Sunday, October 25, 2009

Memorias de la muerte de Lala


a mi bisabuela, Doña Dolores Prat Vda. de Alicea
(1869-1976), fallecida en Mirabales; a mi abuela,
Laura Alicea Prat, quien murió al verla despedirse...



Un día su boca quedó huérfana
y no probó alimento.
Ella misma renunció a sus voces.
También murió cegata y sorda,
cada oreja, cada pupila
con que escuchar y ver
lo que quiso el mundo.

Un día comenzó a percibir apenas
el color del anhelo y se exilió en el campo.
De allí no salió nunca.

Así murió Lalita, la famosa rabiza
de una finca añeja que llamaron Los Velez.
Fue día de pocos rezos, pero con muchos perdones.
Fue un año con un cero, 1890,
delante de Don Blanco Ortiz, el viejo.
Entregó el alma y con ella, suspiros.

... pero Doña Lola tenía recuerdos a mares;
dijo que lloró en abundancia y que ya a llorar
no ha vuelto, dijo que rezó tanto
que ya no cree en nada, se gastaron
sus dioses y sus rezos.

Con Lalita aprendió muchas cosas.
Se sabía, por ejemplo, el nombre
de todos los vapores,
la Transatlántica de Soler y Jaureaguizar,
se aprendió de memoria lo que había
de secreto, importante, imprescindible
en cartas, revistas y libros impresos en España.
Se acordaría de turrones, jabones perfumados,
textiles, cosas de niñas ricas para dos viejas
flacas, jíbaras, criollas, perdidas en el monte.

Un día murió Eulalia, la maestrita
que en Cidral hizo prodigios
con aquellos niños que, por miedo
a su padre, temblaban en su abrazo cariñoso;
la maestra, sin título, que Orfila
indispuso con las instituciones
por leer a los eslavos y franceses
y la Revista Blanca de gente de La M.
Lala comentaba a Salmerón y Pi Mergall,
tuvo noches de discursos y bohemia,
navidades con liberales presuntuosos.

Un día, antes de encerrarse
para no ver el mundo, se despidió
de los barrancos y los pozos,
buscó las tumbas de hermanos
ya perdidos, llevó flores, cantó
aleques de marineros de Vinarós.
Besó almanaques con ángeles y vírgenes,
se acordó del mulato con que gozó
sus mancebías; ella fue bien amada
y muy apetecida... pero también de Betances
se acordaba y de la noche de Lares
y de su ultraje; con amor
habló de sus vecinos fieles, gente de campo,
(Pedro Arocena, Pablo Luiggi -¡qué ironía!
un poco más de vida y tal vez los odiaría);
pero Rodrigo Font Medina la distinguía
al invocarla: ¡De una sola pieza eres, Lalita!

A Doña Lola, que fue su única cría, dijo:
Lo mejor que yo hice fue quererte,
hija mía, yo te enseñé
sé fuerte sin esclavos, sé fuerte sin peones,
ama este campo oscuro, pero no olvides
a Cantalunya nunca, no olvides
a Nicasia, fiel a Manuel ni la barga que tenía.
No olvides a Dominga ni a Cielo
(porque sus huesitos aún lloran en el patio
su caída), reza por Edelmiro,
el suicidio no es bueno, acuérdate
de Fermín, él es valiente y estudioso,
no dejes que te golpéen los hombres
no te cases con ebrios ni ladrones.
¡No sufras en vano, hijita mía!


De Epica de San Sebastián del Pepino

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