Tuesday, September 23, 2008

Moncho Botella



Tu código de moral
nos lleva hacia el recuerdo.
Son raíces de tu ayer
con fibras de sentimiento.

Tus labriegos pepinianos
han hecho hermosa tu historia:
Angel Alemán Cardona (poeta), Reflejos de mi Pepino


Se observa que es un hombre sencillo. Un alma de Dios. El habla acerca de cierta bondad natural cuando despacha y verbaliza, no se sabe si para sí mismo, que se nace bueno, o potencialmente bueno, y que, si se ha nacido de tal catadura hay que cooperar con el prójimo y, claro, de modo voluntario. «Esa cooperación nace, no se impone». Puede que Moncho Botella diga ésto porque vivía en Tablastilla y vio nacer ese vecindario. El espíritu de barriada donde la gente puede que sea bochinchosa, pero es buena todavía y se conmueve. Moncho creyó siempre en trabajar, haciendo lo que sabe, vendiendo verduras, recogiendo y lavando botellas, desafiando las miserias, con la honradez del trajín. En ésto recordaba a Clivillé.

Moncho no fue presuntuoso. «Ni aunque me hubiera educado, yo faltaría a otros el respeto ni los sobajaría», dijo en vida. Y el Pueblo lo quiso.

Desde Tablastilla, él creyó que conoce al que nació bueno y el que nació malo. Sólo, por la confianza que le brindan los que conocen a su hijo, quizás por justificarlo, lo compara con otros. Añade sus perspectivas. Da nombres, juzga, «hasta lo que no quiero, que es hacerlo». Le dicen que que Millán Matos no debe estar en Pueblo Nuevo, prostituyendo muchachas como proxeneta. Envilece a la barriada. «Pero peor fue su padre, Mercé Matos». Se quejan ante Moncho de ruidosos cafetines, billares, cuartillos para la ramería, y él no se asusta. «Eso no es malo; peor es en Estados Unidos. Allá hay heroína; se daña el jíbaro que se va y arrastra los vicios. Los contagia a otros. Mire ahora cosas que no había en el Pueblo».

Dicen que Moncho tiene la mentalidad de un verdulero. Que no está dañado con el conocimiento de la maldad del mundo. Le dijeron que Macuca, el que administra los billares de Lorenzo Gayá, es como un delincuente que vacía las bolsillos / o carteras / a quien trabaja duro. Jóvenes jíbaros del corte de la caña. Empleados de La Plata. Eusebio Macuca es billarista fino de la mafia y, por eso se va New York y Chicago. Lo pasean por Las Vegas y donde quiera que haya vicio. Y se hace de un dinero y siempre vuelve. Monchito dice que «nadie obliga a nadie a tirar el dinero». Hay formas más crueles de despojar a otro con el juego y de inducirle a caer en esos abismos donde se pierde lo bueno, o se gana el dinero tan fácilmente, sin consciencia.

La gente buena se ayuda una a la otra cuando es necesario. «A uno no le quitan, o lo despojan siempre, porque si uno da, el vecino te ayuda». Por cierto, que Moncho creyó en la providencia, parece ser lo que dice. Hay gente buena que es rica; hay gente buena que es pobre. Y recuerda que Doña Bisa, con su chofer o a patitas cuando no estaba tan gorda, bajó a la Loma y fue obsequiosa. Unía a parejas en pecado, a quien no se ha casado por la iglesia o el juez. Unía, seguido por la cola del Cura Aponte, y a los contrayentes les daba muy buenos regalos: el jueguito de sala, la estufa, o un dinerito a los más pobres. «Es caridad lo que practicara». Y así fue Nito Cortés, el primer alcalde que no nació entre los ricos «y ya vio usted la matazón que hicieron, unos malagradecidos».

El vio a muchos republicanos de La Cochoneta, crecerse y jactarse. Vivió una época donde el latifundismo era una corriente internacional y había esas ínfulas en Pepino y, cuando no la había, sobrevivía la nostalgia de acaparar, como si la gula, o el gusto por acumular se mamara de teta, o se clamara desde el vientre. Vio a mucha gente con hambre en los decenios del ‘20 y los ’30. Y sabía que eso «era mundial». El Maestro Ponce fue quien se le dijo, lo pudo haber dicho Don Nito el Alcalde del pobre, el socialista, con quienes los ricos practicaron sus sortilegios de dominio y por eso puso un asta de hierro en la esquina de su casa y, en lo más alto, el talabartero Ponce enarboló una bandera del Jacho.

El Jacho podía verse desde los callejoncitos de Stalingrado y, mucho más, desde La Loma. Y a Moncho Botella le gustaba ver ese bastión del Maestro Ponce y, con él, conversar y aprender, repasar algunas ideas con las que líricamente formó su alma: Que pobre, o rico, hay que planificar un poquito, para guardar para el sepelio. Y decía guardar poquito, chavito a chavito, no ser un miserable como los que son latifundistas y viciosos. También advertía: «No todos los Cubero son malos», no todos los camarones, le decía a la gente. «Don Funda tiene eso malo: Que le gusta el dinero y facilito. Es como usted dice, amigo Ponce, la propiedad corrompe».

«La sociedad no es mala, Ramón. Malo es el Estado en las manos equivocadas», enseñaba el maestro talabartero.

Moncho Botella tenía un hijo que era jugador compulsivo. Botó más de un millón de dólares. Todo lo que pudo su padre heredarle. Todo se lo dejó al muchacho y la gente se pregunta por qué...

«Monchito, tú no le des tanta cosa a ese mandulete. No le hace caso al buen consejo».

«¡Ay, no me hables de él! Es como si me hablaras de algo que hice mal. Yo, que he aconsejado a todo el mundo, ese hijo me vino como castigo. Ahí sé que en algo habré fallado. No le supe responder cuando me dijo: «El que está a las duras, está a las maduras». Si esa fue la filosofia de mi hijo, no lo supe desmentir, porque, en apariencia es lógico, el provecho, malo o bueno, se obtiene con sacrificos. A veces, hay que sacrificarse para en el futuro tener algo bueno; pero él tuvo tanta prisa, con tan poca esperanza, que no sabía ni agradecer. «La vida es corta, papá, y los sacrificios me parecen tan largos». Con ésto él falseaba la misma realidad del sacrificio. «Tú piensas mucho las cosas, papá, y un día la muerte viene de un soplo, te apaga, te quita todo, aún las memorias del sacrificio. El tiempo es malagradecido. Yo voy de prisa sonando. Ojalá yo pudiera empujar al tiempo, ponerle el pie en la boca, o patearle los güevos».

«Cállate, hijo. El Tiempo no pasa en vano. Instruye sobre muchas cosas».

«El tiempo humilla. Trata de tenerte oprimido. Te envejece, te dobla, Te cansa».

«Cállate, hijo. Que el Tiempo es Dios enseñándote, sin sistemas de conceptos».

«Yo tengo ya mi sistema: prisa para ganarle al tiempo. Y olvídate de ponerle MAYUSCULAS al tiempo. El tiempo es lo que ocasión a que todo venga falseado y la esperanza luzca tan fea como una pordiosera. Más linda es la Suerte. Es esa es la que merece las mayúsculas. Nada te da a migajas. Es súbita, generosa. Se derrocha para llenarte las manos... Lo demás, papá, es dolor, dolor de perpetuarse jodido. Como tú. Yo lo apuesto todo por la Suerte. La suerte es Dios, si que Dios existe».

Moncho recuerda estas conversaciones como si hijo lo emplazara a darle todo, porque él trabaja para él, ayudarlo en su futuro, cuando siente cabeza con una muchachita buena, de campo, que no se avergüence de que su padre sea un botellero. Y él que no siente coaccionado por la física urgente de las necesidades primarias, le dijo: «Pues te tengo un secreto».

«¡Dejémonos de cuentos! Ya me aburre tanta moralina».

Lo emplazó a una estrategia de juego: díme un truco de suerte. Díme cómo se hace uno se hace rico, aunque no tenga méritos.

«Eso si que no sé. El mérito, duramente, se conquista con trabajo».

«¿Ves qué mierda me enseñas? Y encima dfel trabajo, el sacrificio y, encima de esas dos cosas, paciencia y tiempo. Moncho, nacimos para estar jodidos».

«Es que el trabajo es santo».

«Santo trabajo que pasa uno para ser santo».

Para que no lo tuviera tan en menos, el buen Moncho Botella le dio todo lo ahorrado. A él que no lo merecía, pero era su hijo. «Aquí ienes, todo de un jalón, esa es la Bolsa de la Suerte, voy a quedarte con un puñito de mérito, con la esperanza de que tú utilices bien lo que te doy, pónte un negocio, busca lo útil, lo que sea seguro y noble, ambición buena... no lo juegues, no lo tires. Es casi un millón de pesos. Lo he tenido secretamente guardado».

¡Qué triste el destino de Moncho! A pocos años, vino el hijo como un chucho pelado. No dejó ni un solo dólar de Aquella Bolsa de la Suerte, exento a crédito. Todo lo había perdido, derrochado, y vino más infeliz a ver al viejo. «Y ahora, ya conocíste el tiempo con minúscula; ahora sólo puedo darte del Tiempo Eterno, de la esperanza que nunca se acaba, el buen consejo».

5-4-2002 /
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Jimmy Meneíto


Todas tus ventanas arrojaron rosas lindas a mis pies,
se abrieron todas tus puertas y en ellas miré
cómo ponías en mis manos de tu granero la mies:

Sergio Sánchez Rivera (poeta), A Pepino con amor


No todos los guardias son unos caínes, hijos bravos del aparato autoritario del Estado. Jimmy es figurita, atlético y vivaracho. Le gusta caminar con un tumbao que es típico de quien tiene la pinta de fisiculturista, con morrillos bien tonificados. Le gusta el Pueblo del Pepino. Las muchachas son lindas y tiene colegas con quienes ronda con alegría y piensa que algo lo mancomuna: la simpatía, el choteo, el vacilón, la folla blanda, el echar plante, con el uniforme impecable, bien planchadito, con el color azuloso, como los ojos de su compañero el Guardia Ramos, hijo de Tito, el Alcalde marieño.

Jimmy González también es hijo de un Alcalde. Lo han mandado al Pepino desde Maricao. Lo recomienda Raúl Ybarra, Rosendo Cintrón y Daniel Coronado, alcaldes de La Pava, y hombres que han visto la necesidad de una policía profesionalizada, porque, por la praxis política, antes en manos de los republicanos de Poldo Feliú, Agustín Font y los hermanos Miguel y Juan García Méndez, había mucho abuso, especialmente, contra los nacionalistas. Estos últimos formaron los Cadetes de camisas negras y uno de ellos ajustició a un coronel que era un yankee, hijodeputa. Todavía en Pepino quedan algunos guardias de esos antipáticos, abusadores y anti-independentistas. Jimmy no es así. Ni Ramos ni Beltrán. Ni acaso el más viejo Echevarría. Son el buen trío que la gente saluda. Que bajan a la Loma de Stalingrado y chulean a las nenas de Millán, como si fueran damas con corazones intensamente puros y románticos.

Fey Méndez Cabrero, el Alcalde, aprecia mucho a Meneíto. Es policía serio, agradable, cachendoso y cuando viene Muñoz Marín al pueblo, él cuida la plaza con celo militar. Lo sigue, coordina el buen ambiente, para que el Vate / Gobernador poeta / se sienta bien y protegido. A veces, como si fuese el Gobernador y él muy íntimos amigos, hablan sobre el pueblo y su padre. No se queja de que en Maricao no suceda nada. Allá la belleza es tranquila. La gente campesina, melancólica como dulce guasa de la antigua indiada. En ese municipio, el Salto de Curet, las Montañas Lluviosas y el Lago Prieto valen la pena verse. «Faltan escuelas e industrias todavía; falta empleo, como se puede ver; pero queda el campo y la Indiera Fría».

Meneíto ha oído que el pueblo del Maricao mienta el nombre de un árbol. En realidad, lo que más ha visto, en su poblado natal, son los cafetos. Supo de la fama de las viejas haciendas como La Juanita y Las Delicias, con sus Fiestas del Acabe.

Desde el decenio del ’40, anda por andurriales pepinianos. A él lo elogian por su mirada con la que seduce a su harem de hembritas. El enamora. Lo afana ese julepe de ser enamoradizo, clavar su mirada en otros ojos, devolviendo o robando su luz y, a diez años de andar aquí, en Pepino, como Beltrán le dijo: «No te ofendas; pero la muchacha con que te embelesas ahora es la más fea de las que te he visto y hasta el apodo de su padre me repugna».

«Es verdad. Cuando pregunto por ella, me avisan que es la hija de Coño Carajito».

«Eso no es ná, Jimmy. ¿No te has fijao qué es bizca?»

«¡Pero qué importa! ¡Tiene su cuerpazo!».

«No, Jimmy. Es bizca y le falta un diente. Tú ya tienes una hembra que no tiene defecto y es buena mercancía».

«Es que a ésa que admiras falta algo y la bizca lo tiene».

«Un diente es lo que le falta».

«Con esa sí que me caso».

«No lo hagas, Meneíto. Mira que si lo haces te quemas».

Oyendo ésto, él recordó una leyenda. Se cuenta con un gesto sentimental y literario. En su pueblo, aseguró: «La naboría taína quemaba a los traidores, a la gente que delata. María la india fue quemada, víctima del mismo amor, delator, con que me quemo». Es la leyenda de su pueblo, Maricao... y dice: Que un militar español, poco después de la conquista de esos montes, se enamoró de una indígena taína, con ojos bizcoriocos como maya. Una rebelión marcó la separación y el refugio de los indios en la Indiera. María dijo al militar español: «Cuídate. Mi tribu no quiere que me mires, pero soy yo quien no quiero perderte. Díme que amas aunque sea yo la que muera en esta hoguera, atada a un árbol».

Así sucede hoy, piensa Meneíto mientras camina con garbo por la Plaza Baldorioty y mira hacia el Gallo en el techo de la Iglesia. Este pueblo está poniéndole un reparo a la amada que él ha elegido. No entiende que ella / como María / vale. En asedios ofensivos, van cercándola. La quieren castigar porque su padre es el coño-carijito.

«No seas voluntarioso, Jimmy», insisten por mortificarlo.

«Mira que es bizca».

«No delates tu mal gusto».

Terminaban siempre haciéndola prisionera del mal nombre. «Y es la hija de Coño Carajito».

Entonces, adivinando lo caliente de la inquina, Meneíto imaginó que lo quemaban detrás de sus espaldas. Que a ella la ataban al árbol de las penas y los escarnios, diciéndole «Meneíto tiene muchas otras y no te quiere de veras». Escarnios para la taína María de la fría Indiera de los bucarabones.

«Además, por el diente que te falta te ves fea», vituperan. Ella no se merece este martirio. Lo que chisman.

«Ese culo lo vale. María es como la bizca de la Indiera Fría».

Ahora, juzga Meneíto, que los policías Beltrán y Ramos son par hostigadores. Buscan su vena. Lo hieren en su collejas.

«¿Por qué dejar a la buena hembra por la bizca?»

Le salió lo sangermeño de sus bucarabones: «... porque el ojo se lo mandó a operar y el diente se lo mando a poner». Dijo, sin pensarlo como el padre de su amada: «¡Coño, carajo!» y se echó a reir y siguió con sus planes de boda.


3-04-2003 / Jimmy Meneíto / 38

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Sunday, September 21, 2008

Los ultrajes contra Eulalia



Van más de dos siglos de historia de vida,
Vida con historia, siempre florecida
De esperanzas nuevas, de anhelo y de afán...

Tenemos orgullo, forjamos cultura.
Labramos rencores, sentimos bravura.
Guardamos amores en el corazón:

Juan Avilés Medina (1904-1994),
Himno a San Sebastián


«¿Cuáles son los peligros que lamentáis en estos días?», preguntó una mujer que tuvo fama de ser ardiente, guapa, irreverente e informada. Su padre fue un anti-esparterista declarado. Espartero: regente de mano dura en España. Don Manuel juzgó que sería necesario lo que el Capitán General de Puerto Rico propuso en 1847: asentar nuevos colonos en la isla. «Hay mucho negro haragán que ya no trabaja el campo y sólo conspira».

Los peligros que su padre juzgara como reales, por el contrario, para la muchacha, son las cosas buenas que pasan en la isla. Que el esclavo ha tomado consciencia y se defiende de quien lo atropella. Su padre festejó, por primera vez, a uno de los gobernadores de la colonia. Lo llamaba Vizconde de Bruch, Conde de Reus, héroe de la Vicalvarada, Grande de España y Marqués de Castillejos. Ella no. Con secretivo pensamiento, le dio el nombre de hijo de la gran puta.

Ciertamente, Eulalia y don Manuel, su padre, aún si hablaban del mismo personaje, el ilustre prócer, lo refieren con aspectos distintos. La mujer ardiente y guapa, a la que Hilarión Gallardo llamó La Rabiza y la anti-isabelina, piensa que Prim i Prat es un fraude viviente. Un monárquico retrógrado, hijo de puta. Claro que no lo decía delante de su padre por respeto.

Se ha sabido que Prim estuvo en Cuba, en los días en que Josefa Prat, solía llamarlo «mi primo de Reus». Dicen que, por saber si ella estaba en Veracruz, sin órdenes de Madrid, Joan embarcó en San Juan de Ulúa y luego en Veracruz, y dijo «es cierto que un indio tiene a México en la ruina; pero yo odio el Imperio Napoleónico y los franceses no gobernarán el Caribe ni a México en el Norte».

«Si es cierto que eso dijo, yo lo aplaudo», dijo Eulalia.

Fue en los días del Convenio de La Soledad. Y se preguntaba, Josefa lo mismo que Eulalia, la maestrita cidraleña: «¿Por qué siempre se cobra lo que se debe en el momento en que el deudor más necesita? ¿Por qué tanta impaciencia tiene quien explota al prójimo y lo endeuda para una posterior cobranza con creces?» E Hilarión Gallardo, Cabrero Escobedo y Prat-Ayats, tan legalistas, concluyeron: «Lo que se toma prestado que se pague, cuanto antes. Y si México debe a los franceses que vayan y cobren, a punta de cañones».

«Prim hizo bien presionando a ese indio malapaga», dijo Prat. Tiene esa mentalidad usurera que a su hija disgusta.

«Al fin, te oigo hablar con cordura, don Manuel», le dijo Cabrero. Otro que cojea de la misma pata, piensa Eulalia, discreta para no ofender.

«Y, ¿qué pensáis, hija, que tan callada has quedado?»

«Que México necesita el dinero para armas. Que los franceses, a quedarse con ese país es que han ido, no a cobrar unos míseros empréstitos. Es la costumbre del imperio: velar que estás postrado y enfermo para ir a cobrar y no perdonar ni dar su tiempo. Es como funciona el imperio napoléonico: con coacción… ¿por qué no somos solidarios?»

«… porque se trata de un indio, hija, y los indios son salvajes y no pagan. No saben de riqueza ni dinero. Son mezquinos. Los juaristas son hebertistas, como dice el señor Coll que es maestro».

«¡Ay, padre mío! De quien te has pegado. Ese turulato, tan pendejo». Silencio. Este pensamiento no lo pondrá en palabras; pero se irá. Hasta aquí dio su aguante a la tertulia.

Y a Eulalia no le importó que dejara a su padre con explicaciones en la boca y desazonado frente a las narices de Cabrero, el dueño de toda Guajataca. Ella hizo un mutís de desplante y ni las buenas noches. Corrió fuera de su presencia y dio un portazo para esconderse en su habitación y llorar porque su padre es racista, prepotente y no se informa bien. La desautoriza cada vez que puede. Ni siquiera entiende por qué viene Cabrero, o la gente de Castro, de Calabazas. Ella se lo ha dicho. Vienen a ganar tu confianza y hacer que vendas baratito... Para quedarse con su fundo de Mirabales, o tierras en Juncal que él tiene, hasta la barba le hacen. Y a las tierras que diera a Edelmiro en Juncal, las quiere Casimiro de Soto, el de Perchas. «¿Y acaso no observas que, de improviso, te sale como amigo, viejo amigo, tú que eres tan malas pulgas y no crees en zangarriadas?: Poco falta para que te llame Vizconde Prim, Laureado de San Fernando... mira, padre mío, te hacen la barba esos bribones».

Pero ya no importa. Se fue a Cuba. El bocón odioso, don Manuel, vendió lo suyo por miserias. Ha de querer una gran tumba que diga: «Prat murió en Cuba, junto a Nepo La Pasca». O junto a su viejita que era sangre de Prat-Cadafalch de las genuinas... Y dijo alguna vez, el padre que ama: «Antes Mirabales y Las Marías fueron como la misma jiña, la hacienda de Josep Vélez Güemes y Codima y del viejito González (el del hato original, quien mataba conejos salvajes) y a él, a los dos, los despojaron. Usted no, don Andrés. No lo digo por usted... Fueron los Orfila y los Mercadal. Quisieron un poblacho para Francisco Pruna, Benito Recio y los Beauchamps, porque eran sus amigos. Y la partición la hicieron para joder a Los Velez... Pues bien, con pan que se lo coman. Son otros tiempos».

Ahora ninguno pedirá a su padre una explicación de lo que dijo. Ya sacó del alma y la boca del odio los disparates que le dio la gana, ahora es un politiquillo a la violeta, un sentimental que evoca su héroe de marras: el Capitán Juan Prim, el que propuso blanquear a Puerto Rico, posiblemente, llenándolo de comerciantes de Tarragona y Cataluña, gente como esa que despojó a Alicea, el britapraja, gente como Coll y Grau, los Amell, gente peligrosa y ladrona. Eulalia, ya en soledad, ido su padre, «limpió el campo y a todo el mundo dijo que se fueran para el carajo. Si no van a trabajarme, prefiero que se vayan. Yo no alimento a vagos» (D. Dolores Prat).

«¿Cuáles son los peligros que lamentáis en estos días?», preguntó esa misma mujer. Y le hablaron de la Amenaza Prusiana El Padre Hilarión, siempre llamándola a la Iglesia, aunque sea para una Fiesta de Precepto, porque tiene mala fama de atea. Y tiempos son éstos en que los dominios del Papado peligran. Hay una amenaza de quedarse «a merced de los infieles», si el rey Victor Manuel y Napoleón III no respetaban el pacto para defender el Vaticano.

La Iglesia del Pepino necesita la unión y la oración de sus fieles.

«A mí, cuando pregunto sobre estas cosas, en realidad, me interesa algo más práctico y cercano. Es que yo pienso que hay muchos ladrones en el Pueblo y, ahora cada barrio, tiene un dueño que jala a los peones. Estoy preocupada sobre con qué comeré mañana si me quitan las tierras... Y que Mirabales es un espacio que me sirve como hoyo. Como tumba».

Quería decir que el peonaje se concentra en las fincas de Alers en Culebrinas. Es dueño del barrio completo. El compra esclavos y vende. Trae y lleva. Lo mismo pasa con Juan Rodón, que es el dueño de Eneas, y Juan José Liciaga que se ha quedado con el Pueblo, junto a Francisco Rodón. Son hacendados con liquidez, prestamistas, como Ramón Díaz, dueño de Saltos. «Todo el que es peón, o estanciero pequeño, se va y se vincula con la Viuda de Orfila y Bercedóniz, todos endeudados y quienes tenemos un puñito de cuerdas más, las más abandonadas del campo, no hallamos quien las trabaje, porque, si no tenemos con qué pagar el ron, o no vendemos a fiado, sólo quieren cultivar para ellos mismos, comer de la tierra, que es bueno, pero hacerse un rancho en hacienda que no es suya, no pagan ni con trabajo. Eso no es lo que Betances dice en sus mandamientos para el pobre».

2.

Que la robaran era lo de menos. Total, finalmente, les vendería a los poderosos. A los que accesan capitales o prestan sus nombres para traspasar también a otros. Les vendió a Arocena y los Rodones, por cariño. Luego a los Arce. A Inés Ramírez, en Cidral. A Magdalena Ruiz, en Guacio. Y, sin embargo, le hicieron mala propaganda porque, muerto en España el General O’ Donell, ella (no su padre) se declaró partidaria de Ruiz Zorrilla y Serrano, enemiga de Isabel II.

«No. No. ¿A mí que me importa la reina? No soy enemiga de nadie. Yo sólo dije que una república es mejor que un poder unipersonal de un prohombre rodeado de moscardones».

«Es que no entiendo lo que usted quiere decir, mujer de Dios».

«Yo entiendo que usted no sabe que hay repúblicas, además de monarquías».

Se reprodujo el Manifiesto España con Honra y Dominga, su hermana en Barcelona, se lo envió muy oculto entre telas y obsequios. Pero ésto de ir al Pueblo y saludar de paso al cura, no es común. Máxime cuando ya culpó a la Iglesia de Pepino de no dar un permiso para que ella se gane la vida, enseñando primeras letras, que es lo único que ha pedido desde que se fue su padre. No es justo que la vayan hambreando de ese modo. Que la obliguen a vender para poder pagar sus peones y encima le digan que es una golfa, afecta a dar su amor a cimarrones.

Y él cura, porque ella se niega confesión, no cree en ella. Va con los ex-Alcaldes Vasallo y Martorell y la vitupera. «Hay que sacar a esa mujer del Pueblo». La llama la Rabiza. Tras su carita linda, está la demonia. La indispuso con Galbaraim, aunque sólo Genaro Eleuterio López defendía sus méritos. «Es una pobre mujer sola y tiene cultura. Mira lo lindo que habla. Alguien la cultiva desde Europa» y, entonces, dijeron que López es anti-isabelino y apoya los pronunciamientos que dividen a España y alientan rebelión en las colonias.

La peor cosa que a doña Eulalia le quedaba por sufrir ocurrió el 23 de septiembre de 1868. La ranchearon y la preñaron, según se supo después.

La casa estaba tan sola que ella accedió, sin resistencias, a que Guillermo, un mulato del que se hizo amante, entrara en las noches y la amara. A veces, él llegaba y la puerta cerrada, significaría: Esta noche no. El se regresaba a su ranchería entonces. Siempre obedientemente.

«El ordeñaba mis cabras; yo tenía su ayuda para sacar de la tierra algunos panes y viandas».

Ese fue un día en que se satisfizo a sus anchas. Ella le contaba las penas. La mala fama que tiene por amarlo. La mala gente que ventila propagandas. Las presiones que le ponen para que se vaya de Pepino y venda todo. «Yo te ayudo en lo que pueda, Lala».

A las 2:00 de la madrugada, se oyeron voces de alarma de uno o dos peones al principio. Gritaban frente a su balcón y la recámara. ¡Habían puesto fuego al taller de Manuel, a su antigua barraca, a la cabestrería! Y el fuego se miró, desde algún punto de la hacienda. Olía a quemado en la zona de peonada. Algunos campesinos que no le trabajaban, pero, en sus campos se apropiaron de lo que no fue suyo, corrieron a la casa del amo, tan cercana al pradejón.

«¡Se quema el taller, se quema todo!», gritaban en el batey.

Eulalia estaba en cueras, ya levantada y buscando sus ropas.

«¡Nos queman, Guillo!», dijo ella.

El se puso sus calzones de cambaya y salió a apagar el fuego. Buscaría los quinqués y cubos de agua. Por su parte, ella cotejó que una sombra apagó el velón que había encendido a tientas. Alcanzó a ver que un hombre al que creyó ya ido de su vida. Un enemigo de su padre y de su hacienda llegó, Un rival para su alma y para Guillo. Y él la empujó sobre la misma cama, donde se la había poseído minutos antes. Le aseguró: «¡Ahora serás mía, puta! Donde un negro echa su leche, ¿por qué no yo la mía?»

La desvistió nuevamente, desgarrándole el escote de la blusa, jaló con fuerza de la saya. No tenía pantaletas. Y, a pesar de las patadas que ella echó, su resistencia, se deshizo de sus pantalones y la ultrajó.

3.

Como veinte peones se citaron para cargar, una y otra vez, sus latones de agua y derramarlos sobre las rancherías en llamas. Eulalia se personó a luchar hasta el amanecer contra el fuego. Subía latones de agua a las carretas y, por amor a la barca de su padre, a su aserradero maderero, se expuso a los peligros y al esfuerzo. Parecía la mejor de los socorristas, olvidada de sí misma. No hubo tiempo para tenerse lástima. Ni habría tiempo después.

Tarde en la mañana, cuando aún no se había bañado ni cambiado sus chamuscados vestidos, informaron a ella que hubo una revolución en el Sector Pueblo. Cientos de insurgentes, al grito de Libertad o Muerte, enfrentaron a las autoridades. Salían de cada barrio que podían. Venían de Lares unos, donde tomaron el pueblo. En lo que hoy sería la Plaza Pública de Pepino, frente a la iglesia, cayó herido a bala el revolucionario Manolo, el Leñero. Confiscaron su estandarte, o su bandera blanca, con letras en carbón que leían: ¡Viva Puerto Rico Libre: Libertad o Muerte! Otro rebelde cayó a las puertas del Cuartel de Milicias en Pepino.

El Gobernador José María Marchesi y Oleaga, quien había servido en Cuba como inspector de la caballería del ejército y, tres años antes fue Ministro de la Guerra en 1864, habían ordenado desde 1867 una lista negra de intelectuales y dirigentes potenciales del liberalismo. Marchesi fue tan represivo que, desde antes de la rebelión de Lares y El Pepino, había recaudado nombres para sus listas negras.

Por causa de un motín de artilleros de la Guarnición de San Juan, ordenó la ejecución del cabo Benito Montero, cabecilla del movimiento. Fue en junio de 1867, que se inició la roña. Ahora entiende el por qué fueron tan excluyentes y quisquillosos los que pudieron darle un cargo de maestra.

Ya se allanó la casa de los amigos de Montero y se le torturó para que diera nombres de liberales. En El Pepino, por este medio y motivo, se sospechó el vínculo de los amotinados en la Guarnición de Artilleros capitalina con Elías Suárez Pumarejo, miembro de las Milicias del Pepino.

«No dudo que te busquen. Es mejor que te vayas de Mirabales y nos dejes la hacienda», le dijeron los cabrones. Unos de apellido Arvelo.

A varios días de su ultraje y la quema, cuantificaron que la revolución movilizó entre 300 a 800 hombres. Y las tropas de milicianos leales a España allanaron las casas de Ana Martínez Pumarejo, Antonia Pino Corchado y Rosa Medina López. En Lares, la casa de Mariana Bracetti («Brazo de Oro») y Obdulia Serrano.

«Es extraño que no hayan venido por tí, Eulalia».

«Yo no tengo un revolucionario escondido. Y mi consciencia es mucho limpia que el que me mandaría la guardia y hablo de Chiesa, Martorell o cualquier cabrón que viva de la Alcaldía».

«Discresión, Lalita», le dijo Guillermo.

El militar español Carlos Antonio López se personó, con 15 milicianos, a la hacienda Los Velez de Mirabales, el primero de octubre, porque en Camuy se supo que hubo una quema por los insurrectos. Los milicianos buscaban al negro Atanasio (de la «Cueva del Negro»), a Manuel González («Polinesia») y su primo Tomás Nuñez, Salustiano Pérez, el Cayeyano y P. Domenech («Guacamayo»). Eran algunos de los nombres en las listas negras de Marchesi. Y López dijo: «Gabarain dice que has sido injustamente maltratada y que hace días se quemó tu casa. En el pueblo, hay unos políticos que no entienden a Joan Prim, su pariente. Pero el mismo Alcalde Chiesa me dijo que le diga que no tema. Que Carlos Gabaraim sabe lo que pasa».

Al sargento López, ya que Eulalia denunciaba el incendio, dieron noticias de la mala influencia de una negra dominicana que se escapó, con dos hijos suyos que había parido en la hacienda de Emilio y Casildo Vélez. «Será la mujer de Pedro».

Los peones de Los Velez de Cidral dijeron que, meses antes, vieron el negro Atanasio, el mudo, y chotearon a Manuel González (asociado a una junta revolucionaria). Incitó a pedir a que, en nombre del negro, se dieran manuniciones, si que alguno falta por tenerla, porque ya Emilio está muerto. La hacienda quedó al mando de Ximena, La Carañosa. «Que es una vieja estúpida, mujer blanda, sin carácter».

De contínuo, una vieja esclava que llamaban Cangara anduvo por tal hacienda, gritándoles a los esclavos en faena: «¡Se acabó la canga y el candombe!» Se refería con la canga al cepo de azotes y con el candombe al lugar de los tormentos y las ejecuciones. En la Xamayca («Tierra de los Manantiales»), desde los tiempos de la Compañía Real Africana y los piratas, la nigricia conoció que aquella vieja había soñado con su libertad y con momentos como éste. Recordaron que en el candombe, si azotaba a algún negro cimarrón, se tocaban los tamboriles iyesá estrepitosamente y se bailaba.

Preguntaron por Abraham, vecino de Pozas, casado con una Alers. Y Eulalia dijo: «El suda su pan y es bueno. No anda en revoluciones». «¿Quieren el nombre de un agresor e hijodeputa? Busquen a Tomás Nuñez, el incendiario».

Enero 1998 /
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Saturday, September 20, 2008

Sabidurías de Catín La Coja


Imágenes alcahuetas de amoríos,
perfectas serenatas de bohemios
para el viajero que pernocta, entre tus sombras,
pinceladas que de amor los dejan ebrios...

Así son tus noches, mi Pepino...
donde duermen nocturnas mariposas,
donde cantan coquíes enamorados
olvidando sus horas quejumbrosas.

Así son tus noches, mi Pepino,
de radiantes perfiles, guapas mozas:

Carmelo (Melaneo) Cruz Santiago
poeta y artesano, Noches de mi Pepino

«Ji ji ji ji». Es la risa de Catín. Bordadora de mano de oro. Como ella en los quehaceres de festones no hay otra. Para transmitir su arte en el bordado, ha levantado desde las 5:00 de la madrugada, a las siete hijas de Juanito Ponce. Ella sabe que la construcción social de alguna marginalización en el trabajo es posible en la industria de la confección de la ropa; «pero es una suerte ésto de trabajar, podamos cumplirlo desde casita», consuela a las muchachas. Ella sabe que el trabajo libera u oprime. Ha leído que el Gobernador, al que llama Moncho Reyes, apoya a Milagros Benet, mujer que pide la aprobación del voto femenino, organizó una liga sufragista y defiende a la mujer trabajadora frente a otras formas aristocráticas de trabajo. Le ha gustado esa frase de Milagros Benet que se la copió a Luisa Capetillo y a Ana Roque de Duprey.

Catín quiere que antes que se concentre en la prensa, pues a eso de las 12:00 del mediodía sale por El Imparcial y El Mundo y de paso ve a Tinito, las niñas muestren lo aprendido. Vendrá a supervisar, a valorar, a ver si le hacieron caso. Por algo, aleccionadoramente, saca de su tiempo y les conversa. A las nenas de Matilde, las informa sobre la vida rutinaria y sobre los posibles desafíos. «Parece un sargento detrás de ellas», dice Ponce, quien bien que conoce los gritos y la obediencia porque fue veterano.

Catín es disciplinadora, pero tiene buena fe. También es una mujer vivida. «Ji ji ji ji», se ríe. Que no les quepa duda. La pata de gato que tiene no le ha quitado astucia ni gozo de vivir. Ella se crece ante las insuficiencias. Tiene sabiduría, dizque parda, como la gramática en que aplica los ojos y lee. Aprendió solita. Es cierto. Es jamona. Y lo jamona no le quita que se sienta una hembrota. Es hermosa, con el pelo negro todavía, suelto y lacio. Su piel tiene una rosadez, firmeza con tersura blanquecina. Es hermana de Matilde, la señora de Ponce, campesina que también posee lo suyo.

… pero, «ji ji ji hi», Matilde es la matrona en el campo, desde esos años del ’20, durante los cuales se ha iniciado el Needleworker & Garment Center en Mayagüez y Aguadilla. Sé siente digna de que en Pepino la oigan hablando de la mujer en los talleres. «Yo, por mi parte, soy la verdadera bruja». El permanente numen donde quiera que se para. Cuando va al Pueblo y deja el campo, Catín La Coja es seguida por Tres Patitas, el licenciado Tino Vargas. Y es él quien le dice: «Catín, eres la crica más sabrosa del barrio». Ella le suelta su poco de cultura. «En Pepino hay mucho que hacer por las mujeres; no sólo el arrimarle el bicho grande».

No es que el Pueblo no tenga moral. Como una de sus riquezas, El Pepino tiene mucha vida libidinal. El erotismo fluye como huellas vegetales y minerales en las aguas porque la gente se baña en charcas —«diga usted, El Peñón, La Mina, Las Orfilas, Las Tres Piedras, charcas por donde quiera, aguas cristalinas y embrujantes»— y éste hábito es legendario, desde los tiempos de Peroalonso y González de la Cruz, los Mirabales pobladores de 1700, que vieron taínos en Babumamey y el Salto de Guacio. El Culebrinas es un espíritu acuoso que riega los cricales.

Y la casa de Matilde y Juanito está inmantada con brujerías naturales, con ninfalías taínas y, para hacerla más fértil, con la esencia del negro levitante, don Lion. Ese fue quien levantó de su parálisis a Juanito, cuando se pasaba maldiciendo y contagiando de tristeza a todos. Fue entonces que Catín llegó, cuando después del Gobernador Arthur Yager, antes de cumplirse el año, se puso a un boricua de gobernador interino, José E. Benedicto. Duró lo que el salto o el brinco de Montgomery Reily. Ha sacado sus cuentas con su aritmética de risitas, JI JI JI, y calcula que fue en 1921. De hecho, la fecha en que Milagros Benet dijo: «Mire, Moncho Reyes, va siendo hora de que nos concedan el voto, porque las mujeres dejan los ojos en la costura y bordan muy lindo. Están hambrientas y cegatas, cose y cose, hincándose los dedos con la aguja desde 1900».

Catín dijo cosas a Matilde, su hermana, poquito antes de eso. «Tenga fe. Sométase a don Lion. Llévelo al brujo. Esta familia no está muerta porque don Juan esté baldao de sus espaldas y con las patas mongas; mírame a mí, La Coja, y yo como cascabelito. Le voy a enseñar a las nenas todo lo que sé, porque, en la prensa se dijo que si esta industria sigue como va, aún bordando desde la casa, el país originará diez millones en dólares en menos que el decenio acabe y que Puerto Rico se irá pa’arriba y nosotras, con él». Y ya que, según se dijo en las noticias, «hay que formar generaciones, es bueno que se sigan mis consejos».

Entre los que saca de allí y los que saca de allá, añade de su cosecha y les habla a las muchachas, hasta que las ruboriza.

«Ji ji ji ji», dijeron al oírla, imitándole su rita boba. Es que parece que lee a Luisa Capetillo, la dirigente de Arecibo, que habla de amor y sexo, al tiempo que se víste como un hombre y desafía la moral del Establecimiento.

«Eso que ustedes traen entre las patas no es engaño. Es una riqueza y es un recurso útil para el epitalamio». Ji Ji Ji, se ríen como si hablara en guasa en la minga y con gente charlatana de un cotarro; pero no. Catín La Coja habla en serio. Todo lo real es para ella racional. No es posible hacer metafísica con lo objetivo. Los a priori los determina la necesidad y cuando se vea un Ente, no se venga a engaño, no se vio un fantasma. Se está ante lo que tiene sustancia. La gente no se casa por amor, entendiendo por amor un a priori, o una enlequia, o una pócima mágica.

«El hombre se casa por eso que sabe que está bajo sus faldas, tapadito. De eso que tienen entre las patas no se averguencen nunca, aunque hubiesen sido cojas como yo… Yo les bañé desde chiquitas. Les cambié de trapos cuando se cagaban encima. Yo sé que son cricúas y, si su mamá no les habla sobre estas cosas, por pudor, yo sí. Lo hago porque hay hombres que no son buenos partidos, dicen palabras dulces y se comen de lo que le das, si es que das y se van… pero si se quieren casar bien, no con el valepaná como Magalo, si quieren hacer felices a los esposos y que nunca les falte lo que ellos también traen, además de su trabajo pa’ los hijos, aprendan desde ahora».

«¿Qué cosas, Catín?», las interesa.

«¡No den poquito! Sean generosas. Si das un vaso de agua, que sea la más fresca y lléneles el vaso. La mujer que ofrece un jugo de naranja y trae un chispito en la tacita da malos indicios. El hombre se fija y dice, ‘miserable’, ‘así tendrá su boquete de chiquito’, una raja escondía y seca, ¿me entendieron?»

«Sí», y la imitan: Ji Ji Ji.

«Si le piden un jugo, una taza de leche, o un vaso de refresco, llenen el vaso, que sea vea el Ente, la Cosa, la única sustancia, porque el ser de la cosa debe verse. Es materia. No es engaño. Sean prácticas, mijitas».

«Ji ji ji ji», se ríe Catín La Coja. Y ya, en la confianza de sus sabrosos consejos, repetían la risita las hijas de Juanito.

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Friday, September 19, 2008

Los tiempos del Amo Paché


Con tu sabor a jengibre
ponte más linda que nunca.
Todavía no está trunca
la esperanza de ser libre.
Deja que en el aire vibre
la trompa libertadora
que cuando llegue la hora
de dar bala y no saúco
en el lazo de un bejuco
morirás si eres traidora:

César G. Torres Rodríguez (1912-1994), Novia de mi pueblo



El recuerda el día en que la esclava más vieja de Francisco José, el Amo, le dijo: «Nunca el esclavo es feliz. Es una falsa idea que tiene el amo bueno: Que nos puede hacer felices, sólo porque nos da un techo y un trabajo, en ocasiones hasta su apellido». Cuando él oyó esa idea, aunque le diesen azotes, simuló que hizo labores, pero ninguna hizo

Aprendería a engañar a quien no lo valorara como un ser libre. El dijo a la negra: «Pensé que eras muda. ¡Ay, carajo, has hablado! Y los patrones que la llamaron Muda y no lo es». El no supo ni quien fue su madre. Le dijeron: «Murió y es mejor que aprendas que, peor fue la vida de quienes te trajeron al mundo y antes de Josep Velez Güemes de Feliú y Codina (1730-1812), quien murió en Mirabales y era Amo Malo. Y es mejor que aprendas que después que Bernardino López de Victoria, escribiente de Cuartel, fue el testigo, con vecinos de la Villa del Pepino, incluyendo al cura Delgado Nicasia Vélez se casó con su primo Manuel Prat Ayats, peninsular, en fecha de 1820, dándose aprobación a su cédula de vecino, fue llamado Amo de reconciliaciones»

Ella decía que vio, con ojos los ojos en blanco, a Manuel Prat huir de la Invasión Francesa a España para que se ablandara la maldad de los suyos, hombres blancos y violentos. El P de Prat se hizo agricultor y artesano; porque el pudo ser P de pirata, guerrero de los que pelean desde barcos; pero aquí vino a comer tierra de la mano los López de Segura y de los González de la Cruz… Ella decía que no se lo comió el carlismo en la zona de Reus porque las oraciones de mi corazón lo trajo… yo quería que él criara cabras e hiciera carrales porque nos quedabamos hambrientos con los hijos maltratantes de Vélez Güemes de Feliú y Codina y no queríamos decir nombres tan largos y todos se fueron haciendo una sílaba, una letra, cada vez más maldita… y todos los blancos son P, perversos, pendejos, prevaricadores…

Al amo bueno que realmente no existe, ella lo designó con la frase «antes y después». Después de Manuel Prat, el entonces recién llegado, comenzó una cierta tolerancia, se trabajaba más, pero el castigo fue menos y antes de Paché, el hijo de Josep Vélez, se trabajó muy poco, y la tarea de castigar se hizo en bruto. Antes de Paché y su padre, el negro venía libre o con algún amo de Saint Domingue o Guarico. Mas la creación de la primera república independiente de población negra en América ocasionó un profundo miedo, o desconcierto y temor en el continente, que pasó a Europa y a España y, entonces, los amos desde los primeros acontecimientos, en 1791 y a lo largo del siglo XIX, temieron el fantasma de Haití, «porque llegamos de allá, prácticamente todos los que huímos o caímos en el cimarronaje, los que fuimos a Cuba y los que avanzamos hacia Puerto Rico

Había un Amo Malo que era Paché. El fue hombre cruel, más que su padre. Desde que ella lo conoció desarrolló la idea de que seres como él no merecen ni sus nombres ni sus apellidos. Uno no debe hablar siquiera con ellos. Es mejor no tener lengua visible para darles razones. Así que aprendió a llamarlo de la forma más breve posible.

Todos los esclavos tendían a llamarlo Paché, abreviando el Pancho Francisco y el Cheo / José de su nombre. Ella, la esclava vieja, lo llamó «P», no de Persona. No. P de pendejo. En su estupidez, esos blancos gachupines como P creen que es, por cariño que lo llamas Paché. De su P, él pensó que por Patrón. Es por causa de que aún, la vieja esclava, inasimilada, habla su lenguaje africano y no articula bien como si tuviese una afasia de lenguaje, o una tartamudez innata. Pero no. Ella no es muda. Es una sacerdotisa con el alma muy antigua. Ella dice que su familia se asociaba a una sociedad secreta, con un conocimientos originados hace 6,000 años en Dahomey. Un sabio, posiblemente llamado desde el Cielo-Serpiente la puso en contacto con Loa de Voudoun y con altera de Ayida Wedo.

El cree todo lo que ha aprendido de ella. Ella tenía niños instruídos con sus consejos. Y eran silenciosos como ella. Obedecían al amo; pero también a ella. Pedro ha sido el niño rebelde. No siempre le hizo caso a ella. Su naturaleza masculina es intensa. Viene de Petro, Loas violento. En Dahomey, él representaría el rito Rada, la carencia de un discurso humano articulado, la afinidad con el agua o las bebidas blancas.

«Tú no les des información. Dáles silencio. Ellos no son dignos de oír palabras».

Ella ha visto a varoncitos amarrados al cepo del candombe. Los castigan con cuarenta azotes de látigo. En ocasiones el delito ha sido tentativa de ultraje o enamorar a las negritas. En la hacienda Los Velez de ese barrio perdido del Sur, Mirabales, la sexualidad fue un privilegio como lo decretó «P» [Francisco José, el Amo].

La esclava más antigua vio los migrantes que llegaron de Venezuela por un edicto de Gracias. De los Arvelo, vino Higinio. Y los Ps lo utilizaban para que contara voz en cuello los foetazos que verdugo negro diera azotara a otro negro. ¡Nunca se supo quién fue más cruel, si el blanco o el negro con los suyos! Pero quien se salpicara de sangre con el látigo fue siempre un cobarde, a su modo, y se le daba un jornal extra por aplicar el castigo, según la costumbre.

El, a quien ella, llamó «hijo de Petro, Loas violento» ha sido muy paciente, estoico y diligente, con sus propias carrañas y miserias. Fue adolescente grande, musculoso, hermoso y los que lo vieron en faenas, lo aconsejaron bien para que no sufriera candombe, porque fue precoz y miró con lascivia a cada negra que hallara en su camino y aún a las mujeres casadas del peonaje.

El no atentaba contra la cafrería. No hurtaba ni ultrajó. Justificó su holgachonería y labró de la tierra la mayor parte del fruto que come. En Navidad, se le dijo: «Sé cristiano» y lo fue. La única crítica que aqueja su temperamento es que es jaquetón y narcisista. Es como el blanco. Los negros que le conversan, amistosamente, pican su cresta. Echan de menos los tiempos aquellos cuando la peonada blanca temía que sus hijas fueran llevadas a su lecho, o vérselo en sus paseos, ayuntándose en pleno matorral con alguna becerrita en celo. Si mete la verga en animal, ¿cómo que no lo hará en una hembra blanca, en hijas de su amo?

En las parcelas de P (el Paché) y el P(endejo) Emilio, él fue leyenda desde los quince años de edad. Tenía una enorme pinga y las mujeres se echan suertes para que él en ellas diera algún fruto, especialmente para enriquecer a Manuel… Y fue que tuvo suerte que no fuese con P de Paché con que hallara gracia y dio más de una decena de hijos a la hacienda para que Manuel Prat no gasta en comprar en esclavos y presumiera tener los suficientes.

Adolescente aún, uno de los P / patrones, lo sorprendió atorándose una marrana de las que se haría como guisado en Navidad. Y era muy temprano en la mañana y él buscaba, por braguetero y gustoso de los cancos, las becerrillas, a veces las cerdas como su recurso extremo y maníaco, y tenía miseria sexual en su vida adolescente a contragusto porque el casquete y la exuberancia sensorial estaban prohibidas por Los Vélez, aquella timocracia rural, para la cual ya el muchacho tenía secretos de odio en el buche.

¡Pero, por aquella pinga enorme, a los quince años, él se vanagloriaba con negros y blancos, libres y esclavos, de su edad! Tenía la jaquetonería de los P.

Sin consultar a su padre, el hijo de P ordenó que se le amarrara al cepo, tan desnudo como se lo halló. Hubo que surtirlo a puños para dominarlo y Emilio, hijo de P, tuvo suerte porque anduvo con cinco de sus fieles peones. «Si no, tú lo matas».

«¡Si pegas al hijo del amo, él P te mata!», lo amenazaron.

Lo azotarían con chicote de cáñamo y baracoas trenzadas. Para confusión del esclavo, el amo Francisco José detuvo el bayú que se organizó, poco a poco, para su tormento. Un ruido de tambor avanzó como brisa por las jaldas. Alguien vería que llevaban amarrado al pobre muchacho esclavo. Con un ritmo de batá se informaba sobre el batuque y el candombe. Sólo la negrada de 1830 sabía el significado de esos tambores quejumbrosos. De ese aviso. Y la tristeza ya tenía una velocidad de invocaciones y velatorios en altares. Esta mañana ya dolía a sombra y sangre.

«Azotes no, Emilio», dijo el padre.

Al contrario, ordenó que se preparara la marrana de inmediato, haciéndose de ella un manjar. Reunió al peonaje alrededor del rufián, ya atado y desnudo y, tres o cuatro horas, ya había cocimiento y olor grato de carne.

«Suéltalo. Que venga y coma», dijo P. Y todo el manjar sería para él y tendría que comer lo guisado delante de todos, sin dejar las mínimas caspucias del pailón.

«Que coma hasta que del atracón se reviente».

Y, por tanto comer, ya echaba eructos; pero sabía comer sabrosamente sin pensar que tras ese hartazgo pudiera provenir la muerte. Estaba ya candoncho y le era vergüenza estar desnudo y ver que lo mirara todo el mundo. Y pidió agua, pero le dieron mejor unos buches de pitorro. A un par de horas de comer, se echó un primer viento y dijo:
«Cágome».

Desde ese día, el Amo Paché dijo que cada vez que le produjera un nuevo esclavo para la hacienda, satisfacería su naturaleza de tragantón innato y, en vez de permitir que se ayuntara con las marranas y soquetearse a solas, lo premiaría con mujer.

«¿Querrás hembra ahora que estás harto?», preguntó P y soltó unas risotadas.

Potro, el galopín, hizo un gesto aprobativo.

«¿Negra o marrana?»

«Negra».

Una decena de negras, de todas la edades, solteras y casadas, con parejas e hijos, se reunió a verlo, porque así lo quiso P y el hijo. Y no daba al adolescente, pena alguna por estar desnudo, si no las afrentas se le hacían. La burla.

El devoró el pailón de carne de marrana. Unas con asombro, risas, lágrimas y temores, apenas se atrevían a preguntar qué hizo el muchacho que ha comido en abundancia y por qué se le tiene desnudo, o fue amarrado al cepo y después obsequiado por el amo. Obvio fue para todos que estaba bien dotado.

El Amo P, sin quitar la vista de sus genitales, lo llamó potro por sus grandes cojones y semental por sus apetitos venéreos. Lo envidió por la morronga porque él, podenco y muy viril en sus mejores años, ya temía su decadencia. Y las negras lo sofocaban y no podía satisfacerlas él mismo.

El comió a dos carrillos, con gula indecorosa, y ahora decir a todos cuál fue su delito se lo exigió el Amo como condición de dar a él una hembra de su color y gusto.
Con muy burdas palabras, afortunadamente breves, lo dijo. Necesitaba hembra y, no hallando una, tomó una cerda y derramó su semen en su útero.

«Y esa es la marrana que comíste», se burló Emilio.

«Pero sacrificamos el animal. Lo hizo infame. Su acto es sacrilegio. Dimos su carne aderezada al que llenó de impureza un animal. Aún así, no quise que se le latigara... Ahora tendrá que comer carne otra vez y comerá de mis conejas. Todos los cerdos que manche se lo daré a cambio a que tenga hijos, fuertes y bien nutridos, para mi hacienda, y no serán sus hijos. Para mí, los engendra... En una jaula tengo una coneja que no pare y tal vez él pueda preñarla, que transmita su semen a las bestias», advertía.

Y escuchar con la seriedad que el criollo, cepa de los Cadafalch de Vinarós, decía estas cosas ofendía a todos, incluyendo al muchacho esclavo.

El amo P mandó a buscar al animal estéril que parecía una inmensa y redonda rata, con ojos asustados. Pesaba muchas libras que arrastraron la jaula, en vez de sacar al animal.

«Esta será tu primera hembra. Adelante, semental, exhíbete en el arte que te hace digno de las bestias... Ya que te gusta la carne, cómete la coneja viva porque viva te comíste una marrana».

Sabía lo que el amo pedía. No había cuje. Quería ver actos de zoolatría. ¿Quién es más perverso?

«Házla que gima y se escuche el llanto de esa conejuela nulípara por los cerros», decía el viejo.

«No puedo hacer lo que me pide, amo».

«¿Prefieres cuarenta azotes y quedarte sin negrita esta noche? Te creí más listo, negro».

La tentación fue grande una vez hizo que se acerca una esclavita de la misma edad adolescente que Pedro y en cuya belleza él ya había reparado. El se la acercó, jalonéndola en el trayecto y plantándosela a su lado. E hizo más. Rasgó a la altura de la axila la tela de muletón y del jubón que ella vestía. E hizo salieron dos senos hermosos con pezones oscuros y vírgenes. Ella se tapó, llena de lloros y fugándose.

«¡Te la pierdes! Eres una parte de esta ralea de infelices, sin méritos».

«No la pierdo».

Se agarró la pinga para que el calor de su fuerte mano pudiera comenzar a excitarla.

«¡Venga, puñetero! sea por la negrita que prometo esta misma noche».

Fue directo a la jaula, abriéndola con violencia. Jaló al animal por una pata. La conejaza estaba nerviosa; pero él era hábil con los animales. Sabía sujetarlos y someterlos. Los ímpetus de fuga fueron en vano y la pelambre de la bestia fue suficiente estímulo a sus testículos y glande. La gente vio la dureza gloriosa de aquella polla, color del ébano y él apostándose a las mañas iría a penetrarla de un solo pujazo, acertando no metersela en el culo, sino en la vagina. Entonces, hizo dedos al fijar la garganta del animalito a tierra y dominar con el muslo su lomo, hasta aquietarla; cuando agarró la pata de la coneja, levantándola, se supo colocar y antes que el animalito echara su gemido por sentir la picha caliente del intruso, las niñas y mujeres echaron sus gritos, viraron la cara, buscaron algún rumbo. Querían irse y no y no oir, pero el P / amo / echó dos balazos al aire.

«De aquí nadie se va hasta que yo lo diga».

Se detuvo las que creyeron que iban a eludir la escena deL ultraje.

Habría unas que cerraron los ojos, pero, aún tapándose los oídos, aún con leves chillidos conejiles, el suspiro orgiástico del negro, su respiración intensa en aras de vaciarse, fueron como coro amplificado. Y él eyaculó y gritó: «¡Ya!»

Y se levantó, de repente, dejando que escapara la coneja como liebre que persiguen las fieras más atroces. Y la pinga babeante del semental estaba entera, chorriándose con abundancia sobre sus propios muslos, mezclando sangre y semen entre los dedos, porque aún queriendola bajar y ocultar ya no podía. Su nombre de potro quedó en la memoria de esa gente para siempre.


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¡Aquí viene Oppenheimer!

«Northeners came to view slavery as the very antithesis of the good society, as well as a threat to their own fundamental values and interests»: Eric Foner

Víste de blanco quien es más negro que las mismas tinieblas. Es más que una moda en el pueblo. Hay quien se pregunta por qué. Vestir de blanco da estatus. Observan a Oppenheimer. Seis pies al menos de estatura. Ciento ochenta libras acomodadas en su altura. Su carne maciza se entalla al inmaculado traje, de níveo lino, con que se adereza una vez que sale de la Central La Plata y le sonríe a la gente con dentadura de oro. Tiene la boca reluciente, mucho sol de oro con que anuncia que es hombre bueno y trabaja muy duro. Es un hombre que sabe y cita a Henry Clay y James Monroe. Habla mucho sobre el Norte. Valores fundamentales. Una buena sociedad idealizada, donde el color de la piel es lo de menos.

Los negros no se deben ir al Africa. No deben ser devueltos. Es un error. No es justo que los manden a Liberia. Sin embargo, el ideal de Clay y Monroe es que se larguen. Se vayan al lugar de su ancestral procedencia. Oppenheimer guarda un héroe en la cabeza: el negro libre y rico. Uno será como James Forten. Uno de Baltimore. Uno que él mismo, si se esfuerza, puede llegar a ser.

En ocasiones, cuando Cheo Padró, el socialista, da sus discursos en el pueblo, él va y lo oye. Después, de regreso a La Plata, los comenta y les dice a los ingenieros: «¡Padró, ese aprendiz de comunista, no me gusta!»

Hay gente que en el Pepino de los Treintas ya lo percibe por su espíritu de contrariedad. Le dicen:

«¡Carajo, nada que sea negro a tí te gusta! y Cheo por tí saca la cara».

«No es él a quien necesito que me eduque», dice Oppenheimer. Comienza una insolícita justificación que raya en la jactancia. Que gana buen dinero y que le sobra para tener muchas cortejas. Cree ser afortunado. Vive en los rumbos de Piedras Blancas. Sus amistades, con la cuales ensayaría la poca amabilidad que algunos creen que tiene, se concentra en los alrededores de la Farmacia Echeandía.

Con el paso de los años, su actitud comenzó a cambiar. El tema de sus conversaciones dejó de ser la identidad de negro y sus ideales de éxito personal. Sin duda, se entretuvo con el orgullo de satisfacer mujeres en la cama por los litorales, donde hizo rumbos. Se volvió muy gritón y se autoanunciaba, con voz estentórea, por cualquier lugar donde pretendía su asomo.

«¡Aquí viene Oppenheimer!»

A partir del día que perdió su trabajo, se convirtió en el terror del pueblo. Atacaba a la gente sin motivo. No soportaba una alusión a su vida de don Juan. Supo que contrajo una sífilis y la frustración se tradujo en odio por el sexo femenino. Sin trabajo, descuidó el esmero que celaba para sus blancos vestidos.

Los vecinos ya lo consideraban uno más entre los locos y pordioseros del Pueblo. Sólo que él no sabía mendigar. Era un loco violento. Echaba bofetadas a quien él interpretara que lo miró con malos ojos y golpeaba muy duro. El pirotécnico Augusto Torres fue uno de ellos. Quedó tendido en el suelo en una tiendecita que ocupaba el terreno, donde se construyó el Teatro Gloria. Aquella noche Augusto charlaba con amigos y le escucharon, sin preocuparse mucho, cuando gritó, desde lo lejos:

«¡Aquí viene Oppenheimer!»

Ninguno esperó que con un flashlight, sin mediar aviso, Oppenheimer diera aquel golpe que puso a Augusto a ver las estrellitas de los sesos.

En aquellos años del decenio del ’30, Pepino no contaba con más de tres o cuatro policías y, en vano era decirles, que Oppenheimer ya no era el mismo. Ya no hablaría sus temas del Norte progresista americano ni haría sus críticas contra Henry Clay. Su cerebro se había deteriorado. De hecho se le dificultaba reconocer a los hermanos Padró Quiles, de quienes llegó a dar elogios como negros buenos y que todo el mundo quiere. De Pueblo Nuevo, Oppenheimer recuerda a Lola La Colorá y, allá en los congales, han de estar los policías, ligándosela, como él antes de la sífilis que contrajo y lo apartó de los centros de entretenimiento.

«¡Ahí viene Oppenheimer!», ahora es el pueblo quien lo dice. Vendrá a golpear a alguien y cometer un robo. El paga la mercancía, pero en billetes de miedo. El toma lo que quiere cuando entra a un negocio. Impone el pánico. Hay comerciantes que se esconden debajo de las fanegas, bajo sus mostradores, o salen por las puertas traseras antes que él entre a sus establecimientos. Cuando el negro forma sus garatas, alzando la voz y poniéndose bravo, hay que darle dinero. Es la única manera de calmarlo porque, si no se hace, no se va. Asusta la clientela. Desata líos. Reparte puñetazos. No falta donde hay pelea y ron gratis.

Toribio Hernández tiene una tienda de mercancías frente a la Iglesia Católica, o más bien, en los predios de la Plaza del Mercado. Se fue a ver una novia que vivía en el barrio Pozas, mas olvidó llevarse su revólver Smith & Wesson 32. Acaba de acordarse que, en la tienda está su hermano Horacio, de 15 años de edad, y que le advirtieron que Oppenheimer va en camino hacia la Plaza del Mercado. Toribio quiere desandar la ruta y posponer el viaje a Pozas. Oppenheimer, según dice, es ya un loco peligroso y tan joven encargado de su tienda, como es su hermano, puede que sea víctima fácil del tunante.

Toribio no llegó a tiempo. Horacio se estremeció de pies a cabeza cuando el negro gritó: «¡Aquí llegó Oppenheimer!»; pero, una hora antes, con curiosidad de muchacho, el adolescente se entretuvo con la fascinación del arma descubierta, guardada en un armario. A solas, aprovechó la soledad y se llenó la mano con ella, se imaginó portándola en la cadera como un vaquero del Oeste. Se figuró, en su fantasía, como el valiente Marshall Dillon que quitaría fantasmas criminales de su paso. Horacio se aproximó a un taburete de la tienda, donde colocó el Smith & Wesson, pues, por el entusiasmo de tenerlo entre sus manos, no lo había guardado. Precisamente, por la cercanía del arma a sus rodillas, desde el lugar en que estaba sentado, cuando oyó:

«¡Aquí llegó Oppenheimer!»

sin pensarlo, casi por instinto, recogió el arma del taburete e imitó la voz de quien amenazaba:

«Aquí està Bueyón» [Bueyon, su sobrenombre], gritó Horacio, apuntándole.

La reacción fue inesperada. Al negro se le puso el rostro blanco. Lo estaban apuntando con un arma por primera vez, por lo que, entonces, salió como una bala del negocio. Tan histérico y aterrorizado estuvo por verse encañonado que no reparó en el jovenzuelo, sino que gritaba por la calle en su corrida que alguien lo quería matar.

Santo remedio. Jamás volvió a entrar al negocio de los Hernández.

Los comerciantes vecinos supieron del incidente. Roque Vélez López, Ney Hernández, Pablo Quiles, los gemelos Maso y Manolo Rosa, el viejito José Gonzalez [Chavito], en fin, gente que testificaron las tropelías del loco y la hazaña vivida que lo apartó de los alrededores.

Desde entonces, al verse a Horacio Hernández y recordar al energúmeno, zurrado de miedo, lo saludan diciéndole: «Ahi llegó quien le puso vergüenza a Oppenheimer».


El pueblo en sombras / Indice

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* Este cuento sobre Vitín Oppenheimer se basa en una historia aportada por Horacio Hernández Campán y de la que él mismo escribió un relato recordando el incidente y al pepiniano Oppenheimer, loco violento del decenio de 1930.

Pepino 1 / El carabalú de María Peregrina / Juanito Rosa / Nico Chavito / Pedro el Bujarrón / La Carlita / El acto de Cobita



El carabalú de María Peregrina

a María Peregrina Font-Thompson

Hembra de genio nervudo,
mi jíbara pepiniana ,
quiero traerte mañana
mi pabellón y mi escudo.
Para que le dé un saludo
con criolla reverencia
es hora de hacer conciencia
en nuestra amada terruca:
César G. Torres Rodríguez (1912-1994)


Joaquín Oronoz lo organizó. Movilizó a su primo de Ponce: el licenciado Font-Echeandía. «Vamos a echar algo en sal que valga más que las cortejas», le dijo a Agustín.

«Yo voy a hablarle primero. Después lo rematas tú».

«Sí, sí. Me molesta que ese imbécil tenga tantos hijos realengos».

Cucán Oronoz cree en redimir los nombres que en el lodo del carabalú y el chisme ingrato se revuelcan. Y la jamona Concha Font es una que vitupera a los hombres, precisamente, por salaces y burlones. Mujeriegos, puercos, infieles... ¡Tanto odia a los machos / fornicarios / con hijos realengos por doquiera / y tanto a la ramería que ella misma se cose las pantaletas! Que nadie se imagine ni su nalgatorio. Mejor beata, con toca y mantilla, que puta con uñas de gata... y bien que se junta con los que odian a los bastardos, se une al güiri güiri, con que Zaida Pérez y algunas Oronoces se entretienen, incluyendo a Emilita Arbona y la esposa de Rigo, que es de la prestigiosa familia Echevarría. Tela para cortar ya tienen. El carabalú que Cucán ha formado para redimir al banquero Millón Font y agenciarse la gratitud de Peregrina, la bastarda.

«De plano, hay mujeres que, amén de ser bastardas, no tienen el mínimo de clase», dijeron las representantes locales del blanquitaje y elitismo.

Y comparan a Carmiña, hija de Manuela Cabanillas, con Peregrina. «Han de sentirse como gallinas en corral ajeno; no imagino que puedan estar juntas».

«Serán como aceite y vinagre», ríen.

«Si hasta el mismo Abraham Bonilla me lo dijo», lo citan, «de Krajo no le vendo ni un carajo». Es que Carmiña es fea de cara. Es retardada, bruta. Es mujer para un sargento. Hembra sólo valiosa por lo que tiene de nalga. Y, Emilita Arbona, esposa de Cucán, sabe que es una injusticia que ésto se diga. Es objetivamente cierto que Peregrina y Carmiña son distintas; pero, «ambas han de ser buenas señoras, con virtudes, dignas de sus casas». No por ser pobre se es puta. No por ser bastarda se es una «buena para nada». Y Emilita dice más: «Yo apoyo a Cucán. Que haya un reencuentro de hermanas. Que haya reconocimiento, reconciliación de padre e hija, perdón, la oportunidad de convivencia. Que con el apellido debe ir parejo una cierta credibilidad».

Victoria Font adujo: «Ha de ser una machorra, cazafortuna esa tal… golondrina sin nidaje, palomita viajera» y aseguró que la intuición femenina se lo dice. Seguramente, según añadió, María Peregrina dirá a su hermana: «¿Cómo crees, Carmiña, que puedo dedicarte tiempo? ¡Es que la gente de hoy, en este pueblo, o en cualquier otro, ya no está por nadie!»

Ahora, en 1956, por causa de Cucán, se está a punto de presenciarse un milagro. La gente rica de Pepino está nerviosa, Cucán quiere ser el milagrero. Invoca y une fuerzas. Habla aquí, comenta allá, siempre siquitrillando... Ahora se pinta como el casinista de la Nueva Era, no de la exclusión y el atropello. Viva la fraternidad. Ha surgido hasta un club de caballeros al que se unió Trichulis. A veces, «no, siempre, hay una segunda oportunidad y hay que rezurcir los prestigios acabados por la vileza de la cobardía». A veces hay que salir al Topos Uranus y ver las Ideas, no desde los cubujones donde se acomodan las sombras. No desde las cavernas.

Todo sucedió cuando, entre tragos, Cucán y sus amigos, Bonilla y el novelista y defensor de su padre [Cheo Font Feliú] repasaron la historia del poeta, Moncho Lira, aquel enamorado, hijo de Rosa Torres, cuyo delito parece … haber sido ser tan pobre. Un hijo natural para acabarla de joder. Quintín Perdomo, cura tan respetado, decía: «Es cierto que es pobre; pero tiene luz». Y si Quintín Octaviano Perdomo todavía viviese, diría lo mismo de María Peregrina. El llamaría a su confesionario al pecador, tú, Emilio Font y diría lo que procede en estos casos: «No has tratado bien a Peregrina. Es cierto que nació en el Joyo de Millán y fruto de tus aventuras, pero esa niña tiene luz».

¿Y quién que tenga luz va y coloca y encubre, o esconde su candil, bajo el calabacín de sus ambiguedades? Y así fue que hizo José Mislán con un poeta, Ramoncito la Lira, su hijo, dejándole sin el apellido, sin nutrición paterna, sin aire para que su luz se esparza y queme oxígeno… y mire usted, ahora lo dice Oronoz Font, no el Cura Aponte a quien él [yo, Joaquín Nicolás] mandó a la porreta en tiempos del Partido Acción Cristiana.
«Para que merezcamos la luz de su verdad, hay que escuchar al pueblo».

«Y Tablastilla sabe que María es una Font de tu sangre».

El pueblo sabe que, además de Manuela Cabanillas, madre de Carmiña, Emilio Font tiene otras «costillitas» y «secretos» más abajo del Joyo de Millán. Se desbalaga, como en su tiempo lo hizo Cheo, con Cirila la Yegua, hermana y linaje de Sandalio.

2.

María Peregrina ha triunfado, sin ayuda de ninguno. Es la mujer de éxito. Es la promesa luminosa. Es otro pie de espada blanca. Y entra en La Fortaleza con Doña Inés Mendoza, la Primera Dama, se le tiene en la mayor estima. Y eso conviene a este pueblo. «Te conviene a tí, Millón. No es bueno que te entierren con la fama de un bicho miserable. O que se diga: ¡Mira qué padre malo! Tiene una vela y la tapa con un calabacín. La espachurra con un plato, en vez de hacerla luz que ilumine nuestros mundos».

Tablastilla y el pueblo entero la vio desde pequeña. Es una hermosa Font. Es la que para el tráfico en el Pueblo, desde los 17 años por los años ’40… Se extraña su silueta desde entonces. ¡Qué dos piernas tan lindas! Y su busto, excelente… Desde sus años en la Escuela Secundaria, los mozos del pueblo se relamen. La vieron irse a Nueva York y hay una cierta tristeza en los varones. Un pedacito de pueblo se sumergió en las sombras. A María Peregrina le perdió la pista. Mas ha triunfando. Es célebre y de cada marido que se le muere hereda sus millones.

María aprendió inglés. Después se supo cultivándose aúN más. Habla un francés fino en las grandes fiestas y, cuando se casó con Casenave y vivió en Puerto Rico, quedó viuda. Entró a círculos selectos sanjuaneros. Ahora está casada con el primo del rector de la Universidad de Puerto Rico. Es un hecho que está dictando la moda del jet-set y se le observa cuando baja, o sube, de su limousine de luxe. Se le oye cuando diseña y da órdenes, o hace negocios en inglés o en francés. Su mundo es refinado.

Ha de tener, así de hermosos sus riñones, aunque no tiene hijos. Lo que más ama es su colección de cuadros. Cuando se siente afrancesada, da cátedra. Algo de ella recuerda a Marcianita Echeandía Font en sus mejores tiempos. Son ideologías distintas. Marcianita, radical. María Peregrina, anti-proletaria. Mas ella expresa su admiración por Renoir y Cezanne. Va a conciertos. Oye música clásica.

Alguna pintura en sus colecciones es un Renoir auténtico y ella paga lo que sea. Colecciona arte. Tiene un Picasso. Vive en el esplendor de su prestigio bien ganado y merecido. En su taller de ropa, en Nueva York diseña y cose junto a ocho empleados. Elige selectivamente el talento. Es una mujer que sabe. Cuando se cansa, se viene a su mansión de Puerto Rico, en el Viejo San Juan. Y se deja chulear por Frontera, cuya penosa muerte en manos de Pata de Cloche, la conmovió de veras. Pero, en este Puerto Rico, la homofobia impera. El pecado de Iván fue ser excéntrico. Gay. como se dice en New York. Un mariconazo que escribe la nota social para el periódico El Mundo.

En Nueva York, donde importa muy poco si ella es bastarda, dicen que la boricua parece una alemana. Tiene la elegancia de su estirpe. Es inteligente, lista. Tiene que serlo cuando la aclama el jet-set de América Latina y su nombre se cita en los periódicos. La busca el Certamen de Señorita Universo para que vista a sus reinas o concursantes y el jet-set de los petroleros venezolanos. Bien que, desde sus años juveniles, habría podido ella ser Miss Universe.

«¿Viste lo que dijo Iván Frontera en su columna?»

«Hay que traerla al Casino y presentarla, Millón. Tú dale un beso cariñoso en público. Arrebátesela en ese montón de bellacos muñocistas».

En fin, que echaron algo en sal para que Peregrina se asentara en estos nidos. En algo quiso velificarse hasta Carmiña, su hermana. Ella dice que también merece su aprecio y no lo tiene. No lo tiene porque está en Pepino, donde su propia gente la difama y a su piel se la escardilla como quien arrancara mala hierba de los jardines familiares de los Font originarios.

Cucán no quiere que la claque elitista a la que ha pertenecido se vaya a cañocales. Desde la muerte de Alicia Franco y el quebrantamiento moral que el sacerdote Aponte produjo en este pueblo, se está derrotando el prestigio de apellidos que tenían su charisma weberiano. Una mística cuasi mística, fascinadora, pero secularista, porque «tú sabes, Millón, hay que tener los pies en la tierra, aunque un poquito el alma en el cielo».

«¿Pero qué dirá Carmiña si le doy una hermana con la que no ha hablado nunca?»

«Millón, déjamelo todo a mí. Estos no son los tiempos de Rodríguez Cabrero como para dar bola negra al poeta enamorado, al hijo de Mislán? Empecemos ya a corregir errores… Yo soy el León Mayor; yo hago carnavales y traigo a Pablo Elvira y a Casals, si es necesario».

… que no la vayan a ofender, diciéndole… es baaastaaaardaaaa… sss...

Eso sí, bastarda, señalada, murmurada. A escondidas, en la casa de los ricos fue descrita con estigmas. Linda. Nadie lo niega… pero es bastardaaaaaaaaaa... No conviene que esté presente en el Casino. Que venga a nuestros bailes…

Queriendo o no, año tras año, a ella hicieron lo que a Ramón María, poeta que hoy tiene su busto de bronce que lo honra en medio de la Plaza Baldorioty. Hoy que se sabe que fue admirado por los próceres De Diego, Muñoz Rivera, Luis Rodríguez Cabrero, hoy que las escuelas son bautizadas con su nombre y se cita en las tesis doctorales y se rescatan sus poemas del olvido, todo el mundo quiere a Ramón María Torres, el bastardo de Mislán…

Y Cucán le dijo al primo: «No dejemos que sean otros los que se lleven a Peregrina a sus palomares. Escríbele una carta y díle: Soy tu padre. Perdóname».

Y lo arreglaron para que fuera de este modo: reconciliativo, civilizado, socialmente adecuado. Hasta Carmiña buscó a quien la amara, sin verse en el maltrato. «No soy un saco de paja, María, y así me tratan», dijo a ella por sincerarse; pero tenía la fama de morona y la cara feuca. Y María Peregrina detectó, tal como el Pueblo lo chismara, que sus mundos eran diferentes. Ella hiede en su Pepino de sombras. Inicialmente, le regaló un perfume. Carmiña, elemental como en lechiga en penumbras de macho golpeador y en antro de mediocridades, con el vaho elemental de la mala alquimia. La Peregrina, como las propias rosas, muy a gusto al conversar sobre otros círculos, mundos con anhelos y costumbres distintas. Sí, con otras gentes. Entonces, le dijo lo mismo que a Millón, su padre:

«Yo dejé el Joyo de Millán en el olvido; pero, nací ahí. No lo niego».
También así lo dijo a Carmiña porque ésta le dijo; «Te necesito».

«¿Y para qué?... Yo me fuí de Pepino; pero ya nada tengo aquí. Somos hermanas por papeles. Sólo eso».

Fue un momento tan duro. Tan poco sentimental. Como el asesinato que perpetró Pata de Cloche. Por un momento, ya que aceptó el apellido, reaccionó, desafió el silencio, como quien pregunta ¿qué hice? y miró a su padre. Millón aseguró que, a partir de este momento, pondría a su disposición su mundo, sus finanzas, sus amistades…

«No es necesario, señor. Usted es mi padre en papel. Ahora, mi amor y futuro apellido ha de ser Thompson». Aludió a un enamorado.

Emilio Font, su padre, supo al fin que todo fue inútil. Antes ella se dijo Casenave y Benítez… Ahora anuncia que será Thompson… «Ser Font en papel, tan tardíamente, no cambiaría a María Peregrina. Un apellido no le quitó el sueño. Ni ha abierto puertas ni se las ha cerrado. Ha vivido para creer en sí. Dijo: «Como Stirner».

«¿Quién dijo?», preguntó Cucán.

«Stirner, la referencia al yo absoluto, individualizado», aclaró Font.

«¿Me entiende ahora? Oronoz… licenciado Font-Echeandía».

Ellos guardaron silencio, pero pelaron los ojos. Uno y cada uno de ellos. Fue como una bofetada con guante blanco.


13-9-1990 /
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El disparo


La triste hora de partida,
la hora aquella del antaño,
que nos hizo tanto daño:
la hora de la despedida.
Son las cosas de la vida...
¡qué más podemos hacer!
¡Revivir hoy el AYER!
despedirnos del Pepino!

Juan Roure Marrero (pepiniano adoptivo), Volver a Pepino



Cuando murió Edelmiro en Las Marías, Pascual, su hijo, tenía la edad de 22 años. Oyó las voces de alarma que provocó el disparo; pero, al parecer, nadie en Los Velez identificó por dónde provino el sonido del tiro. La visita del esclavo Pedro y la entrega del paquetillo que Edelmiro había dejado para él, extrañó a la suspicaz Margarita.

«¡Un disparo, oímos un disparo!»

En finca tan inmensa, buscar al herido fue como buscar una aguja en el pajar. A los 5:00 minutos de haberse despedido, Pedro volvió a la casa del amo y preguntó a varios peones asustados, reunidos en el batey:

«¿Sonó disparo, ah?»

Fingió su conducta porque él sabía algo. Obedeció al amo. El mayordomo y Pascual salieron a investigar.

Pedro se unió a los peones que salían, de improviso, del espeso monte, por distintas direcciones y caminos, para ayudar en la búsqueda del hombre armado. O del herido. O del muerto. E hizo que la mayoría de ellos pensara confusamente sobre el incidente y, sobre todo, que se enteraran de la amistad y el aprecio que tenía a don Edelmiro, «quien me emancipó y quiso que trabajara para él, no para su padre».

Fue Pedro quien puso a Edelmiro sobre una carreta para llevarlo a Juncal y fue Pascual, quien dedujo que se cayó del árbol de baobab, porque vio rastros del espeso ramaje sobre el cadáver. Se informó sobre el accidente tal como Pedro quiso y se bajaron de las más altas ramas hilachas de la camisa de Edelmiro, manchadas con sangre. «De una caída, iba a perder la vida mi Cielito!», dijo Nicasia desconsolada.

La pistola se disparó sola, al caer: conclusión general. O él se suicidó. No se supo. Nadie fue experto. No se llamó un forense. Y el padre, Don Manuel, no quiso saberlo, sólo que se lo entierren en Las Marías para que las vírgenes le consuelen los pecados antes que lo reciba Dios. Para Manuel, es mejor que pensar en Pedro, como el asesino. «Este negro quebrao es un cobarde. No tendría las agallas pa'matarlo».

Eulalia lloró tanto que Pascual se arrepintió alguna vez de culparla de tener amores con Zarratea, el Vasco. Le remordió la consciencia por haber hecho infeliz a su padre, por causa de sus diretes de comadre y las discusiones que, entre Edelmiro y Margarita, se creaban. Por eso, se fue de la casa de Margarita, tomó por mujer una chica de Juncal y nadie supo más de él, yéndose del Pepino, tal vez con los Hermida de San Juan.

Pasado el sepelio y las novenas, el entierro en el bosquecillo de Las Marías, Pedro no se había marchado. Quiso probarse más hombre que Guillermo. O de si era capaz de chantejear a Eulalia. Traía tal confusión en su cabeza que no sabía si odiar o amar a la hija del amo.

Indice / El pueblo en sombras / El disparo / 32.

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Don Agudo fue lavapotes

Don Manuel está borracho



Más allá de la infancia percibía
noches de hondo luchar, noches amargas:

Juan Aviles Medina (1904-1994)


Una noche de grandes lluvias, Pascual, el hijo de Edelmiro, halló a Eulalia, su tía, perdida en los campos de yautías y ñames. Cuidaba del Abuelo. Manuel bebió y se aturdió y, así agotado por los excesos, dormía la zorra. Bebía para llorar a Edelmiro, el muerto. Lloró porque, sin recordar cuál fue el motivo, golpeó a Eulalia. Sentía mucha vergüenza de haber pegado a su bolsa 'e jiña después de años de mimos. No supo cómo mirarla a la cara, al menos, hasta que desapareció el moretón de su carita.

Durante tres días, don Manuel se había ausentado de la casa del amo. ¡Bebía con desfachatez inusitada! Los peones temieron su hurañez agresiva. El amo estaba irreconocible, desgarbado y atroz. Eulalia recibió la primera pescozada de su vida. En su rostro se marcó el moretón enorme. Dijo haberse caído, enredándose en bejucales.

A las 5:00 de la madrugada, después de mucho buscarlos, la familia dio con ellos. ¡Ambos hechos una calamidad! La hija tiritaba de frío; pero, desde las 10:00 de la noche, no se separó de Manuel, según se dijo. Y tenía su cabeza sobre su regazo, cubriéndole con la sombrilla que Josefa, marquesa de marras, ex-amante de Juan Bautista Topete, recogida de Prim, dejó cuando les visito en Mirabales. Sin duda, Eulalia no tuvo las fuerzas para subirlo al caballo y regresarlo a la casa. Pascual supo que Pedro no se había ido, porque lo vió cerca de ellos, en acecho, con su machete en la mano. ¿Qué pretendería?

«¡Sal de ahí, negro!», gritó Pascual. «¡Sal o te mato!»

Y Pedro salió. Perdió la oportunidad para materializar la hazaña: matar a Eulalia delante de su padre.

Nicasia, su madre, accedió a irse a Cuba. La viejita se vistió para el viaje con un vestido de tela de bayal y una blusa de piqué. Su pelo había encanecido al máximo; pero seguía siendo largo y abundante. Eulalia la peinó y afeitó la barba del viejo Manuel. Cuando puso el barbicacho bajo la garganta de su padre, comparó los ojos de ellos con los suyos. Antes de la afeitada, miró a Nicasia: ¡seca y dura como pasa; pero 75 años no había quitado sus ganas de vivir y trabajar! Sus ojos azules, brillantes y enormes, expresaban alegrías y tristezas, esperanzas y decepciones, con la sabiduría natural de su fuerza y su amor.

«Seguís siendo una rabona, bolsa 'e jiña»—, dijo él. La última vez que alguien le diría tan cariñosamente tal grosería. Se fueron en septiembre de 1865, poco después que Margarita lo hizo y algo antes que Emilio Avelino muriera en Cidral.

Por la carta que Casildo Vélez del Río envió a su hermana Ximena, Eulalia supo que sus padres no se fueron con la pariente Pamela; pero Nepo La Pasca fue quien les recibió en La Habana. ¡Un sentimiento de soledad se apoderó de Eulalia! Al menos, sí esperó que Nicodema escribiera alguna vez. Que la recordara. Y se cansó. Un día le dijeron: «Dáles por muertos!» Son tránsfugas espirituales.

2.

En 1867, Eulalia Prat hizo su primer viaje para unas compras en los almacenes Cabrero & Hijos. Como heredera de la hacienda, oyó que muchos quieren saber si vende sus cafetales. Le preguntan si todavía Manuel hace carretas, o tiene peones que corten árboles y aserren maderas. Estuvo en tal diligencia y se le acercaron para darle noticias sobre los achaques que tenían en cama al buen amigo * de su padre, don Andrés Manuel. El viejo, padre del poeta Manuel Joaquín y Andrés, el administrador del almacén Cabrero.

Como no subía al Sector Pueblo tan frecuentemente como se esperaba de ella, se le desconocía en la Iglesia y el párroco, Hilarión Antonio Gallardo, se quejaba de la familia Prat cuando gente de Mirabales iba y le contaba de que se fue el jefe de su barrio a Cuba, viejo hacendado. Y cuando murió Edelmiro, hijo del jefe del barrio Mirabeles, se dio una situación de pesadumbre. Se murió ateo, sin óleos. Se mató suicidamente porque la hija del jefe del barrio cedió a darse sus amores con Guillermo, el Jabato. Esto se sabía por todo Mirabales, Cidral, Juncal, Las Marías y Furnias, dicho por la peonada. Hablarse escandalosamente de Eulalia Prat debió ser la venganza de Margarita Hermida Gavarres, Pedro, el Potro Quebrao, y el mismo Tomás Nuñez, el ex-novio despechado. «Echen a volar la historia de esa puta, la maestrita».

El cura supo todo, pero en gesto de gentileza, el Padre Gallardo la saludó con cariño ante la familia Cabrero, ignorando toda habladuría.

«¡Eres una linda muchacha!», fue la única exclamación de Gallardo. Había pensado que era mucho más vieja.

Juan Bautista, primogénito de Cabrero, asintió con la cabeza; pero salió rumbo al almacén. A ella la pasaron a la habitación donde Andrés Manuel convalecía. Oyó que dijeron, como en secreteo del servicio doméstico: «Es una Prat».

«Quiero ir a Mirabales a ver a Manuel cuando convalezca. Me gusta discutir con él».

E hizo un recuento sobre la última discusión. La oferta de John Tyler, expresidente del Norte angloamericano, a España en 1843: dar su ayuda para mantener su dominación sobre Cuba. La idea fue evitar otros brotes revolucionarios, con motivación bolivariana, anti-esclavista y maquinaciones, desestabilizadoras, subversivas, británicas. Como inmigrante y procedente venezolano, con nexos administrativos con el Rey, Cabrero se conocía los detalles de aquellas revoluciones boliviarianas que, en parte, lo trajeron a esta antilla.

En los tiempos en que Prat llegara a Pepino, no se hablaba de otra cosa: la conspiración Soles y Rayos (1823), con Simón Bolívar a la cabeza y, en marzo de 1826, otra conjura en Cuba de Francisco de Agüero y Manuel Andrés Sánchez, de simpatías boliviarianas y contactos en Cartagena (Colombia). Estos revolucionarios murieron en la horca, después de su aprehensión.

Un complot de La Gran Logia del Aguila Negra fue descubierto en 1830 y, por tal razón, España recrudeció su poder represivo con el envío de generales con facultades omnímodas y deseos de ejecuciones, e.g., como el período de Miguel Tacón y Rosique. Entre 1834 y 1838, Tacón decretó una guerra sin cuartel contra las ideas emancipadoras y contribuyó a la expulsión de los delegados cubanos de las Cortes Españolas. Este veterano de la defensa de Orán anuló en Cuba el derecho a la posesión y portación de armas por los ciudadanos, al tomar el mando militar.

Hace poco más de quince años, recordó Cabrero, que lo que más llamara la atención a don Manuel Prat fue la existencia del tal Nepo La Pasca que fue su amigo en una Escuela Naval y cómo leyó en una guía de viajeros que reparó unos barcos en el Puerto de Cárdenas al gobierno de España. Y coincidió ese trabajo de Nepo con una invasión. «Y ví los yankes por primera vez, como Jacob cuando dijera al soñar con una escalera de la tierra al Cielo por la que bajaban y subían ángeles y querubines».

Con expedición de 600 hombres, en su mayoría anglomericanos, Narciso López salió de Nueva Orléans en 1850, desembarcó en Cárdenas el 19 de mayo y se apoderó de la ciudad. Al no hallar apoyo pupular, se retiró con la bandera que fue diseñada en New York en la casa del poeta Miguel Teurbe Tolón. Y volvió, al año siguiente, con tan mala suerte que, antes que organizar revolución alguna, cayó preso de los españoles y fue ejecutado.

Todavía se asustó don Nepo La Pasca, ya regresado a La Habana. Tras otro pronunciamiento contra España, se fusiló a Joaquín de Agüero, Ramón Pintó, Isidoro Armenteros, Francisco d' Strampes y otros, en 1851.

«Papá se fue a Cuba. Me dejó sola para siempre; pero no se preocupe. Mi casa está para usted, don Andrés. Venga porque yo casi no voy a ningún lado y que me hable de política, como con mi padre, me agrada».

La tradición de los Prat fue enterrar en Las Marías a sus muertos en un huerto de boababos africanos.


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( * ) En la tradición de la familia Vélez-Cadafalch y Prat-Vélez, se adujo que Manuel Prat Ayats mantuvo una amistad con Andrés Manuel Cabrero Escobedo, «desde los años que se reedificaba la Iglesia Católica» y que enviaba al Alcalde Segundo, Agustín Cabrero, «a comprarle maderas de su finca». La fecha entonces del comienzo de esta amistad sería 1835 a 1838. Doña María L. Rodríguez Rabell dijo que Manuel Prat fue el primero en el campo que aplicó la ley de La Libreta del Gobernador López de Baños porque su propia peonada le estaban robando y no le querían trabajar como se debía.
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