas me embolso,
con qué bagatelas se huye mi costal.
Si me jacto de ladrón, algo he robado.
Cree que lo entiende. Lo dudo.

Pues yo hurto las memorias necesarias
de mi viaje; yo robo, en lo profundo de la Psiquis,
lo más bello, la Philía, intuiciones de amor,
amor como algo que falta, amor de alguien
o de algo, mas amor que puede ser mío.

Siempre hay por miles propietarios
de baratijas, soplones de acusación
y escamoteo, ricos que en el fondo son tan pobres,
¿qué puedo yo contra sus contrariedades,
qué sé si me será provecho que vaya y los robe?

Es decir, soy diestro. Robo honestamente
y con ventaja desde la fragua primitiva y salto verjas
y brinco, con alas propias sobre demonios alados,
engañosos e impuros, a los que ya reconozco,
caídos desde el viaje del Arrojo y del Nidaje.

A ellos, yo no me les acerco.
Muchos son como perros salvajes
armados con colmillos de civismo,
ocultos en simulacros de buena voluntad.
Te dan abrazos, te hablan dulcemente;
condenan a dictadores y parásitos,
pero son chingaqueditos y, en verdad,
no roban lo que yo, in meditatio mortis.
Comprensión del ser, presencia anticipada
de lo más propio y de lo más fecundo.
Libertad. Unidad. Armonía del Todo.

Excelencia de ladrón

Jacob -convertido aquí en paradigma del poeta, ladrón cósmico y sublime, como Jesús entre ladrones-, es el creador nietzscheano que pisotea a la mediocridad del habla débil, el adorno y regulaciones burocráticas de una civilización barnizada y comodina. En este sentido, Nietzsche y Heidegger coinciden, dándole forma y apertura a grandes robos de las cosas cimeras del Ser, no para sectorizarlas en vanidad, sino deyectándolas en el poder del ser, hacia su guarida alquímica de espíritu: la poesía.

Como ha pedido mis palabras prestadas
y las utiliza a diario, por vicio y capricho,
leerme será su trago amargo,
inoportuna mueca de sus ojos.

Cuando mi poema por accidente se vuelva suyo,
sepa que es inútil un aviso de sibila,
o la súplica evangélica de encomendarse al Cielo,
o postrarse de hinojos y cantar aleluyas
porque los diablos quedaron derrotados
y los que rezan van al cielo.

Soy el poeta que orbita sin dar consolaciones
y el fin de estar en el mundo, según dice mi texto,
es que vamos hacia-la muerte y ésto es un poema
con mi encuentro, y una mano que roba en su morada.

Esto es lo bello del poema, ser hurto,
voz de prófugos, asco decible por seres
que se ocultan de la muerte y la traicionan
con sus vidas y la aborrecen con sus recuerdos.

Las palabras prestadas

En la tradición de Jacob, yo prefiero la poesía y el hurto de lo que es señero, valioso más allá de la inmediatez del hambre y las cosas de poca cuantía. ¡Qué transmutación es posible por la poesía al redefinir el hurto y al ladrón!
En esta sociedad en que vivimos, marcada con la tendencia a dar precio a todo (y no valor), donde se dice que todo individuo puede ser tentado si se le llega al precio, el mío no será una sopa de lentejas.

Ser ladrón en negocios su pasión cobra.
Su precio conlleva. Los hipócritas se acercan
para que yo les regale mi espíritu
y les llene sus carteras de poesía.

Entonces, ¿qué hacer si no pasarles
gato por liebre y enviarlos a su cuarentena?
Este germen de Hesychia es contaminante.
La lepra verdadera es este tránsito epidémico
en el vientre de Jonás, en el dolor del profeta.

Pero sólo en este trámite se muere
en el Yo que cesa, te aniquilas
sobre un altar, junto a la divina presencia
atestiguante, originaria y pura.

Los potenciales más valiosos del ser me han llevado al punto de apetecer más valor que precio. Por tanto, yo robo y poetizo, me visto de sátiro, canto con las ninfas y me devuelvo al mundo, con rituales auténticos que hablan sobre lo que soy y aspiro a ser, por amor a Isaac, a Rebeca, a hombres y mujeres del mañana…

Hurto la vida al por mayor
y mis clientes me roban, hurtamos
mutuamente compensados.
Les comunico epidémicos modos del habla
para fugarse del cadalso, la cámara ardente,
el Gran Sacrificador, Kasher,
la hoz y el martillo (estalinismo),
la prisión, el fusil, la horca, el garrote
y la Torre de Londres.

Los herederos de Joaquín de Fiore
la historia del mundo la quieren para sí,
el Orden de la Monarquía por voz del Rey
es Edad el Padre y es él quien roba y reparte
y el Hijo, «pico de oro», cree que todo lo merece
y en repúblicas bananeras, anárquicas,
corruptas, plutocráticas, esconde
su avaricia, su tráfico de influencias,
su ausencia de probidad y de justicia.

Todo lo quieren para sí,
hijos descritos por Joaquín de Fiore,
hijos de Rey, al que le llaman Padre,
hijos de la República a la que llaman fraternos
(¡sí!, fraternos hijos de la chingada).

Mis ladrones no se esconden.
No es vergüenza robar el Espíritu.
No es vil tarea admitir mutuamente
y hacer espacio para él, en la carne.

Obsérvese que algunos textos, orginalmente, pertenecieron a otras colecciones poéticas en preparación. En las mismas, los poemas habrían sido inserciones inconexas, sin aporte a la unidad esencial, temas perdidos como hojarasca seca. Aquí han hallado mejor lugar y propiciamiento.

El ladrón bajo el abrigo / Ver / El ladrón sublime

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