Saturday, November 17, 2007

Creyeron verla


Creyeron verla. Eran sólo persuadores
llevando consignas, dirigistas de otros mitos
y depósitos, yendo a sociedades cerradas
que no ya fácilmente creyeron lo postrero.

Son amargos incrédulos, reacios a oler
de cerca a los que optan y deciden
sin nunca consultarlos; ahora que vienen,
dizque con acción transformadora, declaran
que sobre el pie se elevan las rodillas
y se surte una noción de marcha,
no de combate, un afán armonizado
del trabajo libre y grato.

Ahora, los que llegan bendicen a mineros,
a sus mujeres, a sus mulas, a sus villorios
que viven en la fatiga y el estruendo
y cavan túneles de ambición, rutas
a una riqueza que del azar no depende.
El cimiento son vetas de oro.
Seguro que nunca les faltarán los compradores.
¡Pero no serán ustedes, por de pronto!
«¡Váyanse!», les piden a los tercos.

Eran invasores motivados a entrar en territorios
que antes fueran invadidos, áreas de flechas
y rifles, cañonazos, encono; rumbos aún
no descubiertos por negros en cadenas,
rutas tal vez desconocidas por esclavos cimarrones.

Regresan e invaden para hacerlos objetos
de su acción y sus planes ficticios; darles
sus prescripciones. Educarán al ignorante,
ahora en finanzas, en los precios del oro
en el mercado. Los mineros, les dicen:
¡No seas tú quien me eduque!
¡No le llamamos! ¡Que no vuelvan
a educarnos, invasores!


18.


Se llaman libertadores otra vez por el pretexto
de que vieron un ideal que induce a la alegría
y descabeza el odio, o el temor, o las arduas tareas
de problematizaciones. Quien tenga más levantará
la cabeza. No les dirán Pienso por Tí.
Esta vez dirán Pensamos. No les dirán
Lo tomas o lo dejas; será otra fórmula:
Te ofrezco tanto, en pago inmediato
de monedas constantes y sonantes.

Creyeron verla. Eran domesticadores
cuya práctica antes fue adoctrinar a seres para otros,
iniciar las relaciones antagónicas, matar
con cuchillo de palo; llegaron a los territorios
no tan desconocidos, donde habían sembrado
el miedo y prepararon el encuentro de los irreconciliables;
pero esta vez será con artilugios diferentes.

Dijeron que vieron el espíritu de la América hermosa
y en algún lugar está, en medio de estas expansiones.
Es como el oro que las minas del Oeste.

Por eso vienen. Creyeron verla en las carretas
y las mulas; la princesa deseada dialogará
en medio del polvo, cantaró y ríe cuando la pólvora
estalla y en ríos de dinamita, los cerros se disuelven.

Creyeron verla y ahora, valiosos y grandes
describen sus ojos, no como dos pedruzcos
selváticos; hoy son ojos inmensos y rocosos.
Largos y rubios serán sus cabellos, como lana dorada,
sobre la tez y los hombros. Dijeron que la vieron
cuando vuela, como un viejo fantasma
y se objetiva en medio de faenas y aventuras
como el ente más rico del trabajo.

Y esa cara tiznada de ceniza es la niña buscada,
la dama del futuro, envidia de banqueros
y oligarcas. Creyeron verla y van a hablar con ella
de inversiones y riquezas y de justas ganancias.
Creyeron verla. La Cenicienta, como una mina, existe.

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