Wednesday, October 08, 2008

Evaristo y la Trevi

... ya no puedo más, / pero no logras hacerme llorar /
y esta noche no aguanto más... / hoy me hieres./
me está doliendo la espalda, / a ver quien me abraza, /
a ver quien me alcanza:
Gloria Trevi


Hoy fue su gran oportunidad. La mejor de todas las ocasiones. Ella vino a su ciudad. ¿Se imaginan lo alborotado que se puso? Aquí abajo, en este predio, a dos cuadras de su casa, bajaría ese ángel que ella es (claro que, a veces, la llamaría mi genio, como si de veras saliera de las lámparas del capricho y de la idolatría, llena de anhelos, en celebración de los imposibles sueños, que se atesoran despiertos), aunque siempre sujetos al azar. Ella es loquilla y adorable, así la describe. Son muchos los que piensan como él.

Evaristo es celoso. Quitó los carteles de algunas paredes públicas. La propaganda la avisaba, en grandes letras, reproduciéndola con imágenes de su almanaque como la fruta prohibida y un nalgatorio zarriento. Esto le concierne porque ella no ha de ser la manzana de discordia y no quiere que nadie la mordisquée como si fuese una Eva afrodisíaca y demónica, la rechiflada harlot, la inveterada flapper del desgarbo nopalero, gustosa de bacanalias, con movimientos de hipster punky-funky... A distancia, la realidad de Televisa será su qualia, es decir, horizonte lejano, precario, subjetivo, desechable y un mercado condicionado por ambiciosos, lugar donde él no puede estar por razón de que es un imbécil, tan mediocre y oscuro, soñador y miserable; pero, cuando él vive este mundarro de conspiraciones farandúlicas y lo interioriza, lo consume como su única porción de lo que Dios prodiga y la sociedad controla como pedazo de utopía y fábrica de sueños, es distinto.

Lo fantástico se vuelve real y él, como hampón de lo intersubjetivo, se pilotea con mañas. No como un pobre. Cree que va sobre la alfombra voladora y mágica y que, con sus más amadas estrellas, se vuelve el libertador de genios y, sobre todo, el pedidor de deseos. Dice que tiene la lámpara de Aladino y que La Trevi salió de una botella, o de una lámpara divina que, al frontarla, es la ternura viva y la incondicionalidad mágica de la artista con su público y con su admirador más prendido. ¡El, él! ¡Evaristo!

Cabizbajo está, así nació. Vulnerable. Loser, como le han llamado. Su nombre es Evaristo. Se irá derechito a la mismísima trastienda de la glorificación. Salta el muro. Transmuta lo hostil con magia del qualia y será, de este modo, el más feliz de los chavos del vecindario. Dice que La Trevi lo recibirá en un mundo aparte, íntimo, de ambos. Un mundo real de imaginación.

Esto ocurrirá, como casi siempre, cuando ella finalice el show. El asegura que se le dedicará una de las rockerísimas extravanganzas, que no faltan en los conciertos de La Trevi y que ella improvisará, según supone en su delirio, con la voz ronquilla que tiene y el recuerdo de él que ella guarda, teniéndole más presente que un petardo, o un repentino juego de luces de bengala, una dedicatoria ante chorrocientos mil espectadores. «Para mi fan más especial, para Evaristo, que no pudo estar aquí, conmigo esta noche.. para Evaristo... para Evaristo».

Acabado el espectáculo, ella llegará donde quiera que él urda la cita. Mentira que sea para juntarse con Sergio Andrade. Viene a verlo a él, el pendejete. Y él se quejará de lo sucedido. Ella sabrá que él hizo todo lo posible por estar allí. «No importa, Evaristo». Y esa frase lo compensará todo. Se trascenderá la burla y el menosprecio. A las miserias suyas, le saldrán contextos de complacencia y de tranquilidad. Para él, será fácil creer que ambos han buscado, cada cual a su manera, los mejores ideales, la fe más tibia y la reciprocidad de este amor exagerado. ¡Y este obsesivo deseo de estar allí, pese a que le obstruyen la entrada!

Hay mucha miseria en la vida de Evaristo, pero la verja de la esquina, allí donde es la cita, lleva a la casa ajena. Es cierto que hay unos muros, altos y alambrados. Y él, los brinca con palabras, cuyos significados se le escapan a veces. El salta al jardín de La Trevi y utiliza los adjetivos que son flores. Se trata de un jardín intempestivo. Confía que los verbos han de tomarse por sus acciones heroicas. Es tan palaciego lo que a ella concierne que sobra hasta la beatitud y la belleza, dice el bobo, en sospecha del ídolo. Con ella, no hay egoísmo ni oprobio, ni penuria ni desvergüenza.

Ella es una reina y, si acaso le informaran, que él es tartamudo, tarado, minusválido, ¿qué importa? Con ojos, como los que ella tiene, ¿qué puede mirar que no sea transformado al punto, siendo ella su mismísimo ángel transfigurador, con su plexo de potestades que hollan a los escorpiones? Cuando es la salud dispensada, toda juventud encantadora, toda ensueño compensador, en forma de chavala atrabancada, y cuando es una redentora femínea que brinca y despotrica, ¿qué lamento ha de tener quien tiene los ojos bizcos, una pierna más corta que la otra, una inteligencia que pide su mirada compasiva, precisamente, por él y ante él, que es de lo que aman, de los que saben sus límites ingénitos?

Entonces, se confía de que es, por igual, como la abuela que lo cuida, una mujer que inventa una y mil milagros guadalupanos. ¡Ay, Santa Trevi, gloria santa! De cierto que, en virtud de tal fe, Dios llora en las grietas de la pared, y La Sagrada Lupita se reproduce en los techos, o el fantasma de una luz llena la casa del bobo y su abuela. Y es La Trevi como Lupe, o La Lupita con las greñas de la regiomontana, y cualquiera podrá ser la deidad que traiga a las gentes de los noticiarios televisivos a ver lo que el Altísimo forma con sombras, con tenues trazos de humedad, con despóticas e inefables junturas de texturas y matices. La casa se les está cayendo encima a ambos y La Trevi, ¿qué sabe?

La fe como este amor no es fácil. Evaristo lo comprende y sufre, porque le han llenado la cabeza de mentiras. Los incrédulos escriben mil pamplinas, conspiran el desaliento, chisman en el lavadero, con su farándula en bruto y él los lee y se quema de celos, con ansias de saber quién es su rival, por qué la atacan, por qué la pintan de cruel siendo inocente y amorosa!

Otros se ligan a Gloria Trevi, le hablan bonito, le pellizcan su traserito, le avientan groseras palabras, si ella no se retrae de las cochambres! «¡No me mires más las piernas, no!», dijo ella en su canción... Y él quiere saberlo todo, ¡todo! y lee lo que se diga sobre ella. Enciende el televisor... y sufre y calla...

Evaristo planeó ir a verla. Quiso protegerla más de cerca, estar allí, como su ángel de la guarda. Donde él vecindario la aplauda con ahinco, o la carcoma con lujuria, ahí estaría como un guarura.

II.


Y, por querer ir a verla, por enésima vez, supo que es el más pobre de los pobres y que los espectáculos pagados no son para él. Entonces, tuvo que imaginar que él tendría que volverse el más audaz e imaginativo aprovechador de los espacios libres, alguien capaz de bucear entre sombras y prohibiciones, y filtrarse como quien se desplaza en el interior de una botella, de encierro y asfixia.

¡Ah, cuando burle a los security guards, será como el genio embotellado, experto espíritu de tránsfuga! A fin de lograrlo, bajaría las escaleras con el sigilo de un gato, se colocaría tras las bambalinas como un rayito de luz, se llegaría hasta su camerino. Vaticina que, desde allí, sabría meterse tras alguna cortina. Entonces, espiar el momento cuando se desnude, o tenga un cambio de ropa y se vista un calzón agujereado y unas medias de vívidos colores y bolitas... Y él, desde el improvisado rincón, cohibido de silencio, se gozaría.
Miraría sus pechos y, con mucho amor, los besaría con el rabito de los ojos; se tragaría los pezones suyos que ya conoció de un calendario y, con señales de lengua, diría adiós, sin querer despedirse; pero, con su relamerse, él inventaría la sonrisa y la gratitud y después a soñarla, al regresar a casa.

Cuando él suspire, con algún triunfo del alma, será por causa del autógrafo. Ella firmará su nombre en un papel que él traería doblado en el bolsillo, donde a veces está su corazón en lamento, y recordará que no ha pagado, que se coló como un cínico de mierda, que ni siquiera ante su ídolo valora el precio del boleto. Entró de gratis, aunque no de oquis. Fue a verla, pasó por listo, se arrechó a su lado. Le extendió la mano, se tomó una foto, con la niña de sus ojos.

Al avanzar el show, ya él estará sentado en cualquier banca que sobre en el teatro y, si hay un acierto del destino, por designio de Dios y de Lupita, cuando La Trevi seleccione al elegido para echar de sí los pantalones abajo al machista, él será el muy refistolero, la imagen de este símbolo oportuno... y se dejará desnudar para que el show siga, con la escena de él y ella, en la cachonda osadía de este a-TREVI-miento.

Ella es la que agita su manita en su bragueta. Antes abrirá su camisa, luego, según se dice, ella bajará la cremallera y él tendrá la sensación de su fierro duro. En privacía, muchas veces, un espejismo de erotismo lo derrama, se chaquetea con la gloria de su nombre y se frota en la botella del instinto para que ella salga, como pulsátil serpiente tentadora, a cumplir sus deseos de niñajo imbécil. ¿Cómo será esta vez, si le tiemblan las piernas con sólo imaginar lo que ella hace con él, ante los mil chorrocientos ojos de esta turba, que la aclaman?

Según calcula al cotejar el cartel con el horario, el show ya finaliza. En realidad, no fue. ¿Con qué ojos, divino tuerto? ¿Con qué dinero? Sus camisas están sucias, con el cuello pintado en mugre. Sus zapatos rotos, «Trevi, como los tuyos», sus calzoncillos hilachentos, por tantas lavadas. ¿Con qué orgullo lanzarse como el blanco a la afrenta del choteo y darse ese quemón con sus miserias?

Y si ella, después de desabrochar su camisa o pantalones de él, viera ese pecho lampiño, enjuto y macilento, ¿con qué estímulo inaugural ella vendría a quererlo o con qué dignidad sabría él insistir en que siga, exhibiéndole en plenitud como varón de honra? ¿Cómo mirar a su boca coqueta, a su lengua de irónico frenesí, a sus manos tibias y apasionadas, que alguna compensación buscan con el acto? ¿Qué tal si le dijera: «¡Pinche canijo, mejor te bañas!?»

Aquí, en la tirria de lo trunco, en la desazón de su inútil propósito, se mira en el espejo, con calzoncillos rotos y descalzo, con la boca jadeante por la falta de besos, con las orejas caídas como chucho piojoso. Y, en el fondo del espejo, ella se ubica de pronto. Es un cartel lleno de promesas y alguien parece que sonríe. Evaristo se imagina que sonríe para él, que le susurra sus mimos y que la imagen de ella cobra vida.

Y, a la faldica escocesa con que ella viste, un abanico viejo la aventola y él palpa una papaya jugosa, como la que aparece en su primer calendario: Gloria Trevi sentada consumiendo tal fruta... pero ésta, la papaya que él mira, faldita abajo está, tras la tela verdosa de un braguero. En su consciencia de piel erotizada, se insinúa un montículo de pelos, el más pleno desmadre de su gozo: su vulva como subliminal objetivo.

Evaristo es un vecino agradecido. Ahora se jacta que ella lo ha llamado desde su inmensa colección de recortes de prensa, carteles y memorabilia. Para él, sus calendarios son el tesoro más valioso. Tiene su música grabada, joyas de la piratería y hasta cintas en video de sus shows... ¡Qué lástima que carezca de un equipo de video para su pequeña cajita de TV, o que no pueda comprar tantas revistas a colores, o las cosas que venden con ella como fetiche!

Pero, mira cómo sale. Ella es el escándalo para las publicaciones y él brinca de entusiasmo cuando algo consigue que la tenga en despatarre y pataratas... Ahora nadie sabe a dónde va... dicen que se mete a donde no le llaman, que se abanica en una histeria hebefrénica cuando se pule, bien prendido y de pilón... que va a cualquier lugar hasta que le cuentan, fans de los que han ido a mirarla, que fue la apoteosis, auditorio lleno.

Evaristo necesita de esta dicha, que es su vivirse en calma, su único vivirse. En el consumo del detalle más mínimo que a la Gloria mencione en sus conciertos, vive. Esta artista vive en él y por ella él vive, sin la vida que le corresponde. Sin ella viviéndolo, le falta vida... y ahora él va a su encuentro. Es cuestión de vida o muerte...

19 de julio de 1992. California
Publicado en «El Repotero Gráfico» (Orange County)

Leyendas históricas y cuentos coloraos / 2.

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Indice: Leyendas históricas y cuentos coloraos




Indice / Palabras Preliminares



La tentación de Marta

No soy Misiá Berraca

El guabá

El muerto

Oblatas del Santísimo Redentor

El ladrón

El héroe

La Tuerta

El sacamantecas

Evaristo y La Trevi

Nau, El Azote

La vulva mística

Mi araña predilecta en el congal

Acosando a Catalina

La traición a la reina

La diva

La Gran Sélika

Fray Juan y el reloj orgánico

El filósofo desengañado

El Tirano místico y Federico

La epopeya de los almendrales

El náufrago

In-cestus

Memoria del ultraje de Floris

El bandido generoso


El escondidazo y la Nomología del Semen Infinito

El programador de incomunicaciones


Tuesday, October 07, 2008

Molina Long

Más importante que enero
no hay otro mes en Pepino:

Rafael Rivera Arroyo, en Enero

De las cosas queridas de este pueblo, la Fiesta al Patrón San Sebastián Mártir es una de ellas. La celebración, tan concurrida y pródiga, es comúnmente referida como Las Patronales y, al organizarse por primera vez, su comienzo fue en la Iglesia. Tal vez como una verbena. «Quizás ya no. Hoy es asunto de comités organizativos, o alcaldes reunidos a oscuritas con empresarios», explicó Piri Márquez.

Al describir en 1952 una fiesta de éstas, el poeta Audeliz dijo que, 60 años atrás, el ápape al Santo de Narbona todavía conservaría su carácter religioso. «Y no es, al fin de cuentas, una conspiración de machineros, pirotécnicos y alcaldes vendiendo derechos de transmisión a emisoras radiales».

Fue Audeliz Aymat Cardona quien anotó que el primer anuncio de la Fiesta del Patrón solía ser un repique de campanas. Este desataría el comienzo fervoroso que consiste en: «unas misas domingueras / o exaltadas, vocingleras» como «el anuncio de unas Fiestas Patronales, legendarias». En rigor, lo que las Fiestas Patronales tienen de leyenda no se duda. Los poetas se han encargado de evocarlo, aunque no siempre hurgando en lo profundo del rastro de la huella, viéndola a fondo. Sin embargo, ha vuelto a recobrarse la tradición de la Novilla. De los Carboneros. De Titina y su carreta, símbolo que mienta los viejos transportes dd campo al pueblo urbano. Esto pone contentos a los que aman el Pueblito donde nació, por cierto, Angel Mislán, pero también Pablo Carajito, el limpiabotas; aquí nacieron Cabreros, Echeandías, Oronoces y Rodones, pero, que no olvide el que venga a la fiesta, muy pomposo, también de la villa son: Manuel La Puerca, Pelo'e Rata, Cheo Achiote, Viejita y Pablo Ratón, Lolo Puya y Marcelo la Daga...

Don Isidro Juarbe, quien fue el cuentero mayor del Pueblo de Pepino, afirmaba que el regreso de Titina y el Caballero de Levita nada tuvo o tiene de prosaico, sino de maravilloso. Pero que alguna rica dinastía, con élites racistas y excluyentes, saboteaban esa parte de la fiesta y de su esplendor mágico. Convivencias posibles y olvidadas del campesino rebeldón y sus esclavos. Todavía Aymat Cardona evocaba uno que otro elemento de esa magia. El creía en el «Pueblo [mío, pueblo amado, / o] que brinda a mi memoria. / los recuerdos del pasado». De esas memorias, sacaba las leyendas misteriosas de las «hadas peregrinas» y los «hombres que atrevidos, / como hidalgos de la Mancha, / se internaban en la sombra silenciosa de la noche». Hombres que terminarnn fructificado los campos, o cuando no a las hadas, a las hembras misteriosas y pálidas. Y Angel Alemán Cardona, otro poeta, proseguiría más tarde con la búsqueda de esa magia, que llamaba el «alma / la forma / la gracia especial»:

… aún extraña la gracia
de Carlos Quemao y Marcial.

Con magia se oía soñar
la flauta de Pelo ‘e Rata;
magia tenía Cheo Achiote
y magia Chalo la Mancha .
Magia tenía la Titina y
la machina de Guilo Vargas.

Magia El Lindy de don Tito
y los ñames de La Jalda.
Magia de los 4 kioskos
en cada esquina de la Plaza
magia el bailarín Don Pepe
y los ranchos de rama de palma.

Magico que si España que exterminó a los taínos en 36 años, como dudara Brau, fuera a Narciso Rabell quien se viera obsesionado por las Indieras 00colección de fósiles y artículos taínos
seis millones de indígenas no se disipan en el aire; él hallará sus bacines con huesos y sus caracoles
k
Mágico el perico de Pedro Jaunarena Oharriz, el navarrés de Ituren , contable de Laurnaga y Co. La cotorra «Don Perico» aprendió a hablar, escuchando la radio, cuando sólo había dos consolitas de radio en todo el Peblo


«Por espacio de diez días, bullicio y algarabía. se espera en cada rincón », alegaría Eurípides Máquez, alias Piri. «¡Tanta gente acorralada!», lo entusiasma. e impresiona. Para Tomás Manzano, las Fiestas Patronales son una catharsis. «Huyen del alma los males», dice sobre la experiencia de participar esn esta tradición «augusta» Y es que si a la Navidad, si espera , con ansias y con expectativas, porque, tras su solemne y hogareña temporada, después advendrá lo que tiene de carnavalero la bochinchez del pueblo. Hay quien dice que en Pepino no descansa bien el santo mártil. Son demasiados petardos los que estalla en las noches. Es el ruido vibrante, escandaloso, del gusano. La máquina de caballitos, al son de alguna melodía, no es tan ruidosa. Y, sin embargo, pocos versos se han hecho de este jinetear sobre caballos de palos de la niñez pepiniana.

Después de Reyes Magos, el entusiasmo por una Fiesta Patronal que ha sumado a sí el nuevo estilo de entretenimiento y comercio, desde principio de siglos, se ha intensificado. Isidro Juarbe explica que ya las fiestas al Patrón no se celebran, con el estilo de antes. Como si fuera el centro de la vida vecinal en el Sector Urbano, de la Fiesta del Patrón se sabía por el fin de los Rosarios en la Casa de los Cabreros.

Es parte de lo que ocurre en enero y la Fiesta del Día Primero, Año Nuevo. Se reinfla como cachetes, con risotadas brutas e inesperados quemones. Juanito Rosa es el bufón que alegremente activa su ocurrencia, que es siempre un catalítico para llamar al relajo. EL prepara sus vecinos y parroquianos con sus chistes. Ya el Niñito de Belén creció y se ha ido, con las octavistas de Navidad. Lo que procede es candela. Al pordiosero Tumba Cocos se le regaló una camisa y pantalón para que estrenara en Año Nuevo y, ya cuando apenas comenzará las Fiestas Patronales, anda zarriento


cuando oye a los pregones diciendo qué variedades pueden verse en la Plaza, cuando la Patronal comience. Ismael El Rabito, guardia del Municipio, siempre trae a;gún adelanto de todo lo que se planea en secreto. «El municipio para sus pepinianos ausenye se va a botar cuando traiga para el Baile »


. Cheo Gorrión que trovó todas las Navidades


Isidro Juarbe, nacido en 1880, cuando sus chistes en El Guayabal, es su esposa Doña Dolores González, la primera que se muere de la risa
se conoce el inicio de esas fiestas, no tanto en cuanto si son de honores a la exstencia del un Santo Patrón, sino en cuanto mientan la hstoria misma de la Plaza de Recreo. «¡Y esa placita tiene historia!»

Siempre con un chiste en la boca, Isidro recuerda el pasado. Sabe quién ha subido y bajado las gradas de ese nicho redondo que estuvo rodeado de barandas y tuvo sus gloritas y sus fuentes.

pisado ese nicho redondo
Y la novedad es que los baloncelistas del «Navy» van a mostrar sus habilidades
Estarán Gerardo y Hernán Pérez Cancio, Ramón Enrique Negrón, Humberto Arce, Pablo Emilio Ruiz, Nacho egrón, Luis Aymat , Fernando Vissepó, Lerqui Cancio y Gerardo Cebollero




carrusel --cuegos artificiales --- vaciar /copiar acrchivos
tener más que cara que espalda-descarao, cara dura

Lolo Puta como machinero
eusebio
mano manca

apesta mas que cartón meao



Pavin La Yegua --bombardinista

Indice / El pueblo en sombras
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Doña Bisa

Monday, October 06, 2008

El derrumbamiento


No es un mundo quimérico, sino un mundo de existencia bruta ya elaborado y organizado en posibilidades rutinarias por la elaboración de otros. Esto me abre dos modos de ser decisivamente opuestos: el ser auténtico enraizado en el sentido explícito de mi situación (Befindlichkeit); y el ser inauténtico que se mueve automáticamente por las roderas y senderos trillados del mundo organizado... El esconderse de uno mismo en las muchas formas de la existencia es inspirado por el temor: Martin Heidegger

El país por fascinado no pudo moverse: Néstor Barreto


El público abarrotó un edificio de dos pisos. Oyentes, más que militantes, compartían usos, juicios y opiniones establecidas sobre la patria y el autonomismo que se asimilaron a las formas generales de la existencia colonial. La colonia fue como el primer piso del auditorio; el segundo piso fue una proyección experimental, descrita muy cuidadosamente por causa de la finitud de esa voz, su hablar, su consciencia que fue y es ser-existir-ahí. Allí. Estamos aquí reunidos... con la voz del líder, la voz-de-todos y cada uno se movió por las roderas de lo trillado y los caminos de lo permitido. Este día se dice todo (el mundo) se sintió feliz y tan eufóricamente patrióticos. España había oído / dado la mitad de lo que se le quiso decir, desde las asambleas previas en Ponce y en Caguas.

«¡Viva Práxedes Mateo Sagasta!»

«¡Viva!»

«¡Viva el Pacto!»

«¡Viva!»

«¡Viva la madre que nos parió!»

Silencio.

«¡Viva España!», corrigieron.

«¡Viva!»

Toda la vida, temporalidad y cuidado, que habían sido los afanes políticos de este público, estuvo con la compañía respetable de sus caciques y prohombres de turno; cada cual, cada uno, huyendo de la responsabilidad personal que fue la libertad, la patria en libertad. Allí nadie hablaba sobre la independencia. Ni de que hay una libertad, como realidad metafísica, que el hombre ama para sí y para otros, sintiéndose tan digno que juzga con ella su salvación, su origen y plenitud de destino. Nadie dijo que Puerto Rico es, o desea, o tiene un ser-nacional. ¿Quién echaría ese secreto a la calles de España? Ninguno que estara allí.

Desde los tiempos del General Romualdo Palacios, se dice que más vale que se ande con cuidado y que se pise sobre terreno firme. El credo autonomista de 1887 fue la razón para que comenzara su saña persecutoria y echara chufas hasta contra el más inocuo e inocente de los paisanos.

«¡Mas no teman!», dijo Miguel Antonio Serrano, del barrio Guatemala, septagenario a la fecha. «Hoy nada nos perturba. Somos sagastinos. Un prócer generoso, pro-ultramarino, nos ampara. Navegamos en buen barco liberal. La angustia de Puerto Rico se ha borrado de la geografía».

Serrano había visto los abusos y atropellos de cinco o seis gobernadores antes del General Palacios, que fue el más odiado de los que maltrató a los borincanos con el componte en el '87.

Dijo, por ejemplo: yo ví gobernadores de Bandos Negreros, de Policía y de Libretas; se dice, pero yo los ví con estos ojos que se han de comer la tierra; sé lo que es comer un pan seco como si hubiese sido esclavo; yo ví este pueblo antes que Juan Manuel Sagardía se casara con Doña Margarita Alers, yo ví su ventorrillo de 1849, cómo fue creciendo hasta volverse la Co. Laurnarga, prestigio en España; yo ví la despulpadora de café de Santiago Acevedo, yo ví, yo oí, yo... se dice, pero yo ví el miedo y cuando nos sacaban los hígados... y hubo que mandar a callarlo, porque, por mucho ver, se le habrían de gastar los ojos. Este día lo querían de fiesta. De mitaca y frutos. De tambores y maracas, «aunque 'ancha es Castilla', ya lo sé».

Se invocó a los hombres de praxis, los hacedores, y de ellos había pocos. El horno no estuvo para galleticas.

Los verdaderos hacedores, de un modo u otro, fueron considerados tiparracos ya que predicaban, en nombre de la vida moral de la anarquía, una sociedad sin el poder del Estado. El tipejo que no tuvo riquezas al menos aspiró a tener su comunidad de vecinos para darse apoyo y para que le comprendiera. Aspiró a su reciprocidad. La vida es comunidad y amor. Por amor, se entiende el conocimiento respetuoso de lo que piensa y hace el prójimo. Pues bien, en la Asamblea nadie se acordó de ellos. Que al Pepino llegó uno que otro socialista libertario. «Eran pocos, pero parió Catana».

Hablaron acerca de Lino Guzmán, un maestro, de Sagardía, masones y espiriteros kardecianos. Mas el Público demandó (y por voz de Demetrio Hernández adujo) que, «aún teniéndolos en el corazón, más vale que pisemos con cautela, con ágiles pies en tierra, porque hay futuros muy abiertos que se escapan. Los generosos sueñan en demasía y hablan mucho sobre la muerte. Por eso se caen. Se derrumban los sueños y deliran con la existencia bruta, no ya con conceptos».

«Hijos de la piedra, aquí tengan la limosna, pero a callar», dijo Ignacio Nuñez, autonomista de Hoya Mala.

No se supo si aplaudieron el humor de Nuñez o la setenciosa oratoria de Hernández.

Tampoco se dejó que se recordara a más de quinientos encarcelados tras el Grito, ni a los patriotas que murieron en las cárceles. Las posibilidades de patria que ellos / luchadores y hacedores auténticos / patriotas de osadía / sustentaron, ni en teoría, sobrevivieron, por causa de este Auditorio del Vivas que se enterraba hoy en la existencia masiva del Pacto.

Ahora, en la estructura impersonal de la vida social, aún siendo finitos, Miguel A. Serrano y el enorme público de correligionarios se sentían capaces de elevarse, arrancar vuelo, fuera de sus cotidianas timideces. Para instaurar su orden en el caos y que comenzara todo de una vez, se pidió la presencia del muy respetable Don Manuel. Explicaría qué cualidades son requeridas para las candidaturas y cómo y cuándose serían electos a la direccion local del Comité Local del Partido Autonomista sagastino.

«¡Viva don Manuel Rodríguez Cabrero!», reclamó Serrano aquel día, casi a las 10:00 de la mañana, del domingo 21 de marzo de 1897.

El orador es hombre local. Comerciante rico. A fin de ganar solidez y seguridad para el proyecto, el gran experimento de libertad («ser-en-común con España»), se resiste a la posibilidad de que sea regañado. «El prócer (se refiere a Muñoz Rivera) pide que elijamos a quien represente lealtad, prestigio y ejecutorias ante nuestro país». ¿Quién puede ser? Aquí, en el Pueblo del Pepino, por la debilidad orgánica del sentimiento nacional, pocos son los prevalidados con cualidades personales de ese tipo. Sabe que el hombre no es malo (tampoco bueno por naturaleza); él es pragmático; «no sea que un seguidor, falto de unos cuantos tornillos, no dispare un chícharo por la causa y rehuya las responsabilidades».

Lo sabe bien. Van a fundar el caudillismo político y el prócer, quiere que se trabaje, en una conformidad necesaria a lo que el Partido Liberal Español, dispuso y bueno y conveniente será que no se rompa con este modo de existencia. Todos tenemos algo que perder y estamos sujetos al regaño, a la crisis, en el peor de los casos. «España nos brinda la oportunidad de ser como muchos españoles, cuando no todo es posible. En el seno de este abrazo que nos tiende desde Madrid, hallaremos el confort y la seguridad», dijo.

Ninguno dijo, ¿qué hay que hacer? porque los actos como posibilidad son particulares y otros pueden juzgar que son desobediencias. En el bloque, en los círculos del prócer y el cacique, lo propuesto fue claro: el caudillismo político muñoriverista opone su plan al de otro clan que le imita. Barbosa propuso una alianza con el Partido Ortodoxo Puro de España.

«¡Retrógrado!»

«¡Viva Práxedes Mateo Sagasta!»

«¡Viva!»

«¡Viva Muñoz Rivera!»

«¿Cómo se va ese negro allá a las Cortes y habla en nombre de todos nosotros? Es un atrevido».

España más que madre-patria, ahora por loas de Rodríguez Cabrero, era una madraza consentidora, tauca de mimos y amores. Aquí, reunido en el comité, tenía con su batea de babas a más de un centenar de crédulos admiradores que, de pronto, aplaudieron hasta sus suspiros de enjudia retórica, estilo que a su propio hermano (Luis, o Diabolín) ocasionaba risa y epigramas. De seguro, Luis se habría burlado de las joculatorias declamativas, pasada la mañana del 21 de marzo, pero no lo hizo. Supo de la caída. La gente dio salvas de aplausos y gritos de gusto, se emocionó con saltos y, en fin, desplomó el piso.

Por el peso del gentío, la plataforma de madera tuvo la última palabra.

Una nube de polvo los bendijo. Echaron dolorosas exclamaciones, por brazos y piernas fracturadas, jóvenes y ancianos. Tropas españolas del pueblo dieron un informe oficial cuantificándose 102 lesionados y un muerto, precisamente Ignacio Nuñez, de Hoyamala, cuya espina dorsal se hizo pedazos. Salvador López Santiago, autonomista de Piedras Blanca, se fracturó las dos piernas y Miguel Antonio Serrano, del barrio Guatemala, se defecó en su mala suerte y en la hora en que se le ocurrió llegar hasta esta ratonera, donde por poco y canta el manicero como Pedro.

La remoción de escombros siguió al a la atención y transporte de heridos. En «aquel pavimento de carne humana», por fortuna, hubo sólo un muerto y fue porque los médicos Miguel Rodríguez Cancio y Arturo Navarro corrieron, al punto. Oyeron el estruendo. Y llegaron enfermeras y practicantes de pueblos vecinos, tan presto como fue posible, a petición de Rodríguez Cabrero y el prócer Muñoz Rivera que pidió hasta la inmediata colecta para ayudar a los correligionarios de Pepino.

Moraleja: Cuando los políticos tilden como tiparracos a patriotas ausentes y no dejen títeres con cabeza, por saberse muy unidos y anchos en el cómodo escondite existenciario del anonimato, mejor que no sea despreciada la memoria de la clase pobre ante la presencia de los vivos, temblará la tierra.



30-5-1986 / Indice / El pueblo en sombras

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Saturday, October 04, 2008

La ruleta rusa


A Antonio Rafael Seguí Borrero (1918- )

Seguí es un poeta de Pepino. Aquí se crió. Vino de Santurce y alguno, por chotearlo, le decía: «Quítese ese título de doctor de su apellido, que usted es sólo un sanacallos». Un podiatra de las patas sucias.

Siempre el problema fue qie Antonio Rafael fue demasiado pueblo. Era un aldeano puro que comprendía muchas cosas sin haberlas estudiado. El podía entender que el prieto Ché Pelao, se enfrascara a los puños y fuese tan sensitivo cuando se aludiera a la nube en el ojo de Maneco. El comprendía, sin decirlo, la suerte del Loco Wilson, cuyo cráneo no tenía la dimensión ni del puño cerrado y, al juzgarse del cerebro su tamaño y la salida a flote de palabras, Wilson no tuvo más misión que callejear como un pordiosero por las calles pepinianas. «Ti ti ti, ay ti-tí», fue como su canto. Seguí sabe el por qué hay una boba en el Pueblo que pide «La Peseta». El sabe por qué es turulato el turulato. Supo del dolor y el fatalismo estoico del pueblo al que llegara, a principios de los años del ’20.

Doña Provi oliscó las raíces ancestrales de su esposo, que son también progenie de Seguí Juarbe, isabelinos y pepinianos en su origen. Y él, Seguí Barrero, los rastreó en Lares, desde niño, mas los halló en Pepino. Dijo que, por su padre Don Pedro, a él le fluye la música por dentro, la música de María Songo y de Isidro, la música de Puro Concepción, maestro del clarinete y de las serenatas, hijo de María Juarbe.

En la parentela ancestral, sin duda, había Liciaga Juarbe, médico pepiniano que muriera en España y un Corchado Juarbe, espiritista, valeroso, de la cepa que fundara San Antonio de la Tuna, el barrio playero del puerto isabelino. Epifanio Liciaga Juarbe, mentor de niños y consejero de médicos en Barcelona, fue para su madre un fantasma que rondaba y, para él, la inspiración para estar con los que curan y sanan, aunque sea con el lavado de los pies descalzos. Seguí fue como William Quiles, boticario graduado por correspondencia; pero quien, para dar un servicio, se incentivan con el alma. El lugar que se dan en sociedad para ser ütiles los determina un gesto compasivo y, si a Seguí le hubiese tocado un afán por las ciencias farmacéuticas, o acaso entre yerberos, a quien Rabell Cabrera, el boticario, mucho que respetaba, él se habría ceñido a las normas posibles. Estudia como sea, va donde haya que ir, investiga, se afilia, se examina, Y le interesaron, al final, los pies de los cansados. Los pies de los callosos, juanetes en las malas patas. Los pies en la ruleta de las vidas en infortunios y desgracias. Y marchó a un hospital capitalino.

«Doctor Seguí, aunque le pese a algunos. Un cirujano menor» y dio quejas, espejo y lumbre, y buscó a los que cantan, a los serenetaros de su pueblo y, con guitarras de amor y melodía, esparcieron las voces de sus versos, su música por dentro, que es herencia paterna de los Juarbe. Papo Valle, Jim Pérez, Bury y Tatín Vale, la incipiente estrella Sophy Hernández, hija del violinista y el mueblero, le dieron homenajes. Lo grabaron, lo enaltecieron con los tríos, las orquestas y sus voces.

2.

Seguí, sea como sea, se ha enamorado del pueblo y le conoce los vicios. El sabe de qué pata ha cojeado. El sabe el pie con que pisa. De Tablastilla ha conocido su cubojones, lo que tienen de bueno y de malo: el callejón del Bacalao, el callejón de don Neyo y callejón de Isidro. Aprendió a cocotear por esos lares, a no temerle a nada ni a nadie. A ser el poeta que es, sentimental, amatorio y, por instantes, pueblerino, nostálgico y bohemio, como para evocar la música y las danzas de Mislán, como lo más valioso a lanzarse desde un «Grito de Angustia»:

Mislán: ¿por qué no protestas...?
Bajo la sombra de un pino
ve y derrama tu llanto.
Que nadie vea tu quebranto
por tu pueblo del Pepino…
y que se escuche del son
tu protesta en un cantar.

Tus danzas en batallón
recorran por nuestras calles
y en nuestra plaza restallen
Como golpes de cañón.

La Sara en tu pedestal
ha de llorar, conmovida,
cómo este pueblo se olvida
de la grandeza antañal.

Se le recuerda recitar, a voz en cuello, emocionado, el Brindis del Bohemio, cada año en la emisora del Pepino. Y parecía que el bohemio triste, solo, evocador de su madre, era él a fin de año, a las doce de la noche. Trago encima, o trago abajo, que sea también Su Quinto Mandamiento, dar esas voces en el aire, transmitirse.

3.

Seguí, el poeta bohemio de Pepino, el que nunca se dijo santurcino, sólo recuerda que una vez tuvo miedo. Fue en los años juveniles cuando se enamoró de Sori, aquella niña guapa y varacha que se casó con Tato Rabia. La disputaba con terquedad apasionada. La quería aunque fuese de otro. El amor de aquellos años tenía sus peligros ingeniosos, sus vericuetos de superstición y fatalismo mágico.

Un cierto día, a las 12:00 de la noche, fue Sori quien le dijo: «Si me amas con el valor y la pasión que dice, ven conmigo al Cementerio».

«¿Para qué?», lo agarraron en pifia.

«Vamos a jugar a la ruleta rusa».

Ella fue quien sacó el revúver de su bolso a la hora convenida. Se escondieron detrás de alguna tumba. Fue precisamente la del poeta, Ramón María Torres, hijo putativo de otro de sus héroes culturales, Angel Gabriel Mislán Huertas.

«¿Vale el amor que dices que me tienes una prueba de fuego>», pereguntó ella.

Metió una bala en el revólver.. Giró la corredera y la cámara de carga. Apuntó el cañón a sus sienes. Contó dos giros más y dijo: «Va a la primera; después te toca». Disparó, sólo un chasquido y salió ilesa.

Ahora, a oscuras como estuvo la noche, oyó que Sori susurrara: «¿Vale tu amor lo que a Mislán fue Saea? O lo que a Moncho Lira, ¿el amor Isaura, la hija de Scharrón?»

La pistola se la pasó a sus manos y él temblaba. Seguí confesó que tuvo miedo; pero, hizo de tripas corazón y también jaló el gatillo. Apuntó el caóon a su cabeza. Oyó el chasquido y salió ileso.

Volvieron a la calle, a la entrada vacía. Salieron dándose besos, apretándose la cintura, muy dichosos.

El se sintió como nacido de nuevo.

«Sólo que ese día, sentí como si me cagara en los calzones», dijo.


3-02-2003 / Indice / El pueblo en sombras
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Friday, October 03, 2008

Vale Santoni



Querido jefe, hasta luego. Tus hijos espirituales, veteranos de las campañas que libraste durante más de 30 años, miraremos hacia tu sepulcro como un símbolo enhiesto y no omitiremos medios para impedir que se extinga la llama que tú encendiste en los altares de la República y en el alma de todos los dominicanos: Panegírico leído por el Dr. Juan Balanguer en el del Palacio Nacional a San Cristóbal el 2 de junio de 1961, al morir el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo Molina.

«Ese follón del espiritismo en Pepino es cosa vieja». A Vale Santoni no le vengan con cuentos. A él no le gusta y sabe por qué, cómo y de dónde procede todo eso. «Es cosa de negros». Si lo hacen, con malamañosas alusiones por picarle la cresta, él tiene muy claros los expedientes que lo mencionan y la difamación que se le hace. Todo lo que concierna a la maledicencia fue explicado por su parentela, que son dominicanos que llegaron a la villa de Aguada cuando la Cédula de Gracias, dictada por el rey Fernando VII, en 1815, autorizó a que salieran de Santo Domingo los españoles leales.

En su progenie no se quiso otra cosa que no haya sido, desde siempre, con la llegada de cualquiera de ellos, que un Santoni sea un buen español y propietario. Y su cepa lo logró. Es cierto: Domingo Santoni fue Alcalde de Aguada y corría el año de 1843 para entonces. Volvió al poder municipal en 1864. Ángel Luis Santoni fue esclavista en tal área; Santiago Santoni fue Alcalde de Rincón en 1880. «Santoni es un nombre asociado al servicio público», dice el vale a mediados de 1960. De los corsos que llegaron a Puerto Rico, él mencionaba a Pascual, quien fundó una central azucarera en La Romana (República Dominicana) y se casó con una boricua. De los Santoni Danesi, habría que decir, según las memorias del Vale, que pasaron de Salinas a Rincón y de los Santoni de Yauco, «habría que decir que son los corsos que emparentan con los Ortiz de la Renta y el hacendado Joaquín Vidal, agricultor cañero, de origen mallorquín del barrio Perchas.

Los primeros Santoni llegaron por el 1820. Son gente a la que les ha gustado el poder, «pero no para fuñir a nadie». De ahí que a Vale lo enoje el que alguno diga que él justificara que el General Trujillo Molina haya hecho su escante con asesinatos en la frontera dominico-haitiana y que viene de una familia de explotadores. Sin embargo, por esas cosas de los pleitos y campañas por los escaños municipales, su familia ha estado bajo el fuego de las acusaciones. «Pero eso es historia vieja y mal contada».

En Pepino, pormenoriza el Vale, hay familias políticas que han sido pro-españolas, apellidos muy conocidos y tradicionales y que, por tanto, como la suya, han administrado la localidad como alcaldes y sus parientes han sido, sino alcaldes, funcionarios en otros pueblos. Desde que está en el Casino del Pepino, Vale Santoni funge como el que todo lo sabe. Está familiarizado con los nombres, a saber, los Del Río, los Chiesa, los La Xara, todo el que tuvo u ostenta todavía cierto poder público o financiero entra en la cuenta mental de sus intereses. Martín El Vale es un tipo que se junta con los ricos. No que menosprecie al pobre; pero no se le observa en comunión con ellos. Es burgués. Anexionista. Conservador. Pomposado. Ama la élite y la vieja guardia. En el Pueblo, se piensa que es franquista, o que cree en las Falanges. Un facho.

Es un consultor político porque, si bien no compite para nada, es un portavoz / correveidile de los republicanos. La bohemia política le encanta y, más si se acompaña, con el póker. Los políticos de Pepino lo traen de allá para acá por lo que él sabe y, posiblemente, se le distingue desde principios del ’30, cuando Oronoz Font fue electo Alcalde y lo hizo miembro del Casino.

Vale Santoni dice que la historia le gusta: Identifica cómo, a medida que avanza una sociedad más flexible, se pierden los valores. Se intensifica la vagancia y el confort generalizado sobre bases falsas. Una sociedad sin memoria lo primero que olvida son los apellidos, la procedencia y la gratitud. Todo se sustituye con envidia y con odio. El es muy religioso porque él no odia a Dios ni lo olvida. Los que ésto hacen se vuelven resentidos. Se refugian en sus instintos lujuriosos y en vez de buscar la verdad en el trabajo, en los valores cristianos, la buscan en la superchería, las borracheras y el sexo.

«Inclusive, dicho con dos palabras, en el espiritismo»

Ahora se concentra y hablará sobre Monsiú Alers. Diferencia a los suyos de él, porque Alejandro, hacendado esclavista y usurero como fue, no fue realmente blanco, ni francés, como se piensa, sino un mulato. Y la gente mulata se acompleja, se resiente y se vuelve violenta y cínica. Ejemplifica con las correrías de Silvio Alers, cómo murió, trágicamente. El gobierno de España le aplicó el garrote vil en la Cárcel de Aguadilla.

Aquellos valores, como clan, por los que los Alers de Culebrinas vivieron durante el gobierno de España, fueron tan distintos a los de su cepa, los Santoni Santoni, los Santoni Vidal y los Santoni Danesi. El haitiano destruyó su propio pueblo y se fue al Santo Domingo español a hacer lo mismo. Esa escuela haitiana, usurpadora y fornicaria, formó a Monsiú Alers, el que vino a Pepino, después de su estancia en las costas de Aguadilla y Aguada.

«Esto yo no se lo perdono a Paco Domenech, el Brujo. Mandó a Don Lion el Levitante a echarme mierda de bruja en mis balcones. Mandó a Guilimbo a vaciar polvos de mierda de boa frente a mi casa». Dijo que vio a Florita, la hechicera, barrer con una escoba como si fuera una bruja, dizque por salvarlo de la muerte. Los brujos lo acusaron de lo mismo que a Trujillo, antes de que fuera asesinado, en 1961: de ordenar una masacre de cortadores de caña en La Vega y Moca; de promover que Franco Bahomonde, el Generalísimo, le enviara republicanos españoles a fin de que se mezclasen con su pueblo, blanqueándolo. A Trujillo no le importaba que llegaran, por ñapa, los judíos a la república, pero que sean de ojos azules, laboriosos, ilustrados. Gente blanca y sacerdotes con espíritu santo.

Vale Santoni dijo que escuchó la voz cavernaria, profunda y grave, de El Británico, otro de los guías que Paco Domenech sacara de los antiguos tiempos. Lo escuchó, al comunicarse en trance mediunímico, y hablaba un inglés vibrante, europeizado, como los viejos piratas antillanos. «Pero yo no sentí miedo alguno y fui a decirlo al Padre Aponte, a pedirle una misa exorcisante por el Pepino». Además le pedió al sacerdote que rezara por O’Neill, vecinos de Aguadilla, por los Firpo, que son corsos, por los Salguero, las familias Cabán, Eurite y Suárez de Mendoza, cuya simiente se ha mudado a Pepino. «A todos ellos, los hechiceros quieren destruirlos», porque Aguada y Aguadilla abrieron sus puertos a Europa, asentaron en sus tierras a los dominicanos, a españoles antillanos y de Bariñas (Venezuela) que rechazaban la anarquía y el odio negro y bolivariano por el europeo.

Vale Santoni hubiese preguntado: «¿Por qué te comunicas el inglés conmigo, Domenech, si sabes que sólo hablo el castellano?» Racionalizó que no quiso que se encendiera una discusión con emisarios ilusorios del Diablo, siendo que Paco el brujo es poderoso. Engaña y desarmoniza las almas, si se le hace caso. Supo que su intención fue recordar el ingreso de Trujillo Molina al Ejército Dominicano. Diría que fue bajo el auspicio de la Marina americana, a la que él prestó servicios, una vez que se ocupó el país por largos años. Las tropas estadounidenses no abandonaron la antilla hasta el 1924 y ese año, cuando fue electo Horacio Vásquez a la presidencia, se hizo a Trujillo el Teniente coronel y Jefe de Estado Mayor dominicano.

2.

«El espiritismo es cosa con la que yo no quiero cuentas», siempre lo dijo Vale Santoni.

Y hay que decir más: los Santoni, en Pepino, nunca anduvieron con hechicerías. Mejor que se diga lo que dicen: Vale ha sido un alzacola del Cura Aponte, el incondicional de Cucán, el casinista consuetudinario, el buen amigo de la familia Caballero, los Abarca Portilla y otros que en Pepino, son cultos, buenos conversadores y le gusta la distinción y jugar su dinerito.

«En eso dudo yo que haya pecado», justificaba.

«Este follón de espiritismo», dijo cada vez que pudo, «es un invento de Paco Domenech y la gente espiritera que desde Aguada a Rincón y del Pepino a Moca», le han echado miedo a su familia. A Santiago Santoni, ex-alcalde, de Rincón, «por poco lo enloquecen». Quisieron embrujarlo con un fufú de muerte. Considerándolo ya, por lo que a él personalmente ha sucedido, cn esta epidemia de espiriteros de Pepino, Vale alega que es una conspiración de negros que invocan la Real Cédula de Gracias de 1815. No otra cosa dijo Domenech cuando se traslenguaba como Alejandro Cantero, el catalán. Sería una advertencia que le dan los espíritus mediunímicos por el intento de los transterrados por vigorizar la industria azucarera y con ello perpetuar la esclavitud y la opresión del africano en los cañaverales.

«El espiritista es un agitador escondido». Sólo que no viene, con bandera de político. Se disfraza de catalán con voces de uiltratumba. Y ejemplifica con la voz con que el negro retinto Domenech comunicara al guía Alejandro Cantero. «Así han echado sus mentiras. Asustaban a la gente de iniciativa en el campo».

No se equivoquen. Un ex-alcalde de Aguada, Agustín Domenech, fue buen amigo de la familia Santoni. Orientó a Domingo a que comprara tierras en Rincón y Quebradillas. «Juan Martin Domenech de Arce es una linda cepa y él también fue Alcalde». Santiago Santoni llegó a Rincón. Querían extenderse a Hormigueros, Isabela y Ponce, según crecía la parentela. Santiago tuvo por amigo a Luis Chiesa, ex-Alcalde de Rincón, y luego de Pepino. Conoció a los mallorquines de Saltos, que son Domenech también, y a los Vidal de Perchas. «Y ahí le dijeron: No hagas éso. Con familias de Isabela no te metas; no compres ni tierra allá. Que ninguno de tus hijos se meta con los isabelinos. Allá hay muchos negros brujos. Allá son brujos hasta los españoles y, si saben que son dominicanos, los embrujan».

Han pasado tres o cuatro generaciones desde que la familia Santoni recibió la advertencia y, según se lo han pasado de boca en boca, hasta hoy que el Vale Santoni lo pondera, el meollo de este asunto es político. Lo disfrazan; lo ocultan en vaporosos éteres ultratúmbicos, pero es odio contra España, contra el dominicano y contra el anexionismo. En los tiempos del Gobernador Mendizábal, cuando se hizo un poblado en honor de la Reina de España, unas familias españolas, residentes en San Antonio de la Tuna, en la parte izquierda del Río Guajataca, y ésto antes de fundarse Pepino, veinte años antes por lo menos, fueron apartadas de Dios por los espíritus. Esto lo dijo Alejandro Cantero: «Que la maldición del dominicano en Puerto Rico vendrá del poblado de Isabela».

Posiblemente, Vale Santoni racionalizó, discutiéndolo a fondo con Oronoz Font, historiador ex-oficio. La maldición que echó Cantero mentaría que Isabela se excedió de población esclava. Los mismos peninsulares, como liberadores, no serían otra cosa que remedos de negros, en apariencia blanca, con el alma africana. La llamada orilla izquierda del Río Guajataca, fue la que correspondió al barrio de La Tuna en el área del puerto. Allí, por desgracia, se asentó una villa pesquera tomada por la cimarronería. Ciertamente, un buen lugar para hacer un poblado a la Reina Isabel, la monarca de España, pero, para hacerlo en justicia, se tendría que vencer la resistencia de la gente oscura. Convencer a los pescadores de admitir el gobierno y los nuevos pobladores, que son la gente blanca.

Toponímica y geográficamente, San Antonio de la Tuna siguió siendo lo mismo; pero, no las almas de los pobladores. Cuando se efectuó la primera procesión, los Corchado no fueron ya los Corchado; los Piñero no fueron ya los Piñero, los Avilés no fueron los avileces ni los Juarbe no fueron ya los Juarbes. Allá, en toda esa área, el indio y el esclavo cruzaron sus almas y el que viniese tendría que hacer lo mismo.

El mestizaje de las raza sno es el problema que conturba a Santoni. «El espiritismo es cosa con la que yo no quiero cuentas». Esto es lo que, realmente, le molesta. El sincretismo cultural que surgiera.

Y él halló el culpable. Le dio el nombre de dos ancestros isabelinos. Gente de San Antonio de la Tuna, gente que convivió con cimarrones: Corchado Juarbe.

3.

Todavía está obseso. Ha creído que Santo Domingo debe controlar las contínuas olas de inmigrantes desde Haití. Es cierto que el país vecino ha sufrido. Papa Doc Duvalier es un demonio y utiliza el vudú, la hechicería y, aún así, no sale de su grave crisis política y económica. La violencia en su escenario no cesa. Es la razón por la que Trujillo Molina los odiara. El haitiano es un guache despreciable.

«No. Yo no justifico qué se hizo», dice Vale Santoni.

«En Moca se prendieron alrededor de 800. Hacíaseles levantar el brazo izquierdo y los verdugos les hundían la bayoneta en el corazón. Los niños de pecho, cogidos por los piesecitos, eran lanzados contra los árboles», cuenta Luis Mejía.

«En el Santo Cerro, provincia de La Vega, en un zanjón, enterraron seiscientos haitianos. Casi todos fueron ejecutados con machetes, puñales, y bayonetas. Se les obligaba, antes de sacrificarlos, a cavar sus propias fosas... Cuando las víctimas salían corriendo eran cazados como fieras. Muchas familias dominicanas escondieron sus sirvientes y cocineras haitianas para salvarlas».

«No, yo no lo permitiría», grita conmovido cuando recuerda que fue real. Que lo leyó en la prensa del final de los '30. El dictador Trujillo pagaría a 30 dólares por cabeza, como compensación a Haití, al saberse que pudo haber sido tantos como 20,000 muertos. «Aquello fue peor que la Matanza de Ponce», le dijo el albizuísta más criminal que había en Pepino, el mentado Jenjibre.

Todavía está obsesionado con la suerte de la antilla. Y tiene el nombre de varios culpables para explicar las causas. «El espiritismo». El maldito vudú, seudocristiano. Y, cuando más divaga, ya disparatero y con un traguito encima, mitad jugando, mitad filosofando en el Casino, en esos días de Fiestas Patronales en Pepino, a la memoria le viene el nombre de Corchado Juarbe.

Y es que que ese apellido, como los negros, lo persiguen. Le mienta la abolición esclava, el espiritismo, el liberalismo subversivo, al socialismo de Mingo e Idelfonso, la Barcelona de Epifanio Manuel Liciaga Juarbe, la propuesta de Manual Corchado, ex-diputado a las Cortes Españolas, de que el espiritismo sea parte del plan de enseñanza de los estudios superiores.

4.

Sin embargo, un día que caminaba por la plaza le dieron la noticia. Uno que sabe que e; tema dominicano lo revienta.

«¡Mataron a Trujillo, don Vale!»

«¿Qué? ¿Qué dice?», se exaltó. Fue como si le dijeran que mataron a su padre.

Siguió al muchacho un buen trecho por asegurarse que no inventaba tal cosa por pura jorobancia.

«No fastidies conmigo, ¿dónde oíste eso?»

«Por la radio, don Vale. Por la radio y me acordé que usted es dominicano».

Y él corrió a su casa a informarse, sintonizando una radioemisora. El es ya puertorriqueño y por generaciones. Se equivocó el muchacho. Mas la sangre llama. Paco Domenech se lo dijo: «Los espíritus no conocen los límites del tiempo. No funcionan basado en los relojes. Ellos se asoman a las almas. Al karma. A las pasiones dominantes. A los sentimientos escondidos, ancestrales, a las ruedas energéticas del alma. Al inconsciente colectivo y sus cargas genéticas de instintos».

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Wednesday, October 01, 2008

Los huéspedes amados, 1923


Trincadito de blanco allá vuelve otra vez,
rumbo a Muñoz Rivera, Ruiz Belvis y Betances
hasta las anchas vegas del viejo 'San Andrés'.

Y cruza Guatemala camino a la Javilla,
y en su plácida ronda, sin descansar, a pie
va subiendo la cuesta de la Calle Aguadilla
hasta arribar al pórtico de la hacienda 'La Fe'.

Y de allí a la Esperanza, Fondo el Saco, Chancletas,
Miraflores, De Hostos que hacia Lares se ve,
y volteando arriba toda una línea recta
La Calle Guajataca, la del comercio que es:

Jerónimo Ramírez de Arellano (1918- ),
Del pretérito

Nunca antes y, posiblemente, nunca después de aquel 19 de noviembre de 1923, se vio la Plaza Baldorioty de Castro decorada con tal esmero. La plaza de recreo se había llamado Alfonso XII desde su bautizo en 1872, cuando con los Alcaldes Miguel Fermín Laurnaga, Fernando de Arce y Simeón Faris, dieron su nominativo, con fiestas y discursos, después de construída. Mas, terminaría llamándose, en poco tiempo, Baldorioty de Castro.

«¿Quién hizo caso a Laurnaga Sagardía o cualquiera que se largara de Pepino?»

«Nadie».

«Con el nombre de la Plaza, los huyilones se fueron y así se llamará, como el tiznao o comevaca sedicioso quiso», dijeron para el '98. Venganza sería de Moncho Lira, antes de morirse a principios del siglo. Como quiso llamarla el pueblo llano, se designó Baldorioty por el patriota de la línea dura, como habría querido mucha gente que amó también a Betances o Ruiz Belvis. En 1923, que se llamara así, no como antes, recobró cierta memoria. Ese año en España, Alfonso XIII y Primo de Rivera dieron un golpe de estado y decretaron la dictadura.

Tampoco, antes de 1923, se puso tanta pomposidad y diligencia organizativa en la celebración de un Desfile Cívico. Esta fue logística que tuvo la visión y el quehacer ejecutivo de Luis y Joaquín Oronoz Rodón. Dizque la Gran Parada se inició en la Calle Hostos, pasó por las calles Ruiz Belvis, Betances, Muñoz Rivera y subió por el sendero de Padre Feliciano. A la niñez escolar que se utilizó para los eventos, desde las 10:30 de la mañana, la apostaron frente al edificio de Laurnaga y Compañía, en la salida de Lares, encabezándola dos bandas musicales. Amenizaron el recorrido bajo un sol que quemaba y brillaba como el jamás de los nunca jamases.

«Nunca se vio algo así», dijo don Narciso Rabell Cabrero, ex-Alcalde y boticario, muy orgullosamente. «Entramos a la era de la civilización», comunicó Antonio Sagardía, ex-director escolar entonces, quien se acompañó durante la prolijez de los festejos con su esposa entrañable, Teresa Zagarramurdi.

Para que se diera un acto público y multitudinario, en un pueblo cañero y miserioso como éste, antes que la pompa pasara a los más elegantes espacios del Casino del Pepino y la Escuela John Greenleaf Whittier, la unica cachendosa y presentable por su planta física que había a la fecha, limpiaron de las calles la mierda de caballo, barrieron los residuos de bagazo de caña o de guayabas podridas y vainitas de agua, caídas de los árboles de gallitos.

Dijeron que hubo ventas sin precedentes en la colección de lencería que Juan Cabrero Echeadia viene proveyendo en su establecimiento desde el fin de siglo. Es el principal vendedor de pantaletas, enaguas y otras prendas femeninas. Los trajes sobrecargados, calurosos, diseños con mangas largas hasta y cerrados al cuello, él no los vende. «Yo soy listo. Vendo lo que los caballeros han de querer ver en la noche», porque con la luz apagada se acaba la imposición de la decencia y «a cueras vivas, o ya con los pañitos de pantaletas, a mitad de rodillas, a las damitas se termina la vergüenza». dijo.

El villorrio tendría que dar una buena impresión. Al administrador de Plata Sugar Co., José Méndez Cardona, se dijo: «Haz lo que puedas; pero a los cortadores de caña me los mandas a la Plaza Baldorioty, que se vayan bañados, con zapatos, con camisas limpias y que no vayan ni jediondos ni borrachos». Y ante esta petición, don Cheo Méndez echó chispas. «¿Cómo pedirme eso, Riverita? ... si usted sabe que esa gente apenas tiene un guayuco para taparse el rabo. La mayor parte de ellos no tiene ni zapatos».

«Yo no sé cómo hará, ni qué decirle. Quien viene debe llevarse la mejor idea de quienes somos. Lo haremos por el pueblo del Pepino. Es el Gobernador, amigo del presidente Warren Harding. Es el profesor Horace Towner, con su señora Harriet, y financieros del mundo anglosajón, Filene y Hanus, quienes visitan».

Nunca se vio a Don Victor Primo, tan culeco y contento, en la Fondita de Alicea, comiéndose los periódicos, consultando con su lectura hasta los textos viejos sobre la muerte de Muñoz Rivera (1916) y luego la del Vate de Diego, quien a punto estuvo de desaforarlo antes de 1918. El le escribió unas letrillas venenosas, por lo misma razón que, a su juicio, Barceló las merece. Martínez González piensa que, en la noche, durante la programada recepción y baile que se efectuará en el Casino, puede que surja la ocasión de que se mida con el presidente del Senado Insular, otro que viene. Y si es así, si ocurre algún inevitable intercambio de palabras o debate, debe ir preparado. Convenientemente documentado. «Van a saber quién es el abogado Don Victor Primo, más caballero que el susodicho Caballero de la Lengua y de la Raza».

Es que jamás, en la prolijez del Jamás de los Jamases, en la contingencia de los nuncas inevitables, se vio lo que se está viendo. Dijo Evaristo López que, por primera vez, se han pintado las paredes externas del Cementerio pueblerino. Y don Manuel Méndez Liciaga que se está bañando en las Charcas de El Peñón, al pie de Miramar, y La Orfila, quienes nunca lo hicieron. El barbero Sosa Hernández se halla en ajetreo. Los zapateros Padró y Celestino López alegaron que, a falta de limpiabotas, y zapatos para el remiendo, les cambiaron el trabajo. Como lustradores están haciendo su agosto. Con zapatos en bolsas de papel, o en sus manos, la clientela entra y pide que a sus zapatos se los salpiquen con anilina y untadas de betún, y «a ver si ese calzado desahuciado que trajeron en las bolsas de estrasa, con un par cepilladas, vuelven a la vida y a merecer el polvo» y, sea como sea, centaverías son ganancias y la zapatería da el servicio.

Si se pasara esta prueba de civismo, gracias a la conducta ejemplar de los vecinos, la promesa de Rabell Cabrero y Rivera Negrony son dos grandes epopeyas. Una hazaña similar a ésta: Se abrirán las naves del Templo de San Sebastián Mártir de Pepino para que se reciba, en presencia del Obispo de Puerto Rico, el Sacramento de la Confirmación. A él se le recibirá como otra estrella del Firmamento Administrativo: aunque sea la más sagrada, por tratarse de Su Excelencia, el Monseñor Caruana, prelado del Cielo en la tierra.

2.

Rabell Cabrero es más práctico. Ha dicho que su prioridad es hacer un Pueblo Nuevo, o más bien, urbanizar con más inteligencia lo que Riverita Negrony ha comenzado. Y, con recursos municipales, si con esta componenda de traer a célebres procónsules al pueblo se logra el resultado, propone que los albores de la electrificación en el poblado se extiendan «cuanto más sea posible por los primeros barrios», Hoya Mala al norte de Piedras Blancas y Culebrinas, al Sur de Bahomamey y el Sector Urbano, aunque ésto signifique que «Larrache Echeandía, el farolero, se quede sin trabajo». Por algo habría de decir Antonio Sagardía, futuro alcalde: «Con la visita de Horace Mann Towner, la esperanza florece. El destino del progreso se cimenta en Pepino. Voy a decirles a Barceló y Juan Hernández López: Que esta visita no será en vano. Que esperamos recursos, mucha ayuda del gobierno, y vamos a trabajar como un gran pueblo».

Y, ciertamente, sin equivocaciones, hasta entonces, dado el hecho de que sólo yankees son nombrados por decreto desde Washington, ningún gobernador (que no haya sido el interino J. B. Huyke) escuchó la dulzura de la caña, tragada como un canto por las colectivas gargantas. Son sueños verbalizados / cantos deglutidos / del Pepino que s Towner y Barceló han colmado de elogios. «¡Qué elegante es el Gobernador!» Un poco gordo. Tiene su bigote espeso, oscuro, para ser tan pálida su piel rosada. Grandes ojoz verdosos. «¡Qué bien le queda la chalina al cuello!» De cierto que es un gobernador más mesurado que el quisquilloso Monty the Superking.

Han observado que Barceló Jiménez tiene la barbilla hendida y, a los 45 años, le emblaqueció el bigote. Contrario a él, por estar tan callado, como si fuera pazguato, aunque enjelga'o propiamente y educado como abogado de título (no por correspondencia como Esteves, de Tablastilla), el Gobernador Towner ha parecido mongo, sin espíritu.

«¡Cuídenos, Dios, del agua mansa!» ¡Qué pena que no hable en público! Towner simplemente saluda a la distancia con la mano alzada, sin movimientos, sin la pasión de los vaqueros que se calzan unos buenos bodrogos y ¡se miran tan violentos en las movies!

«Eso me gustaba de Roosevelt. Era como Chilín después de una paliza que le diera Cecilio. ¡Un Echeandía escandaloso!», recordarían cuando se fue el huésped amado,el Gobernador y su secuaz, «Barceló, el lento». No fue otro que don Victor Primo quien echo a rodar estas comparaciones y epítetos.

Por de pronto, a trabajar por este festejo. A limpiar el Casco Urbano. A colgar las guirnaldas de luces y estrellitas. A ensayar a esos chicos escolares. A afinar bombardinos, clarinetes, pitos y flautas y qué barbaridad...

Una promesa que Riverita y Rabell Cabrero, los organizadores, hicieron a Juan Bernardo Huyke, gobernador interino, tras la ida / o renuncia / del gallo juyilón de Moncho Reyes, otrora llamado, Emmet Montgomery Reily, fue la siguiente: «Don Juan: yo le prometo que ya convencido el nuevo Gobernador de visitar a Pepino, él se irá muy contento. Verá que no somos animales. Ni simplemente peones. Somos gente buena, sacrificada, trabajadora. No una red incierta de conspiradores, como temiera Montgomery Reily... Lo mismo le digo a usted, don Antonio: se murieron los rebeldes que sacaban canas verdes al gobierno; ya no quedan patriotas de la antigua, salvaje envergadura, de Ruiz Belvis o Betances. En paz descansen, De Diego, Muñoz Rivera, Benítez Castaño, ¿quién nos queda? ¿quién que se atreva a levantar la bandera del progreso y los ideales del Partido de la Unión de Puerto Rico?»

Antonio R. Barceló Jiménez, el cariduro, dijo: «Yo». Mas nadie en Pepino convalidó su palabra y dijo: «¡Qué bueno!» No había convencimiento, mas si alguna esperanza.

3.

Para ir a verlos, se fletaron las guaguas de Almeyda Molinary. La Carmen. La línea aguadillana de Manuel Rodríguez Cabrero. Se dijo a Miguelito Cancio Cores, «ven de Guayama, léenos algo cultural, con la galanura de tu estilo». Se dijo a Juan Ferrari, el jefe policíaco, no levantes tu vista del Pepino. El Consejo de Culebrinas de los Caballeros de Colón dieron sus servicios. «Por si necesitan, un mecánico en La Carmen, aquí estoy. Que no fallen los cloches ni los frenos», dijo Lemuel de Jesús Martínez. «Que de las comitivas que vengan de otros pueblos no se mate nadie».

Para que fueran a su particiación, con la dignidad de los niños más listos del planeta, los maestros enseñaron, como preparativo, el «My Country», bien cantado por la progenie de la infancia. Cantaba, instructivamente, en La Whitter Mrs. Provi (García) y en la Escuelita Pavía. Mrs. Latorre. El maestro rural José Cristino Pérez fue voluntario: «Yo les enseño, cuanto requiera la cadencia y el buen pronunciamiento»; lo mismo dijo el ex-maestro, hoy abogado, Buenaventura Esteves, hijo del barrio Tamarindo, pero ya residente en Tablastilla, como otro más entre los pepinianos. Genaro Rodón Rubio enseñó cómo se marcha, como un auténtico militar. La maestra de Economía Doméstica, Rosita Bauzá, con sus alumnas, preparó los platillos servidos en el Casino. Y, de hecho, jamás se degustó un banquete tan sabroso. Jamás de los jamases.

Para ir a verlos, hasta Chencho el Abejón, recién llegado al Pueblo de Pepino de su natal negrada isabelina, halló su oficio. Era un negro mandingo, 6'.5" por lo menos. Uno que jamás supo qué es calzarse con zapatos, o sanalias, ni cubrirse el ombligo por la contínua falta de camisa. O un cuascle de cotón. Más pudor tiene un caballo con una manta encima. Su ilusión fue entonces ver un gringo, un blanco yankee, como el tal Mister Towner, de Iowa. Este que ha sido descrito como a lecturer on constitutional law, a former judge and county superintendent of schools, «yo quiero verlo aunque sea de lejos», y le dijeron:

«Tú no, Abejón. Tú no tienes zapatos y eres bembón y negro. Vas y asustas a la Primera Dama, Mrs, Harriet». Lo advirtió, con este modo tan suyo, el ex-Capitán de Milicias, con España, Víctor Primo Martínez. Dijo: A Chencho no es conveniente que lo vean. Que se limite a ser el cargador de mesas, sillas, entarimados, y que no se haga visible en estos actos, porque, el yankee bueno que, por X razón él imagina, todavía no existe.

Y citó jurisprudencia reciente que él conoce: Nueva York y el Sur Americano están llenos de clubes criminales, racistas organizados como Ku-Klux-Klan(es) y tienen influencia, expedita y total entre gobernadores. Están a punto de elegirse unos nueve senadores federales, con el apoyo de los encapuchados; desfilan por las calles de Nueva York, Alabama y Georgia; cuelgan a los negros de los árboles. Niegan que sean humanos. Los tratan peor que a socialistas. Les llaman con nombres «más feos que el tuyo, Chencho Abejón». Y hay 3 millones de ellossobre los que ha leído que merecen castigo por sus expedientes criminales y, sin embargo, de los jueces de Norteamérica y de sus Gobernadores son favorecidos. Apoyan, igualmente, el racismo criminal y deshumanizado.

Y Chencho el Abejón temblaría entonces.

«¡No, no! Seguro que no vengo. No me expondré a que me vea».

Y no era sólo el cargador quien se llenó de pánico. Entre los socialistas de Padró y Liborio Rivera, llegó el cuento de Martínez González. Sembró la duda cuando alegó que en Italia se promueven los asesinatos de italianos. Allá ha triunfado un fascismo que da grima. (No se equivocaba don Victor Primo porque al año de decirlo fue asesinado el socialista ___en __)/

Don Cheo Padró, el organizador de artesanos, el barbosista, se enteró: «Usted sabe que somos ciudadanos americanos; no meta miedo usté, que no vivimos en su España de zetas y prejuicios». Lo fueron a buscar para que diera cuentas y enojarlo. «No sea charlatán con los pobres negros de Pepino. ¡Vayase a España que Alfonso XIII reinstauró la dictadura! Váyase si usté no sabe que Dios es también para los negros».

«No meta a Dios en ésto. No meta a la Iglesia. ¿Y qué me dice? ¿Que el Gobernador Towner es comparable a Dios, o es cristiano verdadero?», le contestó a Cheo Padró. «Le voy a decir lo que hacen los socialistas, sean negros o sean blancos».

Inició, pues, una cátedra o perorata sobre lo que fue el periodo de 1835 al 1837, cuando las Leyes de desamortización eclesiástica del ministro de Hacienda se aplicaron y el jefe de gobierno Mendizábal hizo que las propiedades de los conventos fueran declaradas bienes nacionales. «Los ateos y socialistas pusieron a la venta pública la Iglesia, los altares y los atrios baldíos, dizque así disminuiría el latifundismo; mire que negociar con Dios un pedazo de pan diario, eso siempre ha sido un disparate. Necesita algo, pídalo a quien más tiene. Seguro que da el doble de lo que pidas tú».

Y Cheo Padró no se quedó callado porque algo de eso había leído. «Si las propiedades de la Iglesia las compran los nobles y los burgueses ricos, el campesino y el pobre nada gana. Sólo cambiaron de dueño. Y si pide usté a un avaro es como pedir a quien no tiene, porque nada da, aunque le sobre».

«Buena respuesta, don Cheo. Usted no es tan tonto; pero no deja de ser negro por eso. Y para el peninsular, usted sigue siendo un esclavo y, para el gringo del Norte, un bruto indeseable. Eso es lo que quise decir».

«Pues, vaya y dígalo a Barceló y, si sabe inglés, a Towner».

4.

Jamás de los jamases, escucharon un discurso como aquel del Senador Insular. Lo dio cuando la plaza estuvo llena y Chencho el Abejón brillaba por su ausencia. Lo dijo cuando los notables del Pueblo estaban sentados en sus sillas, rodeando a los huéspedes amados. Ya, la crema y nata de la sociedad de Pepino y sus pueblos limítrofes, tenía sus apellidos representativos: Rabell Cabrero, Rodríguez Cabrero, Méndez Cabrero, Echeandía Vélez, Cancio Cores, Sifre Segarra, Cardé Peruyero, Caballero Echeandía, Rodón y Oharriz, Oronoz Rubio, García Méndez, Font Echeandía, Oronoz Font, Pavía Fernández...

Fue en la Plaza, acabado el desfile. Había que recesar, mas, hágase claro...

«¡Los festejos no acaban!»

«Escuchen la retreta de la noche. Que mañana se irá nuestro invitado».

Cuando Riverita Megrony dio el anuncio, también elogió su labor educativa, como Alcalde. Arguyó que habría 22 escuelitss en campo y pueblo, con 105 alumnos de nocturna. La educación, al parecer, es democrática en Pepino. Por allá, adistanciado, descreído de lo dicho por Rivera, lo escuchó Cheo Padró, con su grupito de jácara del Jacho, quienes hilvanaron sus comentarios, por su cuenta.

«La educación que se imparte es mala, como el inglés de sus maestros».

«Las maestras americanas, histéricas. Abofetean al niños».

«Hay más escuelas en el campo que en el Pueblo y hay casi igual número de niñas que de varones», discursa el alcalde. Esto sí que lo aplaudió Francisco Gaztambide, quien con George Silverwood, es uno de los inspectores escolares. Pedro Court, el auditor, aprobaría de suyo. «Lo que no me gusta es que el inglés pa' la enseñanza». Y Riverita Negrony, aplazando el receso, habló de que hay pendientes proyectos en Pepino: hacer disponibles, día con día, por 24 horas, 150 litros de agua, fresca, potable y de consumo, por cada pepiniano. Para eso se represará la Quebrada Moralón y entubarán las aguas. En el Casco Urbano, para olvidarse de la charca en los terrenos de Echeandía, se tendrá unas 4 Fuentes Públicas de agua y «no se asuste usted, jíbaro mío, cuando vea 25 bocas de la toma, en caso de incendio, por si se quema el Pueblo como antes».

«Prever, anticiparse, es la clave del progreso».

Anchos y orondos, sentados están: Wenceslao D. Sifre Susoni, comerciante y asambleísta municipal, a su hermano Pedro lo alojaron en las sillas de la cola, porque es un «liberal agresivo» y de «cáscara amarga»; Pablo Avilés Márquez, agricultor, Pablito Rodríguez Rabell, asambleísta, el juez municipal Buenaventura Esteves, la famia en total de Pavía Conca y María Navas de Mayol [Catalina, Guillermo, Antonio, María, Juana], la familia de los Sosa, incluyendo a la viuda María Hernández [Rosenda, Telesforo, Juana y Faustina]; Adriano Pozo, asambleísta, trajo a todos los suyos, incluyendo a Domingo, su hermano, hijos y sobrinas [María Pozo Rodríguez, Juan, Amelia e Inocencia Pozo Medina]... en fin, eran tantos, que el maestro rural Urbino Vargas se cansó de escribir todos los nombres y terminó con hacer garabatos en las cuartillas y grabárselos en la memoria, por si acaso se pidiera la lista que ordenó el municipio.

La señal de pasar al Salón de Economía Doméstica la recibió exclusivamente un grupo selecto. Los clanes de poder del Pueblo. Pocos apellidos y tradicionalmente de la dirigencias alcaldicias de antaño.

La Primera Dama reconoció que fue hora de probar los bocados. Le insisten que son ricamente tropicales... Y, pues el hambre apretaba, desde el mediodía. Al final que dejaron con sus discursos y sus gaterías a los aduladores. Se levantaron con parsionomia.

Miss Bauzá se había pulido con las artes culinarias. Con la convenida visita de cortesía se le premia. Como el Abejón, quiso presenciar la danza de zángano gringo. El olor del salón invitaba a sentarse y comer. No hablar mucho ni extender la mano, saludando a otros a su paso. «Towner vino a comer y echar eructos», se exageró con el tiempo.

Los maestros de sus sueldos miserables juntaron lo suficiente para un regalo y se lo dieron, «en nombre de los niños que cantaron y marcharon, en nombre de los maestros de Pepino» a Mrs. Harriet de Towner. Todo el que pudo, al tenerlos tan cerca y en privado, los examinó de cerca. Se grabaron en sus mentes cómo mueven las quijadas, anotaron si se lavaron las manos, o enjuagaron las bocas, si les gustó la comida, por lo menos. Constancia de que son agradecidos. Por primera vez, el señor Towner comió arroz con gandules y otras exquisiteces del quehacer culinario de los campos isleños.

Otra señal, al atardecer, y los elegidos / los notables / los deseados / desfilaron al Casino, donde habría una recepción. El antiguo Casino, fundado en 1871, es el segundo en antiguedad en Puerto Rico y no es cualquier mirranga para mercachifles con gurbias y hambres viejas. Ni es cualquier lugar ni cualquier gente. Aquí la guachafita adquiere dimensiones épicas. Leyendas de aposta. Los casinistas son los varones y las hembras de ataque. Son hombres bonitos, excelentes, y las mujeres maravillosas, odiosas de la feca y la fanfarronería. Por eso, desde su fundación, no se quiso como miembros ni a gente de culo chumbo (casi siempre cobardes) ni a gente de culo cargado, negrada oculta / mírame y no me toques; traicioneros, cacheteros, verdugos que quieren gratis que se les compense con la riqueza de otros.

Ya es la élite social quien recibirá a los huéspedes amados; allí, en el Casino, se espera que el Honorable Horace Mann Towner abra la boca, porque, hasta la fecha, sólo se ha escuchado de sus labios la frase mochoos graças, amigous. En los amplios salones del Casino, Braulio y Tomás Caballero tendrán sus ojos bien abiertos. Y de cualquiera que esté presente, con todos sus privilegios y derechos, puede que surja la pregunta: «Ccómo se ha sentido y qué piensa de un país, donde el 75% del peonaje vive de la zafra y sufre en tiempo muerto? ¿Sabe usted por qué se fue Montgomery Reily tan agriado, si lo 'peor' del separatismo no existe? Es decir, murió Betances, Ruiz Belvis, de Diego, José Julián Acosta y hasta el mismo Barbosa, cuya lengua fue afilada como machete de mandingo: «Sabemos que, cuando estuvo en el Congreso, usted presidió por cuatro años el Comuté de Asuntos Insulares de la Cámara de Representantes... Entonces, ¿quién puede saber más sobre Puerto Rico, que usted, Mister Towner?»

En el Casino, los anexionistas / asimilistas / querrán que Mr. Towner les ofrezca un consejo conveniente. Si es posible que haga sentir a Barceló Jiménez quién es el que manda en Puerto Rico, porque, según lo piensan, ya el senadorcito colonial anda medio crecido, como si se echara sus juanetazos de pitorro retórico, nacionalismo de Cuchi-Coll embotellado. Los asimilistas de Jincho-Papujo, que no van al Casino, porque en el casi hay burguesitos del separatismo que han lanzado pedradas y escondido la mano, contra pobres y ricos, concluyeron que se acabó la majadería que distinguió el liderazgo durante dos decenios, del 1900 al 1920. «La independencia es un perro capao», a la fecha se dice. No creen que haya tantos separatistas como arguye Cuchi Coll al prefigurar la idea de un nuevo nacionalismo. El hambre pone a la gente en su lugar y a pensar mejor en el trabajo que en los atavismos de patriotería y discursitos jaibos, malamañosos, como aquellos con que se empavonaron Muñoz Rivera y de Diego. Gente que comía del pobre, que dejaba el pellejo en los cañaverales, pero que de ellos no recibió más que la lealtad de su saliva. «En Pepino, hay gente así, mucho jincho papujo y no se sabe cómo han entrado al corazón de la gente. Bueno, con decirle que el dinero corrompe y al Casino ya se cuelan los bastardos».

En el Casino, Luis Oronoz Rodón, jefe de Oronoz y Cía. es quien reparte el bacalao. Ese es el cheche allí y no anda dando lata. Delega. A Santiago Nieves, sin que sea casinista, le dijo que se estara de guardia, o sea, eligiendo quien entra y quien sale, porque como alcailde de la Cárcel Municipal, ninguno como él que sepa quién es quién con escándalos y borracherías. El tiene una lista de los casinistas e invitados. El usará su criterio: «Usted no puede entrar porque viene mal vestido». Nieves sabe que alguien puede entrar, con artes de embelequero, y querer cometer un magnicidio. En la historia se mientan muchos casos en que matan a los prohombres y nunca se descubre al asesino.

«Que eso no ocurra en Pepino, por andar de eslembao o hablando paja».

6.

Y como ya se lo temían. Cuando vieron que entró don Victor Primo, Caballero de la Orden de Isabel la Católica, heredero del muy querido hacendado de Furnias y La Javilla, Victor Martínez y Martínez, se pensó que aquí arderá Troya. Lo escucharon por el ritmo de su bastón más caro, madera fina que parecía de palisandro enzebrado con marfiles. Y, al caminar, porque no tenía cojera alguna, él sólo marcaba la canción de su presencia y de quien lo acompañara, su hermosa hij, María Mar Martínez de los Ríos. Ella parecía una reina y lo sería cuando bailara con su padre, si es que la baila o se queda. El padres es impredecible; pero se supo en Pepino que amaba de joven la vida cortesana. Asistía a las fiestas aristocráticas de Madrid y Barcelona. Las del Casino local puede que le parezcan una escoria, un mal remedo de aquellas.

Sagardía Torréns le buscaba los ojos, atravesando las lentinas que Víctor Primo fijaba muy bien al entrecejo. Francisco Espinoza era un español que ese año azuzó muchas discordias, en tertulias de plaza, con Ballester Pujols y Avilés Márquez, porque en sus temas no faltaba el dictador Primo de Rivera, «la puta suerte de España, después de El Desastre y la anarquía pistolerista». Los jóvenes, de procedencia local y de otros patios, la admiran a ella, la acompañante de Victor Primo.

Victor Primo llegó, justo para el cierre del discurso, que diera Barceló.

«Te lo perdíste».

«Aquí hasta Towner echó un par de centellazos».

Y se fue, por rincones a cuchichear, antes que el baile empezara. Iba a reunir datos. A sonder las opiniones, dando puntadas aquí, averiguando secretillos artimañosamente en acullá. No era nada disimulado ni sutil, como decía Narciso Rabell, cuando la faena de Victor Primo era investigar, sin dar ventajas, en la irrupción de una gentualla y, salir al final con conclusiones. Seguró que se irá contra el Presidente del Senado, Barceló Jiménez, rico comerciante de Fajardo, y pondrá la piña agria. Y así fue. «Barceló se fue bien regañado», se diría con los años al recordar este acto.

«Yo sólo tengo una pregunta», escuchó Barceló cuando Victor Primo interrumpiera los aplausos que se le prodigaban.

«La gente quiere bailar, don Primo», le pedía Luis Oronoz.

«Sí, sí; pero aquí nadie está para baile ni saltos hasta que no se diga cómo es eso de que Puerto Rico vive el limbo. Se nos dio la ciudadanía para que sirvamos en el Ejército y la guerra del '18; pero, no somos parte de ... sino un baldío de cañaveral en el Caribe... ¡Estamos peor que con España!»

«¿Cómo va a decir eso, licenciado Martínez?»

«A usted, Mr. Barceló, ¿quién lo hizo miembro del Consejo Ejecutivo sino un nombramiento de Woodrow Wilson? ... porque yo no voté por usted y, según dijo, los nombramientos son autoritarios, peor que en la década de Palacios».

«¿Cómo va a decir eso, licenciado Martínez?»

«Usted quiere aliar a los puertorriqueños, dizque que una Alianza de voluntades disgregadas, un partido nuevo, y yo me preocupo porque se frenan dos cosas, cuando anda para arriba y para abajo con el yankee, con todo el respeto que me merece Mr. Towner. En un mismo costal, no se puede echar mezcladas ni la sal y ni la azücar... Si Puerto Rico no es PARTE DE, y TOWNER sólo represente una nación que busca un Territorio, yo creo que es justo que usted nos diga si vamos a luchar la independencia o, como los bobos que fuimos en el año 1900 cuando fundamos el Partido Federal, anexarnos a la Unión».

«Esto de la independencia... si acaso va, o se procederá, será un proceso lento».

«¿Cuán lento puede ser eso?... porque ya van 23 años... y Barbosa se murió sin chicha y De Diego, sin limoná...»

A Barbosa, recién fallecido, «fue la tristeza de que no habrá anexión en lo que quede del siglo, lo mató más que ninguna cosa», dijo Martínez. Barbosa adivinó la decisión del Tribunal Supremo en el caso Balzac v. Porto Rico (258 U.S. 298) y se murió de pena antes que lo informaran, el año pasado. El dictamen fue que Puerto Rico ni es chicha ni limoná. Que no es parte de la Unión, sino un pedazo de monte. A territory rather than a part... Que tener ciudadanía yankee es como tener un apellido y seguir siendo bastardo. Ciudadanía para que te vayas al Norte y dejes la islita.

«Atención, señores, yo creo que, si nos somos parte, merecemos una explicación».

«Si acaso va, o procederá, una decisión definitiva sobre la anexión o la independencia, será un proceso lento y hay que cumplir unas condiciones», balbuceaba el gran líder cariduro.

¡Con qué simple pregunta se desmoralizó al visitante!

Aquel atrabancado señor de las lentinas, el caballerango Martínez González, quien daba golpecitos de bastón sobre el piso de madera del Casino, como si quiera apresurar el tiempo a ritmo y compás de un minutero, pendulado con bastón y mano apasionada, comenzó a bajar los humus de unos cuantos. Les dio gabela y ventaja para defenderse y dijeron: No. Es hora del baile.

«Dejemos esto. Causemos una buena impresión. No de politiqueros. No de subversivos».

Ahora es obvio que lo que viene es lento. Todavía don Victor Primo no está contento con el Partido de la Unión de Puerto Rico y lo dijo a Barceló. «Usted me parece asimilista, otro colonialista aprovechado». Un floripondio o travestí de las reformas. Todo menos un varón de guerra.

«Usted no es un independentista verdadero».

Todo había sido tan perfecto. De la recepción al banquete, nunca se vio empeño tal... jamás de los jamases... y vino este filipichín, pisaverde, a agriar la piña con sus guarapazos de bastón de matfil y palisandro.

Ya empezó el baile. «Ahí le dejo a Marimar pa' que la bailen», dijo. Le pusieron caras feas al engreído aguafiestas de Martínez, demasiadas jorobancias y muecas dee nojo porque dijo: «No me quedo ni en las fiestas del Casino».

Cuando salían al balcón a cerciorarse que Martínez se había ido, se escucha la retreta en la Plaza Baldorioty. Al mirarse al cielo, el arte de los Alberty: centenares de fuegos pirotécnicos.

23-12-2002


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Indice / El pueblo en sombras

( * ) En la reconstrucción de esta historia, por la vía de entrevistas orales, participaron los señores: Delfín Bernal Toledo, Pedro T. Labayen Jaunarena (n. 1916-1994), doña María Luisa Rodríguez Rabell, José Raúl Gayá Benejam (n. 1903-) y ___.