Saturday, March 14, 2009

3. Don Nadie



Entiéndame, el delincuente originario fue él, no yo. Pero después lo sospechoso fue que volviera a tomar el control. Quien lo ve y quien me ve, sordos como tapias a las acusaciones ajenas. El es más cínico. Cuando él es el centro de las acusaciones, como si fuera el recién llegado a la trifulca, él pregunta: ¿qué está pasando aquí? ¿A quién mataron? ¿A qué se debe el alboroto? Pues, en realidad, no han matado a nadie. El tiene el crimen en el olvido. El es culpable y no se da por enterado. El es nuevo en todas las irrupciones de la culpa. O del delito.

Me toman como su cómplice y su tapachín. Tengo la desventura de estar siempre cerca de él cuando se mete en problemas. Descubro que la vida no tiene que ver con el pensar. Soy sospechoso por contiguidad. Con él creo que aprendo mucho. Mas yo soy un lado suyo que no ve y niega. Y eso duele mucho a quien le sigue atrás como un pedo. ¿Esto… quién se lo quitará al cobarde que lo tiene merecido?

Vean que no resistí el arresto, digo, si es que estoy arrestado, ¿o qué? Ustedes me chingan porque estoy en reposo, es decir, en un momento de equilibrio, inmóvil sólo en relación a sus cadáveres. Mi reposo es relativo y temporal. Los valientes no están siempre en reposo. Mi valía se ha vuelto sospechosa. Será que no tengo valía. Supuse que lo arrestarían a él no a mí.

«Quédese ahí. ¡No se mueva!», me gritó el policía.

«Okay». Levanté las manos aunque no se me había pedido. Se acercaron tres gendarmes.

«¿Tiene documentos de identificación?»

«No conmigo».

«¿Por qué no los trae consigo?»


Traté de pensar algo, pero el silencio fue muy largo para ellos.

«¿Su nombre y apellidos?», pretendían anotar algo y me dio una cierta ansiedad. Me hundí en mí mismo. ¿Por qué debo dar cuentas si no hice nada? Y como no hice nada, ninguno tiene que asumir haber visto haciendo algo. Además, veo un fantasma a la distancia. El pide cuentas. Que se le explique lo que se pudo ver, que fue lo que él hizo. Aparentemente, nadie sabe ni vio nada. Se me ocurre que yo tampoco ví nada. Y tengo derecho a manifestarlo. Nada tengo que ver lo que haya sucedido. O con lo que no haya sucedido.

«Pregunté: nombre y apellido; pedí sus documentos, ¿me escucha?»

Mi ser no estuvo registrado. Si por él me han tomado, soy Don Nadie. El nunca me dijo: «Esta es mi descripción. Aquí están mis credenciales, mi carnet de identidad... y todas las otras mugres». El fue ilícito. ¡Ni tiempo tuve de ver su cara! No estuve ni estoy aún preparado para amarle. Lo sigo odiando porque fue intruso y, desde adolescente, coercitivamente, me sumió en lo que usted llamaría las conductas parasicóticas. Alguien me llamó cuando fui un niño... heboide y me puso por apellidos, obseso-compulsivo. ¿Sirve esa descripción? ¿Será necesario que se lo cuente a este guardia gritón que se empeña en arrestarme?

Por jactancia axiomática, el ser da su existencia por bien entendida y ninguno lo acusa a él, sino a la circunstancia. He sido la circunstancia de él. No es culpa mía: ¡así de engañadores son los seres, invasores y fraudulentos! La policía es parte de la legión invasora. Mantuve una distancia del ejecutor, presunto delincuente, mientras hizo lo que hizo. ¿Por qué han de insinuar que algo hicimos juntos, o que yo soy cómplice, si no estuve materialmente presente? Yo puede que sepa lo delincuente que es, pero, no lo percibí claramente en la noche. Siempre soy todo nervios.

¿De quién son los errores si al ser lo dieron por inocente, aunque sea el más soberano hijo de la chingada? Míralo allá, rodeado de vecinos, pidiendo una explicación de lo que ha pasado. Y si algo pasó, él lo hizo y sin mí. No me necesita para nada. El no me quiere de cómplice porque soy un inútil y un pendejete. Nunca he sido su cómplice, en rigor. Soy un autómata que a él le pasa por el lado y a veces lo mira con curiosidad. Se parece mucho a mí. Y es una sombra. Jamás abandoné mi empeño de matar las sombras, acaso por si llegaran a estorbar.

Todos los días, hasta hoy, lavo mi ropa interior, tiendo mis zapatos al sol porque él, o todo lo que parezca mi sombra, anda conmigo y suda una parte de mis calcetines

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Reseña: Cuentos de sangre / Cecilio R. Font

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