Tuesday, February 16, 2010

Indice: El hombre extendido






El hombre extendido / poemario / de Carlos López Dzur

Invitación

Usted tiene que escuchar

Para ser una ventana

Los perros y yo / EHE

La madrugada

El anochecer

Ojo eterno y ciego del deseo

A Delmira Agostini (1886-1914)

Te fundaré los ojos

Esqueleto de la luz

Obelisco

Cuando no te veo

Voy por luz

¿Por qué no soy una mosca?

Un día que me llamaron

Cómo descubrí la vida

Pero me hallé con gente que me niega

Según crezco me salva el amor

De la abundancia, la vida y la fe

Los consuelos del árbol

A Manuel González Prada (1844-1918)

El eco ovárico

Abre tu mente al mundo

Vas a la delicia por sustancia

El anturreo de las frivolidades

Para saber si hay manos

La caja de Pandora

La isla del ser y los vecinos

Irremediablemente vivo

No soy de monte ni ribera

La meta

La cruzada a oscuras

Empozamiento

No subas al cielo

El deseo inmortal

Cosmos ajeno, no mío

Para vivir sanamente

Soy de teja abajo

Gravitón audaz, acércate

Biografía escrita en azul

Biografía escrita en azul / 2

Falta privacidad para este acto

Deja que me conozca

Todavía hay lirios

La nena quiere candela

Extranjero de mis huesos

Me conocen

Me olvidan

Los pordioseros 1, 2, 3, 4

El silencio del ave

El tallón sublime

La palabra de viaje

Kairós será extendido

La ví

Magna Dea

La bestia / Hayo Bischat

No teman a la bestia

Melpómene

Tú me lactas

Zorrocloca

La simpatía humana

La novia sonora

Melodía por Eurídice en el infierno

Como creador te celaré

El camino circular

El gato de Srodinger

Abre el camino

Riqueza y pobreza

El desconsuelo

Un pordiosero viene

El trabajador

Lamento en medio de la asfixia

La opresión internalizada

El camino

El vagabundo y el olvido

El hombre extraviado

Oda a l paciencia

Los cómodos

El luto diario

Ventana de plomo

Dílo de una vez

Fascinación en las penumbras

El corazón hílico

El remordimiento

El crimen

En el arrabal de la Nada

¿Dónde perdíste mi cadáver

La memoria que sana

Los arriesgados

El sequedal de Huêhuêteotl

El anciano

La bestia / Lilith

El calor del desierto

Llegaste al hilo

Alienación política

A Blanca Canales

El perro inquisidor

Mojada la roca y su polvo

El ser como época

La proclamación del reino

La mariposa y el destello luminoso

Interferones

La aprehensión metafísica

Melpómene y los aprendizajes

El regocijo

Luz blanca del por qué

Irremediablemente vivo

A tu servicio

Mi sacrificador

Para serte

Sucede que te quiero

El campesino divino

Un milagro

La fe

Paisaje isleño en la playa

Larga agonía

El ser activo

¿Hasta cuándo?

Todo lo que busco

Lucidez y amor

Absorbo mucho dolor

El presente ido

Me llamarás

La voz salvaje

La partera

Los dioses terrenales

¿Para quién es tu canción?

La muerte de la esposa

Impasse

El shock / Inmigro

Adiós, patria

El migrante

Laberinto de instantes

El terror de la historia

Frustración homicida

Caín

Lo que no me quitarán

El tránsfuga cósmico

Los límites de la libertad

Me gusta (1,2)

En aras de aprehensión cualitativa

Los cadáveres

La meta (2)

Los caminos

La responsabilidad del caminante

El trabajo y el descanso

Presunción y cosecha

Mateo, el aventurero

Vagabundeo

La deuda / El pordiosero (5)

El pordiosero (6)

Triste que muera / El pordiosero (7)

El pordiosero (8)

El pordiosero (9)

El pordiosero (10)

El pordiosero (11)

Los pordioseros (12)

A Kairós

Mama Quilla

Te seré una sombra

Amor y rumbos

Los rumbos (1 al 5)

El pordiosero (13)

El pordiosero (14)

The Evil Empire / El Imperio del Mal

Desamparo y depresión

El oficio

Menosprecio

Joven desempleado

Labor de amor

Palabra del Cazador a la cazadora conmovida

Lo impersonal y el servicio

El merecedor

Comunión

La realidad se impone

Las esperanzas (1 al 5)

La verdad

La verdad (2)

La verdad (3)

El emigrante y el mundo

Olores de bohío

El pez ígneo

Etnocidio

Lola, la impaciente

Testimonio del abandono

Como un barrio desolado

La boca

Nostalgia

Me extendí

Extenderme en tu acaecer

Como un disparo

El brincó con su herida

La viuda, 1880

Don Arturo

Todos somos inmigrantes

El árbol que me habló

Tenebrosos días

Pretensión inútil

Los caminos

¿Dónde brotaste antes del kairós?

Plegaria amarga del inmigrante

Beso de Judas

Bienvenido los jóvenes del Sueño Americano

Tras los muros de la frontera

El calor del desierto

El pirata y el liberto

Homicidio

Ahorcada en Tijuana

Decepción

Negada fue la Tula verdadera

El regreso

Como un barrio desolado

Los terroristas

Memoria de Chile

De vuelta al campo

Que no venga ni juren en mi nombre

La abjuración imposible

Alejandro Tapia, el padre de la identidad

Privadamente




___

El libro El hombre extendido fue premiado en el Certamen Literario Chicano de la Universidad de California, Irvine, en 1986 y tuvo dos ediciones, ya agotadas en papel. La primera crítica al libro fue escrita por David Páez. Carlos López Dzur ha agregado más textos, o modificado algunos de la versión original, con miras a una tercera edición. Editores interesados contactarse con el autor en su email.

Otros libros del laureado autor, residente en California, son: El libro de la guerra (poemario), Heideggerianas, Cuaderno de amor a Haití (también premiado en Los Angeles por un Liceo de Cultura Iberoamericana por su visión antillanista, cónsona a De Hostos, Betances y Martí), y las novelas El pueblo en sombras, Las máscaras del tabú, Simposio de Tlacuilos, y Berkeley y yo. Tiene publicadas además monografías históricas y volúmenes de cuentos, como Comevacas y Tiznaos: Las partidas sediciosas del Pepino de 1898 y El corazón del monstruo.

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Indice / El Libro de la guerra





Indice / poemario / Carlos López Dzur


Erinas / Necesidades afectivas

Estado de emergencia

De la lucha por el alimento

Cómo hablar a un pueblo piadoso

El gran titiritero

Los innecesarios

Para menospreciarte

Para desalentarte

Para neutralizarte

De la necesidad de unidad y orden

El falso haganá

El momento amargo

Los cuarentiseis años de tu guerra

Yo soy la Nube Roja

La guerra

El inventor tenebroso

El enemigo tiene muchos nombres

Los salarios de sangre

Estado de esclavitud

Objetivo estratégico

Valentía

El guerrero acompañado

El rapto y el anhelo

Invitación a la decapitación

La guerra de las causas

A Pirrón de Elíade

Historia filogenética

El cadáver inicial

El primer enemigo

Los enemigos interiores

El día que comenzó la guerra

La otra mejilla

La guerra viva de mí mismo

La víctima diaria y disponible

Los objetivos estratégicos

Meditación sobre George S. Patton

Canto al guerrero estadounidense

El obediente

El hombre en general

El poder y la areté

Ahora me matan así

Desastre

La realidad oscura

De agresores

Cuando Apolo muere

El poeta y la revolución

Defensa de la Utopía (1)

Los cambios

Seth: el hombre-bestia

Lenguaje y muerte

Los expropiadores

El rebelde y el guerrero

El guerrero acompañado

Gregorio Samsa

Scarabeus sacer

El guerrero que viaja conmigo

El soldado y la muerte

Como una granja de animales

Cómo bombardear el jardín

Agresión pasiva

Sabotaje a la maithuna

Lágrima de la India

Efficiency evaluation

Misa conmemorativa

Los intrusos

Decencia orientadora

La ambición maltentendida

El poder como pasión

La necesidad

La pregunta

Descripción del pene del Diablo

Jean Baptiste Ngo Dinh Diem (1901 – 1963) /

Buscando el ala poderosa

Mis hermanitos queridos

Vietnam fue una guerra buena

El veterano in denial

Vergüenza deben sentir

Letanías por Osama bin Laden

Meditación sobre San Sebastián

La pasión más fuerte

Preguntas sin respuestas

La hija del sequedal

Pánico

Tennessee Williams observa su-muerte

Cervantes, héroe de Lepanto

La guerra es una anciana lujuriosa

Las hordas fraudulentas

Los comuneros

A José de San Martín

Heraklés, o la economía física

Las reses

El perverso modelo de la horda

Los machos alados

Acrisio el misógino

Las tres hermanas, 1904

Los chacales se acercan

La guerra y la paz imperialistas

Angustia de Occidente

La cantadora en las trincheras

A Mariana Bracetti

Poiné

La herida

A Sucre

Andrea de Bellido, ejecutada en 1822

Rebelión dionisíaca contra la apolinearidad

Todo lo cambié por la solidaria compañía

Los fantasmas malditos

Sicología de la lástima

Voluntad de poderío

El fuego fatuo de la no solidaridad

Un crimen sigue ahí

El juego rudo

El crimen

En Estados Unidos de América

Para ganar una batalla

Dílo de una vez

Tu palabra de guerra

La alimaña de bronce

Los condecorados

El militar idealizado

El sobreviviente

Convocación antipredatoria

El estado

Amor y aprendizaje

El enemigo

El prójimo

Los langostinos de la asfixia

A la Generación del '98

Agresión pasiva

La marcha por los muertos

Cavar la tumba de la paz dolida

Giman

Entristezcámos

Los credos del luto

El reclutador

Hosarsiph, el silencioso

La búsqueda solidaria

Nihilismo activo

Las tretas vengadoras del luto

Los saboteadores

Matarile

El Gran Comunicador


Memorial Day

Paranoia social

El Imperio del Mal

Las manos sucias

Los jacqueries


La cita

Amplificación incestuosa

La Cueva de Cleantes

El lenguaje

El cinismo

Moral values

Lamia espía

Estética de la ingratitud

Etnocidio

Falseamiento

Cuando nací

6 de junio del 2002

Los lémures

Morituri

Discriminación genética

Gaitiana

Etica de la deuda

Los canallas

Los visitantes

Richard Pearle, el Titiritero

Van al ritmo de tambor

Levantamiento campesino, 1932

¿Quiénes son los adversarios?

El exorcisador

El lenguaje

La paradoja

Vendrá tu hija, la reina de los muertos

En el principio

Las pequeñas violencias

Valores iluministas

El guerrero y el conocimiento

El guerrero y la energía

El incompensado

Por la victoria

En el club de los traidores

Hay seres estrechos y mezquinos

Dialéctica negativa

El espíritu en orfandad

La sedienta

El sobreviviente

La doctrina de la recaptura

El soldado feliz

System busters

Un mundo anti-roseveltiano

Baphomet, el guerrero sublime

El enrmigo dr tu casa

Escatología de la guerra (1)

Escatología de la guerra (2)

Soldadura existencial

Lucha por el despertar

Las noches fantasmales del desamparo

Ginés de Sepúlveda

Conquistadores y conquistados

El desarme mutuo

A Max Stirner

Yo estoy hecho de vida y de llanto

Escenas africanas

La cita

Una batalla victoriosa

La misión / Metta

Trincheras solitarias

La semilla victoriosa

Los 8,000 cadáveres, 27 de mayo de 1234

Las vengadoras

Ante John Quincy Adams

Que no vuelvan

El patriotismo cinta negra

Convocatoria a los guerreros del presente

Se llama Manuel

El candidato sospechoso

Prat dels cremats

Kalenjines vs. kikuyos

El terrorista americano


El rival chino

Los consuelos del árbol

Frío e insípido es el consuelo cuando no va envuelto en algún remedio: Platón

Si yo viniera, por jactancia de consolador,
a palmear su espalda, yo sería mentiroso,
un cómplice de todo lo que existe
y está vigente robándonos la dicha.

¿Qué más quisiera yo que escribir
una oda sobre la belleza de los niños,
o captar con una metáfora el misterio de la flor,
el lago en calma, la vitalidad emotiva
de las pasiones, las expectativas,
maravillas de lo Bello?

Por de pronto, a ratos, algo medito por amor
a dulces melodías, por amor al arte de todo
lo escondido detrás de muchas lágrimas
o suspiros, o de añoranzas que se encaprichan
por reocupar los paraísos?

... pero consolar es todavía algo más profundo.
Hay que insertarse o viajar con la raíz,
e ir comprendiendo íntimas interconexiones,
y con visión... sumarse al verdadero consuelo
porque todos somos, no el todo de él,
no la plena sanación que da,
somos lo ínfimo.

En lo que me respecta, si el consuelo
fuera simplemente un tema literario,
yo vendría a contarle que del dolor
todos participamos un poco,
todos hemos perdido algo que amamos,
¿le sirve de consuelo?

¿Que todos sufrimos fracasos,
que todos cobijamos truncos anhelos,
que todos naufragamos alguna vez
en laberintos de impaciencia y enojos?
¿Le sirve de consuelo?

2.

Le diré que a mí me ha consolado un árbol
(por eso es que voy humildemente a sus pies,
a esas raíces que se ruborizan y se meten
debaJo de la tierra, cuando le digo:
«árbol consolador, dios abajo,
me sentaré a tu lado,
como si fuera un indio, o druída que te oye,
mueve tu cabeza como un guenda
en el jigüe, saca tu alma del tronco
y háblame como un pájaro
y agujera la roca de mi corazón
como un ave-carpintera».


3.

En realidad, como el árbol, el consolador
nada dice; pero uno lo ve (y hasta lo oye)
cuando habla con la brisa, acariciantemente.
Da abrazos de hojas que tiemblan
y vibran y alzas la vista y ves su rostro,
siempre amable como un racimo
con frutos.

El consuelo lo dan siempre los generosos
y valientes. Y un árbol lo es.
Todo el mundo se duerme en sus falsos laureles,
pero él, árbol consolador, nunca duerme/
Siempre está en pie, a la intemperie,
siempre mirando un cielo para que haya espacio
y demandar al sol que haga luz donde abunda tiniebla
o que apague sus fulgores para que el cansado
descanse, se meta en su lecho y haga el amor
a oscuras y se acuerde de los ciclos
del tiempo y las polaridades.

¡Si supiera usted cuánto el árbol
es capaz de decirnos, duro y rugoso en su tronco
como parece; pero él tiene sangre-savia!
Tiene edades, dolores, envejece,
pero el cansancio suyo no lo distrae.
No importa,
ya que él es fuerte y protege a otros, con sombra,
porque la gente llora sus agotamientos.

El da nido a los pájaros. Si tuviera manos
él mismo edificaría sus nidos, alimentaría
los pichones, pondría de sus frutos
en sus picos!

Un árbol no se queja, puede usted
destrozarlo, llevarse madera para su casa, leña
para su fuego, flores para jardines y cercos.
Y no se queja.

¿Cómo no amar a un árbol, cómo no
llamarlo el padre terrestre del consuelo,
si él todo lo da sí, cuando hay saqueadores
y con él se asocian, hombres infértiles
y parásitos? ¿Y sabe usted qué me dijo
el árbol de mi consulta y que más lo ofendiera,
casi hasta el punto de enojarse?

Que en la altura de sus ramas se han colgado
a otros hombres, reos que han sido
ahorcados, por algún crimen que no es suyo
y enganchan el suplicio a él, lo asocian a lo punible.

Por eso añade:
«Y ya muerto: ¿qué le puedo dar si no siente
que doy sombra, si alguno de mis frutos
puede ser dulce a sus labios,
si alguna de mis maderas,
quemada en la noche, quitaría lo friolento?»

Sabe usted, si yo viniera, a pasar por consolador,
a palmear su espalda, yo sería mentiroso,
pero yo le puedo hablar de algún árbol,
ente tan ordinario, tan visible desde esta esquina
en que estamos, y decirle que son materializados,
silenciosos consuelos y que vale la pena
consultarlos y sentarnos al fondo,
o al rasero de sus raíces...


De El hombre extendido

___

Explorations in Social Inequalities / Profecía de la cautividad antillana / Exploraciones de la desigualdad / Oda al hentai / Oda al Deseo o sobre el Arjé / Indice: El hombre extendido / Homenaje al Ché


Que no vuelvan



Siempre viene y toca a mi puerta,
alguien que pide una oración conmigo,
alguien que dice que me ha visto
y cree que soy un hombre relativamente bueno
porque no hay quien tenga méritos absolutos.
Ha visto mi semblante tranquilo.

Me selecciona.
Cree que Dios me ha llamado
y él, visitante, trae el nombre que forja perdones.
Buenas nuevas de salvación.
No le digo que se calle.

Oro con él, pero él se va y yo me cuido
de que no vuelva a creer que estoy solo,
regrese y concluya que me tiene en sus manos.


18-05-2000 / El libro de la guerra

2.

Soñé que vino un ángel,
con la semejanza que se describe
en los cuentos, alado y vaporoso,
hermoso por todas partes, ser increíble
que me jaló como si fuera de carne y hueso
cuando le abrí la puerta.

Y él me dijo: «no hay tiempo de oraciones».
La calle está llamándonos. Las multitudes
han sido convocadas. Son gente
que, como yo, cree en cambios.
Forja una iglesia viva. No una que viva de coros,
ni ofrendas ni de fe que se tiene ahora
y se muere al rato. Fe no teorizada por tembladores
e invocadores de entelequias y espíritus difusos
que hablan en jeringonza y no claro.

Vamos a desarmar el mundo, venga a oponerse
a las guerras, aunque lo meten preso.
Entregue sus armas, vamos a encender
una hoguera, con fuego de paz y gritar en pro de amor,
perdonarnos los unos a los otros,
cesar tanta violencia.

«No es tiempo de orar», me dijo:
Este año, 720,000 adolescentes en el país,
gente cuya edad oscila entre los 10 y menos
de 24, se llevaron a salas de emergencia
por causa de agresiones y disparos,
«si quieres orar, ora por ellos»,
pero ahora vamos a decirles a millones
de cristianos que están en el ARMY
matando musulmanes, eslavos, negros,
gente de ojos oblicuos, que regresen.

Nada tienen que hacer en sinagogas del Diablo.
No tienen derecho a ser milicos por un salario
o una etiqueta de heroicos si creen en dios,
o en el ángel, o lo que se les haya dicho
que es amor verdadero.

3.

No hay tal cosa como un tal terrorismo
que venga de los Ejes del Mal o del Infierno.
Hay ocasionales actos de violencia, es cierto,
que lo ejecuta un extranjero, enojado
con América, pero bien... hay que hacer algo
para que no se repita.

Ayúdeme usted primero a gritar: «¡Que no vuelva!»
Le voy a enseñar cómo porque yo para eso vine.
No le quitaré mucho tiempo y lo que diré
es duro y parece cruel, pero es el remedio.
Sepa que usted es el terrorista.

Usted es un nido de odio, usted con su religión
que se cree el evangelio de paz y hace la guerra.

Usted que cree que, por sus méritos,
su clase, el uno porciento de los americanos,
acumuló 16.8 trillones de dólares.

Usted que cree que el futuro de sus hijos
se determna por mejores cerebros
y no por la clase social en que han nacido.

Usted que piensa que la segunda enmienda
de la Constitución que le da el derecho a armarse
debe ser la prioridad número Uno en la agenda
del Congreso. Usted es un terrorista.

Ningún pobre pone una fábrica de armamentos.
Ningún pobre decreta una guerra contra nadie.
Ningún pobre lleva a la bancarrota a los países
ni se fabrica a sí mismo, por su gusto y capricho,
esa brecha de ingresos, en la que usted es el !%
de los superbillonarios y, sin embargo,
su riqueza personal crece por 229%
entretanto el 50% de otra gente en Norteamérica
observa un crecimiento que no supera el 6%.

Y, en esta brecha entre ricos y pobres,
que es una brecha de poder y justicia,
usted no ve ningún mal... pues no verlo
(y es duro es que se lo diga)
es la causa del terror.


02-11-2006

4.

Yo conservo mucha esperanza
en el cambio social; yo no me como el miedo,
pero soy muy realista.

La mayor parte de la violencia que nos cuesta,
como estadounidenses, 158 billones de dólares
cada año, la originan adolescentes
y eso es costoso, pero esperanzador.

Los niños, pandilleros, o qué sé como quiera
ofenderlos usted para nombrarles delincuentes,
son vulnerables, van a autoaniquilarse
tarde o temprano, y cierto remanente
son regenerables
si se les diera
verdaderas oportunidades.

Me atemoriza más la violencia del adulto
que se cree sabelotodo, que se jacta
de prudencias que no tiene
porque acumula riqueza y sueña en grande
con perpetuarla, acumularla hasta el infinito
para sus viles fines, sus proyectos
que joden al mundo.

A ellos, viejos empedernidos, si es difícil
darles un consejo, cuando ya están en las juntas asesoras
del crimen, la injusticia, la indiferencia, la codicia
sin límites. Ellos son el Uno Por Ciento poderoso.
Ostentan 2 trillones de dólares más
que la riqueza combinada del 90 por ciento
de la población norteamericana.
Crecen 219 veces más sus ganancias.

Esto no es una bicoca: es una razón
para seguir oprimiendo, deteniendo los cambios
y sentirse unos dioses, árbitros absolutos
de las riquezas terrenales.


22-09-2006 / El libro de la guerra



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Monday, February 15, 2010

En el canturreo de las frivolidades

«El cuerpo social condiciona el modo en que percibimos el cuerpo físico. La experiencia física del cuerpo, modificada siempre por las categorías sociales a través de las cuales conocemos, mantiene a su vez una determinada visión de la sociedad»: Mary Douglas [1970: Símbolos naturales: exploraciones en cosmología. Alianza Universidad. Madrid: Alianza Editorial].

Un día ya el cuerpo no da para más.
El cuerpo no responde, por más atractivo y saludable
que haya sido, a todo lo que queremos que haga
(siendo como fue nuestro siervo); el cuerpo nos dice
como su último gesto suplicante, «vive ya por espíritu,
dáme amor de otra Fuente. Me cansé de ser simio,
carapacho tapachín. Si tú no me descansas,
yo mismo me descanso».

El cuerpo, como todo, quiere espiritualizarse,
una sonrisa que no nazca de la carne,
cortesía que no esté determinada
por el cuerpo social, por las ideologías,
por lo que dicen las telenovelas, la moda,
la hipocresía dominguera de quien tertulia
a expensas de la nalga, la barriga
o el estómago lleno. O ese Santo Pito
o esa Sacratísima Vulva que tenemos
como insanciable saciada de los Quintos Cielos.

Los inmaduros se las pasan en el canturreo
de las frivolidades; utilizando voces melifluas
o melodramáticas son como las vecindinas
de quinto patio, como políticos de barricada
en tiempos de elecciones.
Sacan el ego afuera al primer indicio
de que alguien escucha. Se ponen a lloriquear
con su sicología de simios y, por eso, los poetas
estamos hasta el asco. Ya nos cansa ser de esos
románticos intimistas siempre hablando
sobre el despecho, el cuerno, el abandono,
el amor y el desamor, las pendejadas
de Paquita la del Barrio o la Leona Dormida
que luego se arrepiente. La ausencia.
El deseo de seguir queriendo con pasión
el energúmeno, que no se quiere ni a él mismo,
¿qué va a querer a él / o ella? No quiere a nadie
y uno, llorando por su abrazo, por su olor
a mierda seca, o a güevo caliente.

Lo que yo he sacado en claro es que,
si uno no es tan tonto como cree (y, conste...
que siempre somos tontos), uno tiene que oír
con amor al cuerpo, a ese obediente cargador
de nuestros huesos, a ese mulo que nos lleva
el alma para un lado y para el otro.
Lo único fiel que no nos vuelve jalea
ni residuo.

Cuando yo lo oigo pidiendo la migajita de amor
que le toca, lo hago copartícipe de mis nuevos temarios,
como si fuera un perro fiel, de esos que llaman
el amigo del hombre, y le digo, sincerándome:
«Oh, cuerpo mío, no vale la pena enojarse
(si no hay paciencia, uno sufre el doble),
no me interesa el chisme, ya me divertí mucho
y no me acuerdo de ninguno, seguramente
fueron una tontada, como los chistes malos.
No me interesa más
la emotividad de las cosas baladíes
(¡dejémosle eso a los guionistas de las telenovelas
y la violencia emocional, a las villanas,
con detalles de todo el escarnio, o la maña
de tirarse del cabello y ponernos los pelos de punta).
Y dejésmosle las patadas y trompadas a los muchachos
de las pandillas, aunque el mundo es tan cobarde
en estos tiempos que se mata ya con armas largas,
armas químicas, drogas o medicamentos.

Tú lo que necesitas es un poquito de amor.
Descansa: no quiero hablarte sobre celos
ni cómo manejar la tensión con el sexo
(total tú eres quien agitas el riñón y vacías la dopamina,
tú eres la hormona, oxitonador; eres el que te quejas...
yo tengo mucho apetito todavía, pero te voy
a dar otras formas hermosas, de las que no abundan
en el mundo, te voy a dar sonidos que no se pueden
exprimir en la cama, fingiendo orgasmos
o canturreando fruslerías.
Voy a tratarte, Rocinante,
como si fueras un dios, una deidad
que no baja a divertirse con las mediocridades,
que no pide peras a los olmos,
que no gusta de la lepra de lo vano
ni se ocupa de las estúpidas cosas del Establecimiento.
Te voy a hablar sobre lo poquito he aprendido
estando sin tí, pero contigo.
Toma, bebe, escucha este poquito de esencia

Ante la gente tenebrosa



a Maika / Tati / Sagasuko
a Carlos Daminsky y Javier Monroy

Hay, no sólo artistas que, después de todo,
son sólo los intérpretes del fenómeno,
hay vecinos, hombres y mujeres
comunes y corrientes, que vagan
por mundos de tinieblas,
que se han quitado las máscaras
de los símbolos verbales de personas
y me parecen signos vivientes en vigilia
de aquellos materiales más puros,
menos infectos por las ansias de conflictos.

En sus mundos de compleja autonomía,
miran cosas que acá, entre los aromados normales,
los sabios de la logicidad y el civismo
no queremos ver, creemos que somos luminosos
(que la Razón es la única vía y que, en el sueño
de racionalidad, somos los jacobinos redentores,
los movidos por la Buena Voluntad, el amor
a la patria, a los grandes ideales de futuro);
pero ellos, quienes vagan por grutas de tinieblas,
los mansamente subversivos en las sombras,
de plano que se dieron cuenta de que somos
por el contrario, devoradores, ovejas que no tiene piel
de carneros, sino de hienas velando
la carroña, lobos hambrientos que se incentivan
al ataque y, siempre es el más débil,
la cría, la semilla del futuro, su víctima.

Siempre es la hembra más hermosa,
la juvenil e inocente, siempre es el inocente
que, por desprevenido e inmaduro,
le puedes engañar y vender mota,
e ilusionarlo con consumos y temeridades
que lo harán una víctima, o un temible delincuente,
mara para tu grupo, hampón para tus cuadrillas
de asaltadores en el ARMY, o en cualquiera
sea el operativo de las agresiones.

2.

Pero yo veo a los que vagan
en esos mundos de vampiros, deseosos
de dar el beso que extraiga la sangre de la eternidad.
Veo los ojos de fuego que me parecen
los de Hefesto, despojado de la cordura del Olimpo
y echado a sufrir en los infiernos y sus ojos,
llenos de chispas, son artesanales,
no están llagados por mala voluntad:
sus miradas sólo revelan las forjas del quehacer
en que viven, solitariamente, en el submundo
de sombras; esos ojos de los que vagan
elaboran la hermosura donde otros la impiden.
Necesitan esas Sombras / de Umbra /
para redescubrirse.

Allí, en esa luz que no se observa,
parecen monstruos; pero es que la verdadera Tiniebla
(luz que está más cerca de la llama, luz negra)
es la más creativa; luz para los valientes,
los honestos, los puros, los que voluntariamente
se meten en la muerte para saberla vida,
continuidad de un rayo.

En sus mundos tenebrosos, casi todo es andrógino,
allí el anymus es claro: la mujer lo anhela
y lo proteje en sí. Ella se pone un pene y dos testículos
de energía; ve a través de ellos,
y el ánima, es el la mujer escondida
del varón que la admira, y él se agujera
el ombligo y se hace la clotis
y busca más abajo, entre las piernas
(con el deseo de cobijar a su criatura desde la matriz
de un ansia fecunda y hermosa).

Entonces, el varón es materno y la fémina,
guerrera y son amantes, magos en las tinieblas.
Deja de haber lo Tuyo y lo Mío.
Se vuelven universales, interconexos.
Cesan las acusaciones. Queda sólo
lo Bello, la síntesis, lo mutuo.
El Bien y el Mal ya no es prejuicio
ni entelequia. Es sabiduría
compartida.

3.

Las mujeres de la superficie,
aquellas que no van y se internan en su arquetipo
(la tenebrosa sombra, vampiresa),
en su sociedad de razón convencionalizada
son tan inseguras, irritables, gritonas,
chismosas y, por débiles, viene el salvaje
armado de pretextos y les da mil patadas,
se las lleva de putas, las embriaga de consumos
y de ilusiones baratas, las arrincona,
las insulta, y le da su ideología de amor
y de feminidad y, por fortuna, si acaso
hallaran la puerta de escapada,
el infierno las salva, sí, huyen y se meten
en ese en sí profundo, signo auténtico de ser,
que se llama la Umbra, allí es
donde vuelven a ser las guerreras,
defensoras de todo lo que anhelan,
allí su espacio nutricio
y su dicha.

4.

¡Qué bueno que yo tengo
mi entradita al carajo sublime,
al coño maravilloso del infinito! me gusta ir,
gozar el paseo, que me larguen allá lejos,
donde no molesto y nadie me molesta,
donde puedo ser
el demonio que soy,
o el ángel...
¡Qué maravillosa la Naturaleza es!
que le hizo un boquete en la tierra a mi ser
y me dio así mi templo,
¡qué sabio es Dios o el Diablo
que me dio la Sombra, y este lado emocional
e instintivo que se llama el Anima,
la hembra en mí, diablesa deliciosa,
madre verdadera debajo de mi corteza,
encima de mi lenguaje,
o mis zonas de Broca!

Yo no podría ser feliz ni anarquista
ni libre en lo más mínimo sin la voluntaria manía
de meterme en la Sombra, en lo profundo
de mi bestia y ver que no lo soy,
que mi Creador es justo y me hizo casa
como buen marido / o padre rico /
ante esta parte insatisfecha de mí mismo
donde vuelvo a ser ángel
y habitante del submundo y decir a Hefesto,
el feo, el cojo, el arrojado,
«padre divino, házme una pulsera
para el pie, una cadena de oro
y amárrame a tu lado,
quiero vivir contigo
para siempre».


02-04-2006 /
Teth, mi serpiente

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¿Hay una belleza como forma absoluta? / Profecía de la cautividad antillana