Sunday, March 15, 2009

23. La redención y el gamobio




Después de oir mis quejas, la bestia de mis maleficios amenazó con dañar mi alma. ¿Aún más? No creyó que mi celada es perfecta. Dijo que todas las almas son débiles, máxime si están hambrientas de sol. Y, ¿qué soy? Su vampiro. Ya no soy bueno; soy un enfermo, alma en hambre y en luna...

«¿Crees en metáforas de consuelo?», me pregunta. Y responde para sí: «No yo, no yo». Digo la palabra alma y significo la soledad que tengo que vencer para salir del letargo ancestral, la común inconsciencia que comencé al creer cuando el pájaro negro se metió dentro de mí y quitó la luz de mi vida. Y el vampiro mayor me chupó la sangre y el cerebro.

Volviendo al homicidio, ¿o fue un ultraje? dije: «Conejita, si me amas, ayúdame a pensar: ¿cómo resolver el arrimo del ser? ¿Por qué te prestaste a todo ésto? ¿Quedaré libre del ser invasor si éste prefiriera alojarse dentro de algún otro objeto de peluche y no en mí? ¿O sólo asesinando al ser recuperaré mi autonomía?»

Había prometido a Caterina que cuidaría su camélida, aunque usted sabe, fuese pez o rana. lo que quise fue matarla... ¿La amaría si se pudiera amar de objeto a objeto?

«Creo que te quemaré», la amenacé.

Al quemarte, daré escarmiento al pajarraco. Mataré el vampiro. Exorcisaré al invasor. Se quemarían con él todos los jijodeputas. Cierto, te quemas tú, ¿pero qué eres? Objeto-objeto, no sujeto-objeto.

De Caterina no te llevarás los besos ni yo lo permitiría... El único lenguaje que yo entiendo bien es el de los besos. Soy muy tierno. Dejé de creer en las palabras. ¡Me gustan más el silencio y los besos!

Y mientras cavilaba de este modo, acaricié la cabeza al muñeco. Hasta le dí un beso en la nariz. ¿Habría reconciliación? No. Jamás.

«No me mates, Pirri», me habló. En aquella oportunidad sentí un pelaje rojizo oscuro de gamo. El ser cochambroso otra vez allí infundió a la gama / coneja / o lo que haya sido, un olor nauseabundo. Se acomodaría sobre mi pecho, así de horizontal y tierno como si fuera Cady Cantrell. Había adquirido otra forma, otra apariencia...

Me levanté, asustadote, y quise restregar mis ojos. Todavía el ser estaba dentro del muñeco, mas tenía ahora una voz propia, sin baterías ni megáfono. Textura y tibieza cambiaron. ¡El animal ya tiene el pelaje de gamo!

Sentí al ser vivo, alucinación sonora, visual y táctil...

Escuché la voz de Gabi Ruffo por segunda vez. Ví los ojos de Leticia Calderón. Azules, penetrantes, chingones. Pero yo, incrédulamente, me puse muchas gotas (los ojos me han engañado mucha veces) y me lavé la cara dos veces más y me asomé desde el baño. Ví mi cama. Y cómo se volvía a formar entre balidos y una somatogamia que yo dije: «Es un delirio».

Recordé al siquiatra de San Diego. Esta experiencia es «relata réfero», no me pertenece. Es rasero del saber de oídas y medianía de mis ojos. Venganza berkeliana. Este delirio es un descule.

Usted vea cómo soy. Pienso primitivamente. En vano es mi lenguaje moderno. Sigo siendo un chamán, o un brujo. Estos episodios confunden. Ha de ser muy grande mi ignorancia. Esta obsesión con la muerte, este miedo al espacio cósmico, es el alma demasiado hambrienta. No estoy lleno de lo que a otros conviene. Me vacío a diario. Vivir para mí es agonía. Soy agónico. Anti-social. Infeliz.

Homicidas de artilugios ajenos, me burlan. Me obligan a ver sus crímenes y repetirlos.

Indice: Berkeley y yo

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