Tuesday, December 04, 2007

A Sara, la princesa


¡Te necesito, reina de mi sábado, rectificadora
de mi obra, Or iashar. Amasada fuíste
con el polvo más fino de mis huesos, yo, afortunado
porque dije... «Yo quiero, pulverízame» y, al querer,
te invoqué sin saberlo, supe que algo de tí necesito.
Algo de tí me completa y bendice.
¡Tú, guardiana de mi secreto!

Apoyada con pies rítmicos, ágiles y pequeños,
cuartos menguantes de luna, subíste a la Cima.
Antes que yo víste la nación en la tierra.
Serás padre de un pueblo, amado mío.
Nacíste para multiplicarme con tu dulce esencia.
Acercáste la vasija de tu vientre y anunciaste
las generaciones: el rambam del mundo venidero.

Entre polaridades de severidad y misericordia
avanzaste y, sobre todo, por la urgencia elemental
de sacar raja de la pasión, darte vuelo, añoranza de fe.
Clamaste por cambio, vencíste el miedo.
Permanecíste fiel. Aún sigues a mi lado...
2.

¿Y quién confiaba en tí, la aparentemente vulnerable,
si la Cima fue descrita como inhóspita, innacesible, fatigante
y su rumbo tortuoso? «No es el camino fácil»: fue escrito.
¿Quién confiaba en tí, si no yo, que no comulgo con ruedas de molino
y te he visto en la virtud de lo que eres, cómo te anticipas
y me enmiendas, me llevas a tu paz, Mujer Kosher,
Virtuosa de la Luz que vuelve, Corona mía,
navegante en aguas de alegría?

Tú alcanzaste la Cima. Bebíste de la Fuente.
Tú, con pie pequeño, más grande que el reino de este mundo
y los héroes que se miden por ventajas, siendo falsos.

¿Qué expansión de luz te mostró entre abrojales
que en la Cima está la Fuente, el Pozo del Viviente que nos ve?
Aún se preguntan las báquiras de Egipo,
aquellas que mucho hablaron sobre las aguas amargas
para la boca del mundo y del útero extendido de temores.
Nada te detuvo.

Y dijeron los poderosos, como incrédulos
y berzotas de tu sacerdocio: Todo es conflicto
porque somos como el buey que pasta entre riscos
y mil montañas, sin encontrar una Fuente.
Ir y venir desgasta. Bueyes en la noria somos.
Alma grosera de buey adquiere el horizonte y en mil montañas
pasta como la bestia de lo múltiple, incluyendo la yunta
que se doblega y en su día da labores.


«Fruto de Egipto no quiero», dijíste al fin.
Desde esos días te bendigo.
¿A quién se dará una corona, sino a tí,
Mujer Kosher, Virtuosa de la Luz que vuelve
al que la luz donó y la puso en aguas de alegría?
Tú alcanzaste la Cima. Bebíste de la Fuente.
Tú, con pie pequeño, vencíste.
Zaín te dio la Espada como espíritu
y la encendíste como si fuera lumbre.

Por ornamento, la corona es tu virtud
y amplia percepción de autoridad manifestada
(misión sobre el mundo por expansión de luz
que por tu amor regresa. Or jozer).
Más tú, Mujer Virtuosa,
peregrina, corres y retornas,
vas a la Fuente y regresas
a la Cima. No temes ni al camello
ni al Angel de la Muerte.
Del libro Teth, mi serpiente

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