Monday, March 10, 2008

Cómo conocí la soledad




Y sucedió entonces que el engañador
se hizo hombre y me espió en el borde del abismo;
me había quitado la paz, me puso el pie
en las miserias del mundo, me hizo caer en la trincha
del ultraje, en estridencias de mis muchas heridas.

El inventó mi llanto y la desesperanza.
Humilló mi ser. Uñas de incertidumbre clavó

con cicatrices. Borró la tez más tenue de mi firmamento.

Puso en el sol la humarada de tristeza; se rodeó
con los triunfantes del escarnio; me señaló
con el dedo y dijo: «¡Ese es el hombre!»

Ese es el hombre que se proclama libre.
Ese es el varón que dice que el amor existe.
Ese es el que argumenta que, en alguna orilla,
radica un manantial de manantiales,
fuente que sana cada mal que aflije al mundo.

A la Vida da por nombre fe, providencia,
abundancia, socorro.
Virtudes terrenales.
Optimismo.

Y sucedió entonces que el engañador
soltó su negación y fue una carcajada.
Se retorció con la venia de ladrones.

De asesinos. Matricidas, carniceros

que besan con su rito los puñales y se embriagan
con sangre de inocentes. Y se me dijo: «¡Créelo!»

El mundo es un No rotundo. La generosidad es mito.
Si hay socorro, nada es gratis. El amor tiene precio.
No hay milagro, sólo un azar insufrible,
largo, engañoso, maldito.

Yo que nunca había llorado ni estuve de rodillas
por un pan que se equivalga a amor, por un vino que sepa
como un salmo de alegría, conocí la soledad de pronto.
Se metió en mi boca en forma de quejido
y la comí con mis lágrimas.

3-12-2000 / De El hombre extendido

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