Monday, August 25, 2008

Meditación sobre la muerte de Ana




Para defenderte
porque es mucho lo que se dice contra tí,
siempre los abogados faltan, ninguno está,
se ausentan, se esconden...

... pero, gracias, díste el ejemplo.
Y con bravura se te recuerda erguida
ante Winthrop y los señores más poderosos
de toda la bahía. Pusíste entonces
el corazón en la balanza...

Hoy les informo que ha muerto tu semilla
y que Susana se cría entre indígenas
y no quiere volver a sus iglesias.
Ella ama al captor, ellos la aman
a ella, sólo porque tiene el pelo rojo
y una carita de pecas...

Vengo a decir que Ana fue asesinada
en Nueva Amsterdam; se acabó el problema
de herejía. La mataron los indios que ella
amara tanto como el cuáquero Williams.
Se esconden hasta de Dios,
se esconden detrás de una viciada mayoría.
Ana, les digo que ya has muerto
y todavía se esconden.

No pueden estar solos como tú.
Su consciencia no es libre,
no saben estar a solas y llorarte...
Se ocultan, se concilian en horda
como lobos arminianos, cebados en jactacia
de sus obras, mordiscos, traiciones...
Se dedican a exacerbar la xenofobia,
la hecatombe, el genocidio.

Para defenderte nadie...
(excepto el Corazón con gracia,
tu nervio y tus collejas, Ana).

Mucho dolor en solitario absorbíste,
con el alma en la boca y en la muerte presente,
tu corazón en vilo que levantó su mano
y la oración. Invocaste todo lo que precede
en tu sufrir para que se fortalezca otra justicia
(esa amor desinteresado, valiente
del que fuíste vigía).
Ese amor que tú salvas para el pueblo.

Tú sí sabes de qué hablo, Ana.
A tí se te ha golpeado mucho, demasiado.
Te han herido donde más te duele
y, sin embargo, amas.
No quitarán este amor por tus colonos,
no arrancarán al indio bueno de los brazos;
tú, si acaso tuvieses enemigos,
son gratuitos y cobardes, demonios malnacidos
que se turnan en el foro a llamar buenas obras
sus criterios mezquinos, sus odios fortificados.

Te ví aquella tarde rumbo a la Corte.
Iba un séquito de ministros a tu lado.
Recuerdo tu barriga de parto y la calle en silencio,
ahí va The Dissenter, the outspoken witch,
A su juicio, eras una bruja de Lancanshire.

Se alegran de tu muerte, Ana.
Se han burlado al decir:
«Dios la castiga
cuando la mano del indio es la
desastra su destino».


John Winthrop es quien te acusa todavía:
«Intolerable fue a la vista de Dios,
Mrs. Hutichinson sobrepasaba
lo que a mujeres se permite y, con blasfemia
dijo que Dios habla, directamente a su oído:
Oh Puritans! She is a lier.
—God would not speak to a woman!


Para defenderte, ¿quién estuvo?
He visto a Susana, la huérfana del cabello rojo
como hoja de otoño que a los indios fascina,
la única que vivió cuando avanzaron
los Siwanoy a quemar tu casa.
Hasta el mismo Dios te pedía que murieras.
Todo arrasaron como la última burla para tu vida, Ana.
Asesinaron en 1643 cinco de tus renuevos
y a Will, tu esposo, un poco antes y arrancaron
de tus brazos a la más pequeña.
Yo la ví, Ana. Me dijo que está bien
y que la quieren. Toma ese consuelo
con esta flor en tu tumba.

Estos son los indios a los que díste defensa;
pero tú entiendes su odio; los despojan,
los esquilman, los humillan, los que dicen
que son civilizados y que hacen buena obras.
Pero Susana está bien.
Con sus captores se quedó y, ¿sabes, Ana?
no quiere irse a hacer vida con los blancos.

El odio y la matanza sobreviven;
pero también tu memoria
y los hombres con miedo
y el dedo en los gatillos
y la biblia en silencio.


04-08-2005 / Canto al hermetismo

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